Valentina
Sentía el peso de su mano en mi cintura, como si con solo ese contacto, Nicola pudiera controlarme completamente.
Su presencia me envolvía, pero necesitaba un momento para mí misma. Su cercanía me sofocaba, y aunque había algo en su agarre que me hacía sentir protegida, había otro lado que me asfixiaba.
—Necesito ir al baño, amore, —dije en voz baja, haciendo un esfuerzo por mantener el tono neutral.
Nicola me miró con esos ojos que siempre estaban alerta, pero después de un segundo, me soltó. A pesar de que era solo un momento, sabía que no tardaría en buscarme de nuevo. Era como si no pudiera dejarme fuera de su vista.
Caminé entre la multitud, esquivando a los invitados que seguían charlando, bebiendo y riendo como si nada pasara. Sentí las miradas de algunas personas, pero intenté no prestarle atención a nadie.
Hasta que la vi.
Renata.
Estaba a un lado del salón, y me observaba con una intensidad que me hizo estremecer.
Su mirada era de puro odio, casi como si quisiera que desapareciera en ese mismo instante. Un escalofrío recorrió mi espalda, pero aparté la mirada rápidamente. No podía enfrentarla, no ahora.
Mis pensamientos estaban en otro lugar.
Mi padre.
Él iba a estar furioso. Nicola había hecho una declaración pública, me había comprometido sin mi consentimiento, y aunque parte de mí estaba aliviada de no tener que lidiar con Antonio, sabía que las consecuencias serían devastadoras.
Mi padre no lo aceptaría, y no podía evitar pensar en lo que haría cuando nos viéramos de nuevo.
—Mierda... —murmuré mientras entraba al baño.
Me apoyé en el lavabo, respirando hondo para calmar mis nervios. Mi corazón latía con fuerza, y sentía un nudo en el estómago que no desaparecía.
Nicola había complicado todo, y no tenía idea de cómo iba a salir de esto. ¿Cómo iba a enfrentar a mi familia?
Sacudí la cabeza, intentando despejar esos pensamientos. No podía quedarme en el baño para siempre. Tenía que salir.
Cuando abrí la puerta, el sonido de la música y las voces del salón me golpearon de nuevo, pero algo más llamó mi atención. Vi a Bianca, junto a Sofía y Ana, caminar hacia el patio. Algo en sus movimientos se veía extraño, y mi instinto me dijo que debía seguirlas.
—¿Qué hacen aquí? —pregunté cuando llegué al patio, mi voz un poco más aguda de lo que esperaba.
Bianca dio un pequeño salto, claramente asustada. Se giró para mirarme, su rostro pálido y con una expresión que no me gustó nada.
—Marena ha desaparecido, —dijo, su voz apenas un susurro.
El ambiente se sentía raro, y no solo por lo que acababa de decir. Estábamos solo las cuatro, y el patio, se sentía extraño, vacío... demasiado silencioso.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No sabía por qué, pero algo no estaba bien. Algo en el aire, en la forma en que el ambiente parecía volverse más pesado.
—Esto es demasiado extraño... —murmuré, mirando a mi alrededor. Las luces del patio eran tenues, y por un momento, el silencio de la fiesta desapareció.
De repente, sentí un pinchazo en el cuello.
—Ah... —solté un pequeño gemido, llevándome la mano al lugar donde sentí el piquete.
Miré a las chicas, y vi que también se estaban agarrando diferentes partes del cuerpo, todas con expresiones de confusión y malestar.
El aire se volvió más denso, y mi visión comenzó a nublarse.
—¿Qué está pasando...? —intenté decir, pero las palabras se me escapaban, como si mi lengua ya no funcionara correctamente.
La primera en caer fue Ana.
Su cuerpo se desplomó al suelo, sin emitir un solo sonido. Vi cómo su cabeza golpeaba el césped, sus ojos cerrándose lentamente. El terror me recorrió el cuerpo, pero antes de poder hacer algo, sentí que mis piernas se debilitaban.
—No... —intenté resistir, pero todo a mi alrededor giraba.
El suelo se acercaba rápidamente, y lo último que vi antes de perder el conocimiento fue el rostro de Bianca, pálido y desorientado, cayendo también.
Todo se volvió oscuro.
Desperté sintiendo un ardor en la garganta, como si hubiera tragado arena. Mi boca estaba seca, y cada respiración era un esfuerzo doloroso.
Intenté abrir los ojos, pero algo impedía que viera más allá de una oscuridad absoluta. Sentí la cabeza pesada, estaba mareada, y poco a poco me di cuenta de que tenía un saco cubriéndome el rostro.
Mis muñecas ardían. Intenté mover los brazos, pero algo las retenía detrás de mí. Estaban atadas con tanta fuerza que podía sentir lo que fuera que me habían colocado estaba mordiéndome la piel. Mi corazón empezó a latir más rápido, mientras luchaba por entender qué estaba pasando, dónde estaba.
Con mucho esfuerzo, me incorporé para sentarme. El suelo era frío y duro bajo mí, tal vez cemento, pero no podía verlo ni sentirlo con claridad por el mareo. Intenté inhalar, pero el aire dentro de la bolsa era cálido y húmedo, y la ansiedad empezó a crecer dentro de mí.
—Al fin se despertó, —escuché la voz de Ana a mi derecha, su tono cansado y resignado.
Giré la cabeza hacia donde creía que estaba ella, mi respiración aún agitada.
—¿Qué... qué pasa? —murmuré, sintiendo que el pánico se apoderaba de mí más y más con cada segundo que nadie decía nada.
—Están todas atadas y con sacos en la cabeza, —respondió otra voz femenina.
Pero esta no era de ninguna de las chicas que conocía. Era una voz desconocida, baja y cortante, una voz que me hizo estremecer.
—¿Quién eres? —pregunté, aunque la pregunta casi no salió, apenas un susurro.
La voz misteriosa rió suavemente.
—Me llaman La Pantera, —dijo, su tono lleno de una calma peligrosa.
Sentí un nudo en el estómago. No había escuchado ese nombre antes, pero por la forma en que lo decía, sabía que era alguien a quien no querría tener como enemiga.
Exhalé con fuerza, la desesperación ahora completamente instalada en mi cuerpo. Esto era real. Esto estaba sucediendo.
—No estoy sola, por supuesto, —continuó, como si estuviera disfrutando de nuestro desconcierto. —Él es Shadow. —Hizo una pausa, tal vez dándose cuenta que no podíamos verlo. —Se quedará a cuidar de ustedes mientras salgo a ocuparme de unos asuntos.
Escuché pasos que se alejaban, seguidos de un chirrido de puerta que se cerraba. El eco resonó en la habitación, dejándonos a todas en una quietud tensa, rota solo por el sonido de Sofía llorando y murmurando una especie de rezo.
—Cállate, Sofía, —susurró Ana, su voz más tensa ahora, tratando de mantener la calma. —Esto es como esas historias... ya sabes, donde el secuestrador se enamora de...
Un estruendo resonó por toda la habitación.
El sonido me hizo saltar de puro terror, mis ataduras apretándose aún más contra mis muñecas mientras el pánico se apoderaba de mí.
Todas gritamos a la misma vez, la atmósfera densa de puro miedo envolviendo cada rincón. Los latidos de mi corazón martillaban en mis oídos.
—Si escucho una sola voz más, —gruñó una voz masculina, probablemente Shadow, con una frialdad que me heló la sangre, —morirá otra de ustedes.
Podía escuchar mi propia respiración agitada, casi hiperventilando bajo el saco que me cubría el rostro. Intenté calmarme, pero era imposible no sentir el terror que me recorría de pies a cabeza.
Sofía seguía sollozando, sus palabras entrecortadas y débiles, rezando en voz baja entre lágrimas. Intentaba contenerse, pero no podía.
—Por favor... —gemía, su voz quebrándose con cada palabra. —Dios... por favor...
Dos golpes secos. Algo cayó al suelo.
—¡Sofía! —susurré, mi voz temblando mientras intentaba moverme hacia ella.
Pero ya no se escuchaba más.
El pánico me invadió. Mi garganta se cerraba, y el aire dentro del saco se hacía más denso, más caliente. ¿Qué le habían hecho? ¿Por qué no respondía?
Bianca se deslizó hacia mí, lo supe porque sentí su cuerpo tembloroso rozar el mío. No decía nada, pero su respiración entrecortada y los pequeños sollozos que emitía eran inconfundibles. Estaba aterrada.
Podía escucharla llorar sin hacer ruido, intentando contener el miedo para no ser la próxima en recibir el castigo de Shadow. Yo también estaba aterrorizada, pero no podía dejarme llevar por el pánico. No ahora. Bianca me necesitaba.
—Tranquila, —le susurré, aunque mi voz también temblaba, y no estaba segura de si lo decía por ella o por mí misma. —Vamos a salir de aquí. Nicola vendrá por nosotras...
Pero incluso al decirlo, no estaba segura de si lo creía.