Capítulo 6: La verdad de su padre

2279 Palabras
Erika dejó el cuarto de baño después de vestirse y fue hacia la habitación donde dejó sus pertenencias, se sentó en la orilla de la cama y resopló. Sentía el cuerpo pesado, estaba cansada, pero el agotamiento mental era mil veces peor. Se encontraba en la casa de una persona a la que admiraba profundamente por su papel como escritor, alguien a quien consideraba su ídolo por cada una de las palabras escritas en sus libros y columnas, pero… ese mismo hombre era su padre biológico. Se dejó hacer sobre el colchón y respiró hondo. En su interior, las dudas renacieron, acompañadas de un gran malestar. «¿Por qué me mintieron así? ¿Por qué los adultos tienen la manía de siempre querer controlar las vidas de los demás?», se preguntó una y otra vez, y resopló. ¡Eran tan despreciables! Y el dueño de esta casa no se salvaba. Él era su padre, ¿entonces por qué nunca lo vio, más que en esa fiesta? Era un fiasco, claro que sí. Viendo este enorme departamento, considerando la vida que llevaba como autor súper ventas… —Me abandonó para vivir su vida, ¡qué descarado! —se quejó en voz alta y gruñó, cerrando los ojos. Minutos después, el aroma a comida recién hecha se coló por debajo de la puerta, y atrajo a una de sus necesidades fisiológicas al primer plano. El estómago le gruñó, y una parte de su mente la regañó, porque no había probado bocado desde la mañana, cuando esperó a que su madre se fuera al trabajo para escaparse, tomar un taxi pagado con sus ahorros y venir aquí. —Huele bien —murmuró con flojera, se levantó, caminó hacia la puerta y dejó la habitación. Cruzó el pasillo y se apoyó en la baranda de vidrio, miró abajo, y la fuente de los buenos olores la invadió. Contempló de nuevo la inmensidad de este lugar, y respiró hondo. —De día, esto debe verse genial —musitó y emprendió camino a las escaleras. Las bajo de a poco, apoyándose en el pasamanos, y llegó a la planta baja a salvo. Desde el otro lado de la isla, Mishel la vio acercarse. —¿Te sientes mejor? —le preguntó. Erika se dio cuenta de que él no se había cambiado la ropa. La gabardina, el saco y la corbata reposaban en el espaldar del sofá, junto a su maletín. —Estoy algo mareada, pero ya no tanto como antes —comentó con suavidad. —Bien… la cena está casi lista. Siéntate a la mesa, así evitarás caerte —murmuró, concentrado en la cena. El mayor se veía entero, a diferencia de ella que, de repente, volvió a sentir los nervios recorrer el cuerpo con virulencia. Le hizo caso y se sentó a la derecha de la mesa. Unos minutos después, Mishel sirvió la comida, todo muy normal, se sentó a la cabecera y le dijo: —Bebe la sopa primero, eso ayudará a bajar tu fiebre. Si tienes apetito puedes comer el resto luego, pero no te fuerces, puedo guardarlo para más tarde si ese no es el caso. Te daré un poco de medicina luego. Ella asintió y contempló la cena: sopa de verduras, arroz, ensalada y carne guisada. Ambos tenían lo mismo, además de un vaso con jugo de fresa. —Está bien —murmuró y dejó entrar el aroma de la comida a su sistema—. Todo huele y se ve genial. —Sonrió. No hablaba por cortesía, eran sus verdaderos pensamientos. Erika disfruto de su comida, pero el silencio se le hizo eterno e incómodo. El pelinegro no dijo ni una sola palabra mientras comían, y ella tampoco tuvo el valor para hacerlo. Para Mishel, en cambio, no existía incomodidad de ninguna clase, porque no poseía la capacidad de sentirla; sin embargo, la miró un par de veces, viéndola comer, y sonrió sin quererlo. Después de todo, uno de sus más profundos deseos tocó a su puerta de improviso Al detallar a Erika, vio a Miko en su adolescencia, el tiempo en el que la conoció. Ese solo pensamiento era terrible. Él no tenía hambre, por lo que no se sirvió demasiado, cosa constante los últimos días. Todos afuera festejaban las fiestas, el año nuevo, pero, en días como estos, semanas como estás, solo era capaz de recordar momentos tristes del pasado. • • • Tras terminar de cenar, Erika se fue al sofá, mientras el varón lavaba los platos. El sofá era suave, y se sentía cálido y mullido en medio del frío del ambiente. La muchacha recorrió con la vista los derredores, encendida en curiosidad, y distinguió unas fotos a la distancia que se le hicieron muy curiosas. Sin embargo, su atención se centró en el varón, que entró a la sala y se sentó en uno de los sillones. Al apenas verlo relajarse en su asiento, ella disparó sin contemplaciones: —¿Por qué nunca estuviste en mi vida? Él llevó el aire a sus pulmones y lo soltó con suavidad. Tenía el cuerpo cansado, y también la mente, pero eso ya era normal. —Esa es una historia larga y complicada… Erika arrugó la expresión, y su buen ánimo se transformó al instante en indignación. —Eso no me dice nada —espetó. Pero él no reaccionó. —La relación entre tu madre y yo terminó muy mal en aquel entonces. Naciste en medio de un momento bastante convulso. »No puedo darte demasiados detalles, porque son cosas que no deberías saber, pero… Kai le dio a tu madre el apoyo que necesitaba, y que yo no fui capaz de darle. —Erika arrugó más el cejo. »A la larga, ella y su familia pensaron que sería más conveniente que él fuera el padre a quien conocieras, y no yo. La más joven sintió el calor abandonar sus manos, resopló y subió los pies al sofá, sentándose en posición de loto. Puso las manos sobre sus muslos y las miró. —Si es como dices… ¿qué hacías en la fiesta de mi sexto cumpleaños? —preguntó con cierta demanda. Mishel se veía imperturbable a sus ojos, y sintió como, segundo a segundo, un barullo en su cabeza se hacía cada vez más y más sonoro. Estaba tratando de ser madura y actuar genial, pero esa coraza comenzaba a romperse. Se consideraba una chica capaz, racional y serena, pero se daba cuenta de que no era así. Además, su «padre» no le parecía una persona normal, porque nadie común estaría tan calmado en estas circunstancias. —Creo que ella sintió lástima por mí, es la mejor forma de decirlo —declaró él. La castaña abrió los ojos de par en par, e incluso la boca se le abrió sin querer. Apretó las manos y se echó hacia adelante. —¿Cómo? —«Es la primera fiesta que recordará», eso me dijo el día que me invitó —continuó Mishel con calma, se mojó los labios y prosiguió—: No estaba seguro de ir, pero… nunca te había visto, no te conocía y… Una tenue sonrisa llena de nostalgia pintó sus labios, y la impresión se regó en Erika como un dardo directo al corazón. «Sí puede sonreír», se coló en sus pensamientos con ilusión y frunció la boca. —Quería conocerte. Por eso fui —sentenció el mayor. La limpieza en sus palabras aceleró el corazón de la muchacha, que sintió el frío subirle desde los pies, y calientes lágrimas amenazar con acumularse en sus ojos. —Después de eso, desapareciste —espetó Erika con seriedad. El pelinegro adelantó su postura y puso las manos sobre sus muslos. —No siempre tenemos lo que queremos —anunció, cosa que extrañó a la otra—. Ya que creciste en Chisa, deberías entender eso mejor que nadie. —La vio apretar los labios y tragó. »Nací como un Suoh, eso debe darte alguna pista de las circunstancias, Erika. Por reflejo, ella asintió. Chisa no era un mal lugar para vivir ahora, pero, en el pasado, antes de que el tripartito se firmara formalmente, su madre le contó que las disputas violentas se sucedían en cada esquina y momento, sin importar si era de día o de noche, si se encontraban en la escuela o el parque. El hombre frente a ella, según Wikipedia, era el primogénito varón de su familia. Solo por su presencia en esta ciudad, siendo un escritor, y no allá en Chisa, atendiendo sus deberes familiares, podía saber que cosas malas sucedieron. —Hablé con tu madre —intervino el varón de nuevo—. No tengo idea de cómo diste conmigo, pero debes regresar a su lado. —No volveré allí —espetó ella al instante y se cruzó de brazos sobre el pecho. Él aguzó la mirada sobre ella, atraído por la dureza de su tono, contrastante con la serenidad y dulzura habitual. —Es tu hogar, y ella quiere que regreses. No quiero sonar como lo que soy, pero… no tengo ningún derecho sobre ti, Erika. —¡No volveré ahí! —gritó ella. Mishel abrió los ojos de más y apretó la expresión. Erika continuó: —No quiero ver a mi madre por ahora, ¿entiendes? No quiero ver a la gente que conozco, ¿entiendes? —Sus ojos lo miraron con profundidad. Y él detectó un cierto desespero en el fondo, junto a frustración. «¿Desespero?», se preguntó sin dejar de mirarla. —Mis padres se van a divorciar; mi padre no es mi padre; tú eres mi padre… —enumeró con rapidez—. Todos a quienes conozco son una farsa, una mierda… —escupió y miró al suelo. El pelinegro respiró hondo, sopesando sus opciones, y murmuró: —Es normal pensar que todo el mundo es una mierda a tu edad. Ella levantó la cabeza y lo miró con desafío. —En Chisa todo es… No lo sé. —Negó con la cabeza y gruñó—. Ya no me siento bien allí. —Chisa es un lugar complicado. —¿Por eso te fuiste de ahí? Él negó. —Lo mío fue un tanto más complicado. A la larga, no seguiría vivo si me quedaba allí. La sinceridad en las palabras del mayor hizo tragar a Erika con dureza. Relajó las manos en su regazo, y se preguntó a qué se refería. Si no se trataba de ella, ¿entonces de quién?, ¿por qué? Frente a la muchacha se encontraba un hombre desconocido, que resultaba ser su autor favorito. Una parte suya quería decir que lo conocía solo por eso, porque los autores solían tirar en su obra gran parte de lo que eran, pero… ¿y si no? De alguna forma, Mishel le daba una sensación de abandono. Su autor favorito la hacía sentir comprendida. En medio de sus crueles escenario siempre había una lección, una reflexión, a pesar de que las vidas de sus personajes siempre eran, o terminaban siendo, un desastre. «¿Acaso su vida fue así?», se preguntó. —¿No puedes hacer que mamá deje que me quede aquí un poco? —preguntó—. O… ¿sería una molestia si me quedo aquí? No hay información de que estés casado, o que salgas con alguien... —indicó con prisas—. ¿Estás saliendo con alguien? Al instante, Mishel evaluó sus alternativas: le dijo a Miko que encontraría la forma de hacerla volver, y ella era una mujer dura de tratar, siempre lo había sido. —Vivo solo, y no salgo con nadie —informó con simpleza—. Tampoco me sería inconveniente si te quedas aquí, pues lo único que hago a diario, además de las cosas básicas, es escribir… y salir cuando mi editor lo requiere. »El problema es tu madre. Erika respiró hondo y se quedó en silencio por varios segundos, hasta que declaró: —Hablaré con ella. —Lo miró con firmeza. En esos ojos, por un segundo, Mishel vio a Miko en ella. —Si llegara a aceptar, ¿podría quedarme aquí? Aprobé mis exámenes de fin de curso, y solo habrá clases por unos días más antes de la graduación. Erika trataba de mantener la calma, era buena en eso a ojos de Mishel, pero sus orbes eran las ventanas de su alma, y ella solo tenía quince años. La desesperación brilló con fuerza al fondo de sus zafiros. Para ser objetivo, él no podía rechazarla, no tenía razones, porque… ¿no quiso siempre conocerla? Espero una oportunidad como esta por quince años. Él respiró hondo y, en ese momento, la decisión de Erika se convirtió en nerviosismo, en expectativa. Se mojó los labios y solo tuvo ojos para él, para su rostro, de apariencia impasible, y esos ojos que no revelaban nada. —Está bien. Mañana llamarás a tu madre a primera hora, y hablarás con ella del tema. Por hoy, lo mejor que vayas a descansar. Él llevó su zurda a revolverse el cabello, que le cubría la frente y rozaba sus orejas, y Erika notó algo que la llenó de curiosidad: una pequeña marca en la parte superior de su frente, en diagonal. Era una cicatriz que parecía extenderse hasta su cuero cabelludo. Se perdió en sus pensamientos por un par de segundos, pero asintió. Había recibido una oportunidad, ¿no? Debía estar feliz. Su mirar brilló en dirección al varón, y le sonrió. Por dentro, una gran tensión se disipó y, de repente, fue como si todo en su cuerpo se distendiera, perdió la fuerza, y se fue hacia adelante.
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