Capítulo 28

1837 Palabras
Ana Marie odiaba los hospitales, simplemente no los soportaba. El olor de los antisépticos, los medicamentos y entre otros, hacía que su nariz se arrugase por el fuerte olor. No le gustaba punto, pero no era la única. Edward miraba todo con el ceño fruncido y el rostro en una mueca de desagrado, al ver su rostro la chica pensó que valía la pena, después de todo su amigo estaba herido y traerlo al hospital es una forma de ayudarlo y molestarlo. Álvaro estaba situado junto a ella, ambos vieron como el medico revisaba minuciosamente el rostro de su amigo al igual que el resto de su cuerpo, aunque parece que solo su rostro y puños estaban lastimados. Luego de la revisión; el medico se dedicó a limpiar y desinfectar las heridas de su rostro, las manos de Edward pasaron por el mismo proceso para luego ser vendadas con mucho cuidado. – ¿Cómo fue que terminaste así, muchacho? –pregunto el hombre canoso, mirando disimuladamente las manos de Álvaro, el susodicho lo noto pero no dijo nada. –Solo fue un mal día –expuso de mala gana, Ana Marie bufo ante su respuesta vaga. El medico se quitó las gafas para limpiarse la frente, sonrió afablemente. –Al parecer, su novia no piensa. – ¡No soy su novia! – ¡No es su novia! – ¡No es mi novia! Exclamaron los tres al unísono, dejando al doctor sorprendido. Su sonrisa flaqueo un poco, pero igual siguió siendo amable. –Ya me quedo claro, muchachos –dijo, luego miro de nuevo inquisitivamente a Edward –. ¿Estás seguro de que no tienes nada más que decir? –Seguro. El hombre mayor suspiro. –Edward –advirtió Ana Marie, pero Edward le devolvió la mirada fastidiado. No quería seguir en el hospital por claras razones, primero; confundían a su amiga como su novia, segundo; ahora Álvaro lo taladraba con la mirada y tercero; tuvo un pésimo día y lo único que quería era ir a su apartamento y tumbarse en el sofá todo el santo día. Pero sabía de antemano que Ana Marie insistirá hasta descubrir la razón de su “pelea”, por lo que solo quería salir del hospital y estar solo por un rato. –Ni lo intentes –replicó –, no te diré nada. Solo te estresara y no quiero molestarte más de lo que ya lo hago. –No me molestas, me preocupas –repuso cabizbaja, pero lego cambio su semblante y miro seriamente a su amigo –. Sino vas a decirme nada, está bien, pero si quieres hablar ya sabes dónde encontrarme. Al decir eso se fue, Álvaro lo miro con comprensión para luego seguirla rápidamente. Edward miro a su amiga irse dolida por su actitud. El doctor chasqueo la lengua en señal de desaprobación, Edward fijo su vista en el doctor con el ceño fruncido, pero no dijo y suspiro decepcionado consigo mismo. ……………………………………. Ana Marie aminaba furiosamente en el estacionamiento del hospital; si bien, entendía lo que era tener un mal día, pero eso no era excusa para comportarse como un baboso. Oyó como Lavaron intentaba hacer que detuviera, pero estaba tan molesta que solo quería irse a casa y leer un rato para calmarse, tuvo que contar mentalmente hasta diez pese a que no creía que funcionara, pero era eso o actuar como una bruja. Se detuvo de golpe y Álvaro casi choca contra su espalda, haciendo un movimiento cómico para evitar la colisión, se giró hacia y se cruzó de brazos. –No te preocupes, Álvaro, estoy calmada –le comunico aun algo tensa, pero con el rostro y postura algo rígida –. Los esperare en el auto, así lo llevamos a casa sano y salvo. Álvaro encarno una de sus pobladas cejas, no creyendo su aparente calma. –Estoy bien –asegura Ana Marie con una leve sonrisa –, ya se me paso. Ve por el saco de boxeo humano y vámonos de aquí, odio los hospitales. Álvaro entorna los ojos y niega con la cabeza. –Ya te lo dirá, solo se paciente, diablilla. –No me llames así –quiso sonar seria, pero fue imposible, adoraba el apodo que había escogido. –Sé que lo amas –aseguró socarrón antes de girarse y buscar a Edward. Ana Marie rodo los ojos, pero sabía que tenía razón, pero no se lo diría. Vio como Álvaro se adentraba de nuevo al hospital, suspiro, estaba irremediablemente enamorada; ya no tenía ninguna duda. Su teléfono comenzó a vibrar, frunció el ceño y vio que era su hermana, miro a todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie sospechoso; no quería arriesgarse a que le robaran el celular, pese a que Álvaro lo considerara una basura por los constantes reinicios que el aparato tiene. Le dijo que debía buscar otro, pero era su primer teléfono (el cual se ganó gracias a sus ahorros) por ende; tiene un valor sentimental. Contesto. – ¡Hola, Ana! ¿Cómo estás? ¿Qué haces? –saludo su hermana efusivamente. Ana Marie sonrió un poco. –Estoy bien –contesto simplemente –, ¿Cómo te va en el trabajo? –Uf, la señora Kira es una mujer muy habladora. No dejo de hablar de sus hijos y nietos, hasta me conto de sus aventuras amorosas, asqueroso –conto Ana Lucia como una cotorra, haciendo reír a su hermana –. Pero fue bueno, esa mujer se conoce cada chisme de este lugar. –Y tú bien dispuesta a escucharla, hermanita – ¡Pues claro! este lugar es increíble, es disneyland para las chismosas. –El chisme es malo –pregono, pero sonreía con picardía. –Sí, sí, lo que digas. ¿Qué te pasa? –Preguntó de repente –. Suenas algo decaída. –Oh, no es nada, solo que a Edward lo molieron a golpes –respondió jugando con un mechón de su cabello, evitando distrayéndose de la situación. Ana Lucia jadeo sorprendida. La joven de las hermanas conoce a Edward desde hace años. Sabía que vivía en Santo Domingo actualmente, y que su amistad con su hermana mayor se retomó. Ana Lucia adoraba a Edward y cada día se preguntó cómo alguien tan carismático, sarcástico, expresivo y fiestero, sea amigo cercano de su rígida (aunque ya no tan rígida) hermana mayor. Considerando su amistad como una rareza que nunca podrá comprender. – ¿Esta bien? ¿Cómo esta, Ana Marie? –sonaba muy preocupada, después de todo Edward había sido su alcahueta cuando se iba a una fiesta, siempre la cubría. –Está bien, sabes lo cabeza dura que es –dijo –; no importa que tanto le se caía o se golpeé, nunca aprende.  – ¿Qué dices sobre mi cabeza? –dijo una voz roca que la hizo sobresaltar, casi dejando caer su preciado celular. Al ver su preciado celular a salvo en sus manos, Ana Marie suspiro aliviada antes de mirar suciamente a Edward con el rostro algo hinchado. Suavizo su mirada. –No hagas eso –gruño –, casi se me cae. –Saltaste como si te fueran a robar –apuntó Edward, Álvaro hizo el intento de disimular su diversión ante la situación, pero apenas si lo consiguió –. ¿Con quién estás hablando? –inquirió. –Con Ana Lucia –farfulló, para luego seguir con la conversación con su hermana –. Hola, lamento eso, un par de tontos me asustaron. –Comunícamelo –ordenó su hermana menor. Ana Marie se sentó en el copiloto y se giró para darle el teléfono a Edward, el susodicho negó con la cabeza, pero Marie miro sombríamente y tomo el teléfono a regañadientes. Álvaro encendió el auto y se fueron. …………………………… Eran apenas las cuatro de la tarde. Ana Marie estaba comenzando a sentir el día eterno y tedioso, quería ir a su habitación y acostarse a dormir, pero aun había cosas que hacer. Como por ejemplo, escribir el siguiente capítulo de su historia y hacerle la dedicatoria a su amiga. Luego de dejar a Edward quien recibió todo un regaño por parte de Ana Lucia, el joven prometió que no volvería a tener este tipo de altercados, Ana Marie alego que lo marcaria en el calendario, algo que le causo gracia a Álvaro quien miraba todo en absoluto silencio. Edward miro a Álvaro y le dijo: –El día en que decidas casarte con ella, te habrás condenado al infierno –le dijo fingiendo pavor, Ana Marie lo miro mal y Álvaro simplemente sonrió. –Pues será un placer quemarme en su infierno –dijo en cambio, Ana Marie le golpeo el hombro, su sonrisa se amplió –. Oh, vamos cariño. Sabes que me amas. –En este momento lo único que quiero es golpearte –replico antes de dirigirse a Edward –. Recuerda las instrucciones del doctor, y no hagas otra tontería, ¿entendido? –Sí, mama –contestó burlesco, pese a que le dolía todo el rostro. La chica bufo. –Agradece que no soy tu madre –masculló –, desde hace mucho te habría puesto en cintura. Tanto Álvaro y Edward rieron, aunque este último término en una mueca adolorida. La chica los miro seriamente. – ¡No es gracioso! –Nos vemos –se despidió Edward, ignorando su reclamo. Y sin más, les cerró la puerta del apartamento. De haber sido más clara se habría notado el sonrojo furioso de Ana Marie. Se obligó a sí misma a reparar una y otra vez, a Edward le encantaba molestarla dado que tenía un temperamento algo fuerte, aunque no lo hace mucho. Álvaro se encogió de hombros cuando Ana Marie dirigió su mirada colérica hacia él, mostrando completa inocencia. –Debo decir que te ves adorable cuando estas molesta, Marie. La chica solo suspiro cansada. –Solo quiero irme a casa y comer pastel con café. ¿Quieres acompañarme? Compre una porción muy grande –le pregunto nerviosamente, reemplazando su enojo, mientras se dirigían al ascensor. Había sido un día caótico. Necesitaba distraerse y ¿Qué mejor forma de hacerlo que comiendo pastel acompañada con Álvaro  y una taza de café? “Aunque debo decir que no me sorprende, la ciudad siempre me pareció caótica”, pensó recordando que la vida es como una montaña rusa, hay subidas y bajas, risa y lágrimas. Una auténtica aventura. Pese a que la vida de Ana Marie puede ser considerada aburrida y común; la chica no la cambiaría por nada, puesto que está feliz con la familia, amigos y conocidos que le toco. –Te acompañare a donde tú quieras, diablilla –repuso con una sonrisa ladina. – ¡Que no me llames así! –siseo en un susurro. Álvaro se acercó a su rostro, sus narices se rozaron. –Sé que te encanta –murmuró galantemente. La chica no dijo nada, solo se quedó mirando el océano de sus ojos.
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