CAPÍTULO VEINTE El océano estaba en calma y el cielo despejado. En la cubierta del yate, Emily estaba sobre la tumbona, con los brazos desnudos al descubierto, absorbiendo toda la vitamina D que podía en aquel día no especialmente cálido. Se sentía completamente en paz mientras el barco atravesaba las olas. Todo estaba tan silencioso aquí, tan tranquilo. Hacia el mediodía, el puerto de Edgartown apareció en el horizonte y Emily fue a la cabina a ver a Daniel. —Buenas tardes, capitán —dijo. Le dio un beso—. ¿Hemos llegado a nuestro destino final? —Efectivamente, hemos llegado —confirmó Daniel. Miró por la ventana el puerto que se acercaba—. Y parece que tenemos el lugar para nosotros. Emily vio entonces que el muelle estaba casi completamente desprovisto de barcos. Debían de estar lleg

