Nicola
—Es solo un pedazo de carne, un objeto para ser usado. Y te garantizo que no tiene ningún valor fuera de tu cama.
—Eres un hombre despreciable, —dije, mi voz tan controlada que hizo que su sonrisa se tambaleara. —No puedo imaginar cómo ella ha sobrevivido tantos años a tu lado sin arrancarte la garganta.
El padre de Valentina rió, un sonido hueco y desprovisto de alma.
—Ella sabe cuál es su lugar. —Sus palabras salieron con veneno, y su mirada se volvió aún más oscura. —Lo ha aprendido a la fuerza. Ella solo existe para cumplir con lo que se le manda, para ser el trofeo de algún hombre poderoso. Y si no fuera por mí, seguiría siendo una inútil, un desecho.
Cada palabra que ese desgraciado soltaba me carcomía por dentro.
Me giré hacia Antonio, el bastardo que había aprovechado de la necesidad de mi principessa, que había sido parte de todo este infierno en su vida.
—Te duele, —dijo Antonio en voz baja, intentando provocarme una vez más. —Te quema por dentro pensar que la cogí antes que tú.
Mi visión se volvió roja, pero mantuve mi control. Era mi turno ahora. Y estos dos no iban a salir de aquí sin pagar por lo que habían hecho.
—Mía antes... —murmuré, acercándome lentamente hacia él. —No sabes lo que es tener a Valentina. Tú no la tuviste, tú solo aprovechaste su dolor, te alimentaste de su miedo.
Mis palabras, aunque suaves, hicieron que su sonrisa vacilara.
—Pero lo que más me duele, Antonio, —continué, acercándome más hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo, —es que pienses que tu miserable intento de ser hombre significa algo.
Su mirada se oscureció, pero antes de que pudiera hablar, hice una señal con la mano.
Dos de mis hombres avanzaron rápidamente desde la esquina de la habitación, donde habían estado esperando en las sombras.
Antonio intentó retroceder, pero lo agarraron con fuerza por los brazos, llevándolo hacia la mesa a un lado de la habitación. Sus ojos, llenos de pánico, empezaron a moverse frenéticamente.
—¿Qué... qué estás haciendo? —balbuceó, su tono ya sin rastro de arrogancia.
No respondí. Solo observé mientras mis hombres le arrancaban la camisa de un tirón, exponiendo su pecho y espalda. Su rostro palideció, y por primera vez, vi el verdadero miedo reflejado en sus ojos.
El padre de Valentina observaba desde su silla, su rostro contraído en una expresión de asco. Podía ver su mandíbula apretada, sus puños cerrándose sobre los brazos de la silla.
—Vas a disfrutar esto, Antonio, —le dije, sonriendo de lado mientras uno de mis hombres traía el dispositivo que había preparado.
El consolador de tamaño exagerado, armado en un sistema mecánico, se colocó detrás a él, mientras mis hombres ajustaban la altura.
Antonio vio el aparato y sus ojos se abrieron de par en par, el sudor comenzaba a caer por su frente.
—No... —su voz temblaba mientras intentaba luchar contra los hombres que lo sujetaban.
Pero era inútil.
—Sí, Antonio. —Mis palabras eran una sentencia. Lo miré directamente a los ojos, disfrutando cada segundo de su agonía. —Te hice una promesa. Te destrozaré por dentro y por fuera, hasta que no quede más que una sombra del hombre que crees que fuiste. Y yo cumplo.
Mis hombres lo sujetaron con más fuerza, y él gritó, un grito de pura desesperación mientras le bajaban los pantalones con brusquedad.
El padre de Valentina observaba con la cara desencajada, su expresión de asco se transformó en pánico en el momento que ataron a Antonio en la mesa. Sabía lo que venía, sabía que sería el siguiente.
—Maldito hijo de puta, —gritó con fuerza, pero su voz temblaba tanto que era casi incomprensible.
—Ahórrate las palabras, —le dije con frialdad.
La máquina se activó, y lo penetró tan rápido y fuerte por el culo, haciendo que el dolor fuera tan claro como el grito desgarrador de Antonio que llenó la habitación con el eco de su humillación.
Los ojos del padre de Valentina se abrieron en terror al ver cómo Antonio sufría, cómo su cuerpo temblaba y se retorcía, atrapado en una tortura que estaba diseñada para destrozarlo. Él temblaba, incapaz de apartar la mirada de la escena.
—¿No puedes soportarlo? —le pregunté con una sonrisa cruel. —Eres débil, como él. Y ahora... —mi voz se endureció mientras me giraba del todo hacia él, —es tu turno.
El hombre no dijo nada. Su cuerpo temblaba y podía ver cómo sus manos empezaban a sudar. La palidez en su rostro era prueba de que, por primera vez, el miedo lo había alcanzado. Sabía que su arrogancia no podía salvarlo ahora.
Me acerqué a él, paso a paso, disfrutando cada segundo de su terror.
—Tú, —dije, inclinándome hacia él, —eres peor que Antonio. Al menos él es un idiota impulsado por su propia miseria. Pero tú, tú eres el verdadero monstruo. Crees que puedes destrozar la vida de tu hija y salir impune.
—¿Qué... qué vas a hacer? —Su voz finalmente mostró el pánico que intentaba ocultar.
—Te crees intocable, —respondí fríamente, mis ojos ardiendo con una furia contenida. —Pero voy a hacer que cada día de lo que te queda de vida sea un infierno.
Me acerqué a la mesa donde estaban mis herramientas, sabiendo exactamente lo que quería usar.
Tomé la sierra sable eléctrica.
—Voy a destruirte pieza por pieza. —Mi tono era bajo, avanzando a él mientras contemplaba el brillo de la sierra. —Voy a hacer que cada día que te quede de vida sea un recordatorio de lo que hiciste.
—No... no puedes... —intentó decir, intentando liberarse de los grilletes que lo mantenían en la silla.
—Sí, puedo. Y lo haré.
Tomé su mano, apretando sus dedos con fuerza, mientras colocaba la sierra sobre el primero.
—Esto será lento, —susurré. —Porque quiero que sientas cada segundo. Cada maldita fracción de dolor.
Comencé a cortar, y su grito resonó en la habitación, mezclándose con los sollozos agonizantes de Antonio.
El tiempo dejó de tener significado.
Después de un par de horas Antonio ya no gritaba. Sus cuerdas vocales parecían haberse desgarrado después de tanto dolor.
El sonido mecánico de la máquina, que se movía sin descanso, era lo único que rompía el silencio en su lado de la habitación.
La sangre goteaba con una cadencia inquietante desde su trasero por sus piernas, formando pequeños charcos a sus pies. Los espasmos de dolor eran constantes, pero ya no tenía fuerza ni para gritar.
Lo había quebrado.
El padre de Valentina, seguía respirando a duras penas, su cuerpo ahora mucho menos... completo.
Sus dedos, o lo que quedaba de ellos, eran pedazos mutilados a su alrededor junto a los trozos de carne y músculos que había cortado con una lentitud tormentosa.
Había cauterizado cada herida, evitando que el maldito muriera por la hemorragia, asegurándome de que sintiera cada corte, cada quemadura.
Sus ojos, vidriosos y llenos de terror, se mantenían fijos en el techo, incapaces de enfocarse en nada más que su propio dolor.
Yo disfrutaba de eso. De sus gritos. De sus súplicas. De cómo la arrogancia que habían mostrado al principio se había derretido en un mar de lágrimas y sangre.
—¿Recuerdas lo que dijiste sobre mi prometida? —le susurré en su oído, mi voz como un cuchillo que cortaba la última fibra de resistencia que le quedaba. —¿Recuerdas cómo dijiste que solo era un pedazo de carne?
El hombre no pudo responder. Sus ojos, enrojecidos por las lágrimas y el sufrimiento, solo reflejaban la derrota. Sabía que su vida estaba en mis manos.
Antes de que pudiera continuar, uno de mis hombres entró en la habitación. Su respiración agitada me hizo girar hacia él.
Corrió hacia mí, con el rostro cubierto de sudor y una expresión que no me gustó ni un poco.
—Señor... —jadeó, intentando recuperar el aliento. —La Contessa... y su prometida... han desaparecido.
Mi mundo se detuvo.
Mis músculos se tensaron, y la ira que ya estaba latente en mi pecho se encendió como un incendio descontrolado. Mis ojos se clavaron en los suyos, y aunque no había levantado la voz, la tensión que emanaba de mí podía sentirse.
—¿Qué acabas de decir? —Las palabras salieron frías, cortantes como hielo.
El hombre tragó saliva, intimidado por el aura que ahora me envolvía.
—Han desaparecido, señor. No podemos encontrarlas en ninguna parte.
Eso no era posible.
Eso era mi culpa.
Había permitido que sucediera. Me había quedado aquí abajo, deleitándome con el sufrimiento de estos hombres, mientras ella...
—¿Cómo diablos pasó esto? —rugí, levantándome de un salto, mi furia desbordándose.
El hombre retrocedió, casi tropezando con sus propios pies.
—¡Quiero a todos los hombres buscándolas! ¡Ahora! —Ordené intentando poner orden en mi mente.
Mi cuerpo estaba tenso. La ira me carcomía, pero detrás de ella, el miedo estaba ahí, susurrándome en el oído que era tarde... que la había perdido.
Solo una idea rondaba en mi cabeza.
No había lugar en el mundo donde alguien pudiera esconderse de mí si había tomado lo que era mío.