—Molesto no… claro que no —habló con prisas el mayor—, pero sí sorprendido, porque esto fue muy inesperado.
Erika asintió con la cabeza y espiró con lentitud por la nariz, miró al frente, a los alumbrados de la calle, y pensó que tal vez, solo tal vez, metió la pata viniendo aquí con tantas prisas, escapando de su madre sin más.
Entonces, Mishel puso el auto en marcha, y el camino a casa inició.
Él vivía al oeste de la ciudad, alejado del bullicio, en un complejo de apartamentos al que les tomó unos veinte minutos llegar. Bajó hasta el sótano y estacionó en uno de sus lugares designados, para luego subir por el ascensor.
El varón llevó su maleta en todo momento, además de sus propias cosas, mientras la muchacha cargaba su bolso.
Cuando la caja se abrió, Erika pudo ver un pasillo pintado en azul pálido, techos de yeso blanco y piso de terrazo claro, casi demasiado estéril para su gusto.
Avanzaron hasta una de las dos únicas puertas que había en la planta, blanca y brillante, y vio la cámara de seguridad frente a ella. Mishel sacó su llave, una tarjeta de seguridad, puso el código en el teclado numérico de la cerradura, abrió, y ambos entraron.
Apenas pisar dentro, aunque el pequeño pasillo no dejaba ver mucho, Erika se quedó maravillada por la altura del techo. Este era el penthouse del último piso.
Se cambió los zapatos por pantuflas y pasó, para encontrar una planta por completo abierta. Mishel encendió las luces, y pudo detallarlo todo: pisos de madera clara, una sala amplia con un gran sofá seccional y dos sillones, grandes ventanales de vidrio transparente que dejaban ver la ciudad, y un acceso a la azotea; una mesa de comedor de seis plazas, y una gran cocina con una isla en medio, con muebles en azul naval y electrodomésticos de acero inoxidable.
Caminó por el lugar y vio tres puertas; asumió que una sería el baño de la planta baja, porque una escalera de barandas plateadas, de acero, daba acceso a la segunda planta, donde había tres habitaciones, y otras cosas más.
Para el pelinegro este departamento era su sitio de relajación. Lo compró por insistencia de su editor, pero valió la pena.
—Deberías darte un baño con agua caliente —sugirió el varón tras dejar su maleta al pie de las escaleras, y agregó—: Tienes fiebre, y pasaste por una llovizna y la brisa helada sin estar bien abrigada. Prepararé un poco de sopa para ti.
La castaña, que no podía dejar de ver por acá y por allá con curiosidad, se fijó en él unos segundos y asintió. El tamaño del lugar y la ligereza del aire la estaban abrumando.
—El baño está arriba.
Ella subió las escaleras a paso lento detrás de él y, al llegar arriba, contempló la inmensidad de este sitio con mayor respeto. El corazón le saltó en el pecho al ver su preciosidad y apretó los labios.
La segunda planta era un pasillo horizontal que se extendía por todo lo ancho de la propiedad, con dos puertas a los costados y las demás a lo largo. Mishel abrió una de ellas, una habitación para visitas.
—Esta habitación está limpia, siempre procuro que todo esté en la mejor condición. —Volteó hacia la más joven y continuó—: Puedes pasar la noche aquí. El baño es la puerta que está al frente. —Señaló dicha puerta—. Dentro, en el estante, encontrarás toallas limpias, y cualquier cosa que necesites.
Ella lo oía, claro que sí, pero no podía escucharlo, pues el latido de su fiero corazón no la dejaba. Tiró la vista al cuarto, y vio una cama, un escritorio con su silla, una mesa de noche y la puerta de un closet.
Apretó los labios y los dedos de los pies y resopló. El cuerpo le temblaba, quizás por la fiebre, o por los nervios. Miró al mayor, y los recuerdos de su infancia aparecieron en su mente, imágenes de su fiesta de cumpleaños número seis.
Pero no solo era eso.
Él le daba un aire de tremenda soledad.
Mishel se marchó, y Erika comenzó a acomodar sus pertenencias: sacó ropa para cambiarse y salió. Caminó por el largo pasillo, deslizando la zurda por el borde de la barrera de vidrio con tope de acero, y vio al varón en la cocina, sacando verduras de la nevera mientras hablaba por teléfono en altavoz, aunque no pudo escuchar nada.
—De seguro es mamá —murmuró con desgana y llegó al baño.
Ella no se iría, no señor.
Su madre no le había dado respuesta, solo le dijo una y otra vez que ese no era su problema, pero… ¡¿acaso estaba loca?! ¡Ella era la hija! ¡Obviamente era su problema!
Ante sus ojos, su madre, segundo a segundo de aquella discusión, se fue transformando en una desconocida.
Sacando cuentas, su madre se embarazó en su tercer año de preparatoria, a los diecisiete. Lo único que pudo sacarle, en medio de tantas cosas sin sentido que dijo, fue que su padre era un año menor que ella, y que estudiaban en la misma escuela.
Eran dos críos.
Su madre habló de «circunstancias» que obligaron a su padre biológico a alejarse de ella, pero… ¿por qué hacerle creer que otro hombre, casi de la misma edad, era su padre por todos estos años? ¿Por qué mentirle así toda su vida?
«¿Acaso todos los sabían?», pensó. Sus abuelos, los amigos de su madre… «Qué despreciable».
Ya en la ducha, con el agua caliente bordeando su cuerpo, de leves curvas y busto escaso, el pensamiento no la dejaba tranquila, y eso la hizo sentir un mareo más pronunciado.
Creció en la turbulenta Chisa, rodeada por el tripartito entre los Suoh, los Sajima, y los Brambilla. Era un secreto a voces que los negocios ilegales iban y venían, y las amistades de su madre tenían un poco de todo. Las miradas de odio hacia ese hombre, alejado de los demás en su fiesta de cumpleaños número seis, cobraron sentido.
¿Por qué ir hasta allí sabiéndose odiado? La carta llegó a su mente, y resopló.
• • •
A pesar de que su rostro demostraba serenidad, los pensamientos de Mishel eran un desastre. Esto era demasiado repentino, inesperado. ¿Cómo es que ella averiguó que él era el escritor Taiki Kurosawa?
La última vez que la vio acababa de cumplir seis años, y Miko le dejó muy en claro que él no sería parte de su vida aunque lo deseara con todas sus fuerzas.
Respiró hondo y dejó las cosas sobre la isla, sacó la arrocera y puso a cocinar el arroz. Era la primera en un buen rato que no comería solo.
Su teléfono comenzó a sonar, miró la pantalla y bufó.
—Vaya… soy un hombre afortunado… —se burló, se limpió los dedos de la zurda con un trapo de cocina y aceptó la llamada, poniéndola en altavoz.
—¡Mishel! ¡¿Erika está bien?! —exclamó desesperada Miko, madre de Erika, del otro lado de la línea.
Él respiró hondo y comenzó a picar las verduras.
—Ella está bien. Solo tiene un poco de fiebre, porque se quedó dormida afuera de la biblioteca donde yo estaba —anunció.
»Ahora se está dando un baño, mientras le preparo algo de sopa caliente.
Su voz era parsimoniosa, pero el corazón le latía a mil por hora; sin embargo, tenía la mente tranquila, más o menos.
—Ella… ¿está molesta conmigo?
—No lo sé —contestó el pelinegro y se giró para buscar una olla, la llenó de agua y la llevó a la cocina.
»Trajo una maleta con ropa, y un bolso. También, la carta que le di con el regalo de su sexto cumpleaños, y una copia del registro familiar. Ya que no parece dispuesta a irse, es obvio que está molesta.
»Supongo que también lo está conmigo, pero soy la salida desconocida y más obvia para estos momentos.
Miko resopló de forma audible, cansada por todo lo que pasaba y, ante su silencio, Mishel continuó:
—Me tomaré el tiempo de hablar con ella y explicarle las cosas. Haré que regrese contigo, no tienes que llorar. Todo estará bien.
—¡No estoy llorando! —protestó ella con rabia y gruñó.
El pelinegro no dijo ni una palabra, porque la conocía, sin importar el tiempo, sabía que esa era la voz que ponía cuando acababa de llorar.
—¡Tienes que hacer que vuelva a su casa! —prosiguió Miko con rudeza.
Mishel llevó las verduras a la olla, lento y calmado incluso en medio de los gritos ajenos, respiró hondo y le dijo:
—Ya tiene quince años, es una edad difícil. No te puedo prometer nada. Pero eres su madre, ambas siempre han estado juntas y ella es una buena hija, así que, de seguro, lo entenderá todo.
¿Trataba de darle ánimos?
Al contemplar esa posibilidad en su mente, Mishel arrugó la cara y negó al instante.
Ellos no eran más que un par de extraños con una hija en común. Él le enviaba el dinero necesario para que la cuidara y… solo eso.
Su relación no terminó bien, y el tiempo no la hizo mejorar; sin embargo, se dio cuenta de que su preocupación era real, de que de verdad le molestaba que estuviese tan triste y preocupada, a pesar de que nada de lo que pasaba era su culpa.
En realidad… cosechas lo que siembras. Así de simple.