Capítulo 25

2043 Palabras
Sus dedos golpeteaban la mesa, impaciente, mientras miraba una y otra vez la hora en su teléfono para cerciorarse de la hora. Pero todo era muy claro. Su acompañante estaba llegando tarde y eso no aminoraba su nerviosismo. Además, el profesor Clarke nunca llega tarde a menos que algo se le haya presentado. “No”, negó Ana Marie, “de haber sido así, me habría avisado”. Había recibido una llama del profesor Clarke en la mañana, cuando recién despertaba. Le había dicho que tenían que hablar, que era muy urgente, pero Ana Marie se había negado en un principio; después de todo ella si quería dejar atrás lo inusual amistad que tuvo con el profesor. El simple hecho de recordar las miradas y los rumores (que gracias a Dios habían cesado), se planteó seriamente de cambiarse de universidad, pero Alan le había dicho que eso les daría la razón a esas personas, por lo que decidió quedarse y actuar “dignamente”. La campana del local sonó, instintivamente Ana Marie dirigió su mirada para ver quien había entrado, y fue el profesor Alan Clarke. Dejo de mirarlo, tomo el menú y fingió leerlo. Sintió como Alan llego y se sentó frente a ella, había elegido sentarse en la parte más alejada y privada de la cafetería así hablarían sin ninguna interrupción. –Llega tarde –le hizo saber Ana Marie sin levantar su mirada. –lo lamento, Ana Marie, se me fue la noción del tiempo –se disculpó y empezó a ojear el menú –. ¿Qué planeas pedir? Ana Marie miro el menú otra vez. Se encogió de hombros. –Creo que un pastel de limón y un batido de fresa. Y usted, ¿qué pedirá? Alan Clarke ojeo el menú y le tomo solo unos segundos decidir. –Pastel de manzana y café –bajo su menú y le hizo seña a una camarera. Cuando sus órdenes fueron tomadas; ambos se sumergieron en un silencio incomodo, no sabían que decir o hacer, Ana Marie miraba todo menos a su profesor y Alan miraba como su alumna rehuía de su mirada. Suspiró, no sabía cómo es que habían terminado o bueno, si lo sabía, pero le parecía ridícula la situación en la que estaban. Antes hablaban normalmente pero ahora ya no hay rastro de lo que su amistad alguna vez fue, sí; es raro hacerse amigo de una alumna quince años menor que el, pero Ana Marie ha demostrado ser una joven algo madura para su edad pese a su extrema timidez. Compartían gustos y se entendían de cierta manera, hasta la había empujado un poco a socializar más y dejar la timidez aun lado; gracias a eso conoció al joven Álvaro Giménez haciéndose amiga de este. Pero el rumor que una alumna comenzó al malinterpretar una muestra de afecto entre ambos fue lo que condeno su inusual amistad, las miradas acusadoras de sus colegas de trabajo lo habían molestado; ya que después de todo había compartido con ellos una década de trabajo. Eso le demostró una vez más que no importa cuánto tiempo conozcas a una persona, si se equivoca o hay un malentendido, lo crucifican sin ningún tipo de juicio previo. –Ana Marie, no escapes de mi mirada –pidió suavemente, la chica suspiro y lentamente fijo sus ojos marrones en él. – ¿Por qué quiere verme? Creí que teníamos un acuerdo –inquirió ella mostrando la emoción que sentía justo ahora: miedo y frustración –. Nuestra relación solo debe ser entre alumna y profesor, fin de la discusión, además; ¿que fue eso de susurrarme en el oído? Podría habernos viso alguien y los rumores comenzarían de nuevo, y tanto usted como yo sabemos que eso no nos conviene. Lo del susurro ya había pasado desde hace casi cuatro semanas, sin duda lo había ignorado, pero igual le inquieto que hiciera eso. Antes de que Alan replicase, la camarera trajo sus pedios, ambos agradecieron a la mujer se fue dejándolos de nuevo en un silencio incómodo. Ana Marie probó su pastel y bebió un sorbo de su batido. No iba a continuar la conversación con el estómago vacío. –Fue un impulso lo que hice, te aseguro que no volverá a pasar –dijo, mientras probaba su pastel de manzana –. Solo me había intrigado un poco tu distracción, es todo. Nunca te distraes de clases. –Pero eso fue una vez –recalca –. No volvió a pasar. –Eso lo sé y me alegra…. –Alan –musitó suavemente después de mucho tiempo, dejándolo sorprendido –, ¿para que quieres reunirte conmigo? ¿Qué quieres decirme? –inquirió casi con timidez –. Te veo irte por las ramas y sé que, desde que te conozco, siempre fuiste un hombre directo. Alan Clarke vio como la chica tímida que conoció había crecido, al menos, lo suficiente como para ver sus ojos sin sonrojarse o mirar hacia otro lado. La empezó a detallar después de mucho tiempo, ojos marrones más brillosos, cabello peinado en una trenza suelta dejando libres algunos mechones salvajes, hombros relajados y, sobre todo, esa aura de seguridad que si bien aún era sutil fue suficiente para sentirse orgulloso de su alumna, su amiga. –Veo que has madurado mucho –elogió antes de tomar un sorbo de su café –. Solo quería saber, si después de que te graduases de la carrera administrativa, podríamos retomar la amistad. Solo si así lo deseas –agregó en un murmullo. El pedazo que Ana Marie se iba a llevar a la boca se cayó en el plato. Sus ojos se abrieron de forma exagerada, su respiración se hizo pesada, su corazón se detuvo por unos segundos antes de bombear con normalidad, o puede que haya sido una exageración mía. En todo caso, Ana Marie Buenaventura estaba impresionada y paralizada. Alan rio ante el gesto de su alumna, recibiendo una mirada asesina por parte de la contraria. –No es gracioso –siseo, sin una pizca de gracia. –Por supuesto que lo es –declaró con gracia –. No importa que tan seria seas, tu rostro es como un libro abierto, por mucho que lo intentes, no siempre podrás ocultar lo que sientas –siguió riendo pese a la mirada que le dedicaba Ana Marie. –Casi olvidaba tu personalidad bonachona –rio un poco muy a su pesar –. Sí que me conoces bien. –Conocía –corrigió –. Se nota que has cambiado un poco y se te ve feliz, me alegra mucho verte feliz. El corazón de Ana Marie se calentó ante eso, si bien, hubo un tiempo en que considero a su profesor como su pilar y su más sincero amigo en la ciudad y universidad. Cuando su amistad termino (por parte de ambos), creyó que estaría sola hasta que Daniela y Álvaro le hicieron ver lo contrario, no estaba sola los tenia a ellos. La sonrisa que le dedico Ana Marie hizo que se replantease muchas cosas, por ejemplo; la pequeña posibilidad de que si sentía algo por ella, pero la verdad es que el único sentimiento que tiene hacia la joven es estima y cariño. Su relación bien puede ser malinterpretada de muchas formas, desgraciadamente había gente que no comprendería su relación, tachándola de inmoral e incorrecta cuando solo es una amistad inocente. –Me encantaría –susurro la joven. Alan Clarke alzo las cejas. – ¿Enserio? –preguntó, incrédulo –. ¿Estas segura, Ana Marie? –No te habría respondido sino lo estuviera. Ese día dos viejos amigos se ponían al día con sus anécdotas, recuperando una linda amistad. ………………………………………… Después de terminar de hablar con Alan, Ana Marie se fue directo a casa. Alan se había ofrecido a llevarla, pero la joven se negó alegando que quería caminar y estirar las piernas, grave error. Las nubes estaban grises sobre la ciudad anunciaba que llovería en cualquier momento si la joven no se apresuraba, sus pasos eran apresurados, pero la primera gota cayo y muchas más le siguieron. Ana Marie se arrepintió de no haber aceptado el aventón, ahora estaba empapada y de seguro de resfriaría, con lo delicada que es su salud. Cuando cruzo la calle un auto casi la atropella, por suerte el auto logro esquivarla a tiempo. – ¡Quítese del camino, loca! –gritó el conductor colérico. – ¡Aprenda a conducir, idiota! –le devolvió el grito molesta con el corazón echo un puño, se había asustado enserio. Varias personas que pasaban por ahí, con los paraguas en mano se le quedaron viendo, Ana Marie decidió ignorarlas pese a que se moría de vergüenza. No está de ánimos para nada. Un toque en su hombro la hizo girarse con rapidez, lista para encarar a quien sea que llamo su atención. El rostro sonriente de Álvaro la recibió con burla y galantería, tenía puesto un chaleco y un paraguas lo suficientemente grande para cubrirlos a ambos. –Veo que no estas de buenas –comentó de forma burlesca, mojo sus labios y continúo: –. ¿Por qué tan rabiosa, Marie? –Oh, lo normal, un tipo casi me atropella –respondió arrugando el rostro, recordando lo sucedido. El rostro burlo y galante de Álvaro se esfumo, dando paso a la preocupación. – ¿Estas bien? –inquirió preocupado, mientras escaneaba a Marie buscando alguna herida o algo parecido. –Sí, Álvaro, solo estoy algo asustada –dijo para tranquilizarlo –. Nada que una buena tasa de chocolate caliente no puede arreglar. ¿A dónde vas por cierto? Álvaro negó varias veces. –No todo se arregla con chocolate, Marie –manifestó –. Estaba visitando un edificio abandonado, para ver si puedo… Ana Marie lo miro escandalizada y no lo dejo terminar. – ¿Tu que sabes? El chocolate es un majar de los dioses, un buen acompañante en mis días malos y en las visitas indeseadas de Andrés –declaró con efusividad, señalándolo con el dedo. – ¿Andrés? –las cejas de Álvaro se juntaron y su gesto detonaba confusión –. ¿Quién es Andrés, Marie? La chica palmeo su rostro. –Olvídalo, solo olvídalo –pidió, antes de estremecerse por el frío –. Será mejor que vuelva a casa, me resfriare de seguro si no me doy un baño caliente. –Eso te pasa por no salir preparada –comentó jocoso, la chica le golpeo el hombro –. Oye, sin violencia. A todo esto, ¿por qué no saliste con un paraguas al menos? Las noticias advirtieron que hoy comenzaba la temporada de lluvia. – ¿Tú ves noticias? –inquirió burlesca –. Que novedad. –Jajaja, muy graciosa, Marie –le paso el paraguas para quitarse el chaleco y entregárselo –. Lo necesitas más que yo. –Gracias –musito antes de ponérselo. –Sera mejor que nos apresuremos –comunicó –, esta lluvia es para rato. ………………………………………………… Al llegar al apartamento Ana Marie se apresuró a tomar un baño caliente, al salir y vestirse lo más abrigadora posible, puso su ropa en el cesto de ropa sucia y luego fue a la cocina a prepararse un chocolate caliente. De las pocas cosas que sabía cocinar, el chocolate caliente era una de ellas, al servirse una taza reviso las notificaciones de su teléfono. Daniela le había escrito. “La lluvia me tomo por sorpresa. Lo siento, pero tendré que quedarme con Axel esta noche”, decía el mensaje. Ana Marie simplemente le respondió que estaba bien y que se cuidara. Se sentó en el sofá de su sala y tomo un sorbo; miro a su alrededor y se sintió sola, demasiado sola para su gusto, por lo que tomo su teléfono y le envió a Álvaro. “¿Puedes venir?, estoy sola y estoy aburrida”, escribió enviándolo antes de arrepentirse. Su teléfono sonó. “Voy para allá”, respondió devuelta. Una sonrisa boba se dibujó en la rosto de Ana Marie. Y volvió a tomar un sorbo de su amada bebida. ¿Quien diría que desde ese dia amaría los dia
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