Capítulo 48

1402 Palabras
Nicola —Tenemos problemas con los invitados, —dijo Lorenzo acercándose a mí para hablarme en voz baja. Mis ojos se movieron automáticamente, buscando entre la multitud. Valentina caminaba hacia el baño, su espalda recta y su andar nervioso. Algo en su manera de moverse me decía que aún estaba preocupada, atrapada en sus pensamientos. —Deja un par de guardias cuidando a mi prometida, —le ordené sin apartar la mirada de Valentina. El calor de la rabia comenzó a arder en mi pecho. Todavía no me acostumbraba a verla alejarse de mi vista, especialmente cuando sabía que había tantos peligros a su alrededor. Lorenzo asintió y tecleó un mensaje a los hombres de confianza, cuando los vimos en posición, ambos nos dirigimos hacia el sótano. Al bajar las escaleras, mis pasos resonaban en las paredes frías del pasillo que llevaba a las salas de tortura, y cada eco me recordaba el control que tenía sobre este lugar, sobre cada persona que se atreviera a cruzar mi camino y terminaba aquí. La primera sala que visité fue a Marena. Sus ojos estaban hinchados, su rostro rojo por las lágrimas que llevaba horas derramando. Estaba tan patética, acurrucada en una esquina como si de repente hubiera comprendido que toda su arrogancia no valía nada. Entré con calma, fingiendo sorpresa. Me detuve frente a ella y la miré con una mezcla de falsa compasión y desconcierto. —Tú... ¿qué haces aquí? —dije suavemente, mi voz empapada de preocupación fingida Sus ojos se iluminaron por un momento, llenos de una esperanza estúpida que me dio asco. —Por favor... —balbuceó, extendiendo sus manos atadas hacia mí, como si creyera que iba a salvarla. —Por favor, ayúdame... no sé por qué estoy aquí. Me acerqué casi corriendo, fingiendo que estaba a punto de liberarla, incluso desenredando con cuidado la cuerda de sus muñecas. Su respiración era temblorosa, sus lágrimas cayendo con fuerza, sonriendo con la esperanza de ser liberada. Pero justo cuando parecía que estaba a punto de soltarla, me detuve. —Espera un segundo. —Mi voz cambió, se volvió dura, me alejé un paso para mirarla. —Quiero que me expliques algo. Su expresión se congeló. —¿Qué le has hecho a mi hermana? —pregunté, cruzando los brazos sobre mi pecho. Ella empezó a balbucear, sus labios temblaban mientras trataba de encontrar una excusa. —E-Era solo una broma, —dijo rápidamente, su voz rompiéndose mientras hablaba. —No era nada serio... Me acerqué a ella, agarrándola por el cuello, y sentí cómo su piel se tensaba bajo mis dedos. —Si haces que mi hermana se sienta como una basura, —dije apretando un poco más, hasta que su rostro comenzó a ponerse aún más rojo, —entonces no es una maldita broma. Sus ojos estaban llenos de terror. Esa imagen era tan patética, ver cómo todo su orgullo y arrogancia se desmoronaban frente a mí. La solté, empujándola hacia atrás, haciendo que cayera al suelo jadeando. Caminé hacia la mesa que tenía preparada. —Sabes, —dije mientras tomaba un par de pinzas afiladas entre mis dedos, girándolas para sentir su peso, —sé lo que más deseas en el mundo, Marena. Ella me miró confundida, todavía con los ojos llenos de lágrimas. —Quieres casarte con un hombre rico, —continué, como si fuera una simple observación mientras balanceaba las pinzas en mis manos. —Quieres ese anillo en tu dedo, quieres ser alguien en este mundo, ¿verdad? Asintió torpemente, incapaz de hablar, el miedo le había robado las palabras. —Bueno, —mi tono se volvió oscuro, y me acerqué de nuevo a ella, agachándome frente a su cuerpo acurrucado, —eso no va a suceder. Levanté su mano izquierda, y vi cómo su anillo dorado, que simulaba el de un compromiso, brillaba bajo la luz tenue de la sala. Con las pinzas en la mano, agarré su dedo anular y, sin pensarlo dos veces, lo corté de un solo movimiento. Su grito desgarrador resonó en las paredes insonorizadas de la sala. Sus lágrimas se convirtieron en sollozos descontrolados, mientras arrancaba su mano de mi agarre y la apretaba contra su pecho, bañándose en su propia sangre, completamente desesperada. —Ya no tendrás ningún anillo, niña, —dije, mirándola con puro desprecio. Su llanto me irritaba, pero ese era el precio que tenía que pagar por hacer sufrir a mi hermana. Nadie, mucho menos alguien tan insignificante como ella, se burlaría de Bianca. Me levanté lentamente, limpiando con tranquilidad las pinzas en un paño, mientras sus sollozos llenaban la habitación. —Si piensas en decirle a alguien quién te hizo eso, ten por seguro que te encontraré y lo próximo que te haré no será tan... delicado. Llévatela, —dije con indiferencia a Lorenzo, sin siquiera volver a mirarla. Él asintió, y dos hombres se acercaron para cargar a Marena, todavía llorando y gritando, arrastrando lo que quedaba de su dignidad. No me importaba. Este era solo un mensaje, una advertencia. Nadie, absolutamente nadie, se metía con mi hermana. Me acerqué a la mesa una vez más, dejando las pinzas y revisando que todo quedara en orden antes de salir a la siguiente sala. Sonreí. La noche apenas comenzaba. Al llegar a la sala donde los tenían, Lorenzo me abrió la puerta, y lo primero que noté fue que no estaban llorando, ni pidiendo piedad como Marena. No, esos cabrones tenían los ojos llenos de desafío. El padre de Valentina, sentado en una silla a un lado de la habitación, me miraba como si no tuviera nada que temer a pesar de estar atado. Antonio, de pie junto a la pared, tenía una sonrisa burlona en los labios. Como si todo esto fuera una broma, como si no sintiera el peso de los grilletes en sus muñecas y tobillos. Tomé una respiración profunda, controlando mi furia. No iba a perder el control tan fácil. —No sé con cuál de ustedes empezar, —dije, mi voz tranquila y llena de veneno. —Si con el padre que ha hecho sufrir a su hija toda su vida o con... —¿Te duele que haya sido mía antes, verdad? —Antonio me interrumpió con una risa arrogante. Mi cuerpo entero se tensó. Cada músculo, desde los hombros hasta los dedos de mis manos, se apretó mientras el eco de sus palabras resonaba en mi cabeza. El odio me invadió con fuerza. "Duele que haya sido mía." Suya. Ese maldito bastardo. Caminé hacia él, pero cada paso que daba era calculado. No me iba a precipitar. No, quería que sintiera el peso de lo que venía, quería que supiera que sus palabras acabarían con su miseria mucho más rápido de lo que él creía. Antonio todavía sonreía cuando me paré frente a él, su actitud despectiva desafiándome. Lo miré directo a los ojos, sintiendo cómo el calor de mi ira intentaba controlar cada movimiento de mi cuerpo, pero no lo dejé salir. No aún. —Déjame decirte algo, —dije en voz baja, mi tono tan frío que hizo que la sonrisa de Antonio flaqueara por un segundo. —Lo que tú crees que lograste con ella... no es nada comparado con lo que voy a hacer contigo. Antonio rió, su risa seca y desagradable. —¿Crees que me asustas? —dijo, pero su voz tembló. A pesar de su fachada, podía ver el miedo asomándose por debajo de su arrogancia. —No, —respondí, dando un paso más hacia él, hasta que nuestros rostros quedaron a unos centímetros de distancia. —No quiero que te asustes. Quiero que sientas el dolor que ella sintió. Aunque él intentaba mantener su compostura, vi cómo su mandíbula se apretaba, sus ojos parpadearon rápidamente, y su respiración se hizo más superficial. —¿Sabes? —dijo el padre de Valentina, haciéndome que me girara para mirarlo. —Esa mocosa nunca fue más que un maldito error. —¿Error? —repetí, girando mi cuerpo y avanzando para acercarme a él. —Sí, —escupió con asco. —Nunca fue buena para nada. Ni siquiera vale el aire que respira. —Su mirada se ensombreció, mientras me retaba con una expresión fría. —Es solo un pedazo de carne, un objeto para ser usado. Y te garantizo que no tiene ningún valor fuera de su cama.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR