Los hombres que se acercaban vinieron en formación. Decenas de ellos, con escudos y byrnie y cascos que reflejaban el resplandor de las llamas que se elevaban. Vinieron en filas desde el puerto, por un amplio camino que conducía directamente a la puerta del salón de Ragnvald. byrnieHakon corrió en busca de su amigo. — ¡Toralv! ¡Aléjate! ¡Te quemarás, hombre! —¡Pero escaparán! —gritó. —¡Tenemos problemas más grandes! Hakon tiró de su manga hacia la pared de escudos para enfrentarse a la recién llegada amenaza —una amenaza que se había detenido a veinte pasos de distancia—. Hakon miró a izquierda y derecha. Había allí callejones más pequeños que ofrecían una vía de escape, pero Egil abortó esa idea. —Ni lo pienses, Hakon —gritó por encima del rugido del fuego. —No voy a dejarte morir co

