Transcurrida la semana la pareja se embarcó en el vuelo y partió rumbo a Italia. Durante la primera hora Mila estuvo despierta charlando con su esposo hasta que el pequeño Diego se quedó dormido y pronto ella le acompañó.
Al aterrizar a las 9:00pm en el aeropuerto, Erick como pudo despertó a su agotada esposa y con éxito logro trasladarlos a ambos a la camioneta negra que los esperaba frente al jet para llevarlos a la hacienda. Durante el trayecto ella le dió de comer a su pequeño hijo y después su padre ayudándola le dió unas palmaditas sobre la espalda para sacarle los gases.
Mila al voltear pudo ver el pueblo, animado, lleno de gente y luces con sus habituales tiendas e incluso turistas, aquello indicaba que ya estaban cerca de la hacienda por lo que instantáneamente sintió su espalda tensarse mientras su respiración se aceleraba. Erick percibiendo esto acomodo a su hijo sobre su regazo y pasó un brazo alrededor del cuerpo de su esposa acurrucandola para confortar un poco su gastado ánimo.
Él sabía mejor que nadie lo difícil que era para ella enfrentar ese tema, desde el inicio de su relación la había visto llorar infinidad de veces, despertar por las noches aterrada por los miedos e inseguridades, sentirse menos ante muchas otras que diariamente veían y muchas cosas más que poco a poco le habían hecho comprender lo importante que era para ella el amor, la fidelidad y el poder confiar en él plenamente. Aquello le había dado mayor importancia a la sensibilidad que sentía su mujer por todo lo que era la pareja y comprender eso lo hacía un mejor hombre y un mejor esposo.
- ¿Estás asustada? - preguntó besando la coronilla de su cabeza mientras aspiraba el olor que emanaba su cabello.
- No, no tiene que ver con miedo - negó inmediatamente mirando sus ojos - ¿Tú crees que una persona que se enamoró del mejor amigo de su hermano con solo 17 años puede tenerle miedo a algo? - preguntó bromeando para no revelar su malestar pero de nada sirvió.
- Claro, eso sí es ser valiente - asíntio sonriente para acariciar su mejilla tiernamente - Pero supongo que eso no evita que te sientas algo...
- Nerviosa - completó ella a modo de confesión - He de reconocer que si, eso sí - rió como niña pequeña siendo descubierta - Tanto como el día en que mi hermano se dió cuenta de aquel enamoramiento - comparó - Pero en realidad no hay nada de que temer - acomodó su cabello.
- Por supuesto que no - la ayudó a que este quedará en su sitio, era una de las cosa que más le atraían de su mujer, su lacio y largo cabello de color café - Recuerda siempre que aquí estoy yo, puedes contar siempre con todo mi apoyo, corazón.
- Lo sé - besó sus labios dulcemente - Sé cuánto puedes llegar a ayudarme en momentos dificiles, mi amor - entrelazó sus manos y recostó la cabeza en su hombro. Tal muestra de afecto por parte de su esposo la reconfortó de tal manera que pudo notar como su estado de ánimo mejoraba gradualmente, tanto así que incluso su actitud callada y pasiva se convirtió al entrar por las enormes puertas en una más firme y fuerte.
- Llegamos preciosa - avisó.
- Llegamos - repitió mirándolo fijamente para luego tomar a su hijo en brazos y prepararse para bajar del auto pisando nuevamente ese lugar que no había visto en tantos años.
De la enorme camioneta negra se bajaron los dos hombres vestidos completamente de n***o ante la atenta mirada de algunas personas que habían en el jardín debido a una fiesta hecha en el mismo, luego uno de estos tomo dirección al lado opuesto y abriendo la puerta se bajó el elegantemente vestido Erick Dankworth, éste tenía su habitual aspecto de seriedad y rigidez que mostraba para todo aquel que no conocía y posteriormente bajó Mila con su bebé entre sus brazos quien con un gesto inexpresivo agradeció a su marido con la vista siendo correspondida por un guiño.
Pasando un brazo alrededor de la cintura de Mila, Erick la acompañó caminando por el caminito en dirección a la puerta de la impresionante mansión de la hacienda vinicultora, pero antes de llegar a está la joven pudo percibir a lo lejos una mirada entre las varias que a habían allí, volteando levemente la cara notó como la atención de Tatiana San ignacian estaba sobre ella, cruzando una mirada tan fría como el hielo siguió su camino y la atención de la misma ahora fue captada por su hermano Arturo quien parado frente a la puerta le sonreía.
- Bienvenida princesa - saludó él acercándose a ella besando con ternura su frente.
- Gracias hermanito - sonrió cambiando su gesto por uno más suave.
- Cuñado, ¿cómo estás? - estrechó su mano.
- Excelente amigo - respondió con una expresión afable.
- Y aquí está el chiquitín de la familia - tomó a su sobrino entre sus brazos - ¿Cómo estás campeón?
- Muy bien, se te quedó esperando al igual que mi comida - respondió con ironía cruzándose de brazos fingiendo seriedad - Eres tan cumplido, Arturito - negó soltando un profundo suspiro tal y como lo haría su madre. Arturo observándola al igual que su marido sonrió con esa picardía que lo caracterizaba cuando hacia algo que desagradaba a otra persona y rodó los ojos.
- Lo siento, linda - se disculpó sin sentirse ni un poco culpable en realidad - Tuve un asunto que atender en el trabajo que no podia esperar - miró a su sobrino y empezó a hacerle muecas para hacerlo reír.
- Me imagino cuáles eran tus asuntos de trabajo Arturo Harper - arqueó una ceja.
- Unos muy importantes - aseguró mirando cómplice a su amigo - Eran de vida o muerte, te lo aseguro.
- Supongo - aclaró su garganta - Eres un sinvergüenza - bromeó sabiendo lo libertino y alegre que era su hermano y como disfrutaba su solteria. Éste rió delatando sus acciones mientras Erick solo los veía con una mirada divertida.
- Yo no hice nada, Mila - se defendió - ¡Pero que mal pensada es tu mamá, pequeño - negó con sarcasmo y fingida inocencia - Es tremenda tu imaginación hermanita.
- Si, hazte el tonto que no sabes de qué te hablo - sonrió.
- En realidad no lo sé - mintió siguiendo la broma - Cada día te pareces más a mamá, tienen unos dones de adivinación bastante errados - dijo como si nada - ¿Cómo te va a ti, cuñado? ¿también te culpan sin motivos? ¿te regaña como mi mamá?
- Todo depende del día - le siguió el juego a Arturo, le gustaba ver la cara de indignación de su mujer - También de como me porte, por lo general intento que todo esté bien.
- Otro más - negó mirándolos sorprendida por como tenian esa complicidad a pesar de los años - Yo con ustedes en serio que no puedo - sonrió - Está bien, ya no digo más nada - actuó como si estuviera triste - Eso me pasa por tener al esposo y al hermano siendo amigos, resulta contraproducente - parpadeó provocando sus risas.
- Pues si, linda - siguió Arturo guiñándole un ojo complice a Erick que solo veia y admiraba a su esposa - Eso es consecuencia de ser la esposa del mejor amigo de tu hermano.
- No, ya lo veo - rodó los ojos - Por suerte trae otras cosas que lo compensan - añadió mirando a su hijo con amor.
- ¡No quiero saber nada! - se apresuró a decir su hermano - Eso es muy problema de ustedes - añadió haciendo reír nuevamente a Erick quien sabia a lo que se refería.
- ¡Ay Arturo! - exclamó sonrojándose avergonzada por la manera tan descarada de hablar de su hermano - ¿Todo lo tienes que tomar por ese lado? no seas mal pensado - rió por fin metiendo su cara en el pecho de su esposo, el cual seguía riendo - Yo no hablaba de eso.
- Bueno perdón - dijo disculpándose nuevamente sin sentirlo ni un poco mientras el bebé jugaba con su corbata - Pero como lo dices así, yo pensé que te referías a...
- No lo digas, ya está bien, entendí tu punto y... - fue interrumpido en ese momento ya que llegó una camioneta que estacionó frente a la casa a un lado de la camioneta de Erick y de la misma bajó Augusto Harper, el padre de Arturo y Mila.
Los jóvenes miraron hacia el frente recobrando la seriedad que habían mantenido en un principio y Mila tomando la mano de su esposo quien tenía su brazo alrededor de su cintura intentó mantener la compostura. Augusto por su parte miró a sus hijos quienes frente a la puerta de su casa estaban de pie pero, su sorpresa fue mayor cuando notó al bebé y el hombre que los acompañaban, sin embargo, no comento nada al respecto.
- ¡Hijos míos! - saludó con un tono fuerte y casi solemne - Bienvenidos a su casa - se acercó amable, Tatiana pronto se acercó a él y esa escena no les gusto nada a ninguno pero, callados aguardaron a tenerlos frente a ellos - Arturo - saludó a su hijo mayor abriendo los brazos, gesto que el joven pudo evadir debido a que tenía al pequeño entre los brazos pero que reemplazo por un estrechon de manos.
- Papá - asíntio mirando de reojo a la mujer que acompañaba a su padre del brazo - Tatiana - dijo por mera cortesía.
- Un gusto verte Arturo - dijo la mujer.
- Mi niña - se dirigió a Mila. Ella con una mirada fría se mantuvo firme y del agarre de la mano de su esposo trato de estar tranquila.
- Mila - corrigió - Mila Dankworth - se presentó - Un gusto verte bien Augusto - dijo sin tomar su mano.
- Gracias Mila - dijo extrañado - Pero hasta dónde sé aún eres mi hija, ¿de dónde salió ese Dankworth? - preguntó.
- Te presentó a mi esposo - señaló - Él es Erick Dankworth, mi marido.
- Un gusto señor - saludó estrechando su mano de manera cordial.
- Augusto Harper - se presentó - El padre de Mila hasta dónde sabía, pero ahora quiero que me expliquen eso ¿cómo que su esposo? ¿y ese niño quien es? - preguntó a Arturo.
- Ese niño se llama Diego - respondió ella - Y es mi hijo - añadió.
- ¿Qué? - exclamó Augusto mirando a la joven atónito.
- Como has escuchado - continúo - Ahora si no es mucha molestia me gustaría entrar, estamos algo cansados por el viaje y la verdad no quiero ser el centro de atracción de nadie, ¿podrías ubicarnos? - su padre iba a intervenir de nuevo pero ella negó - No considero que sea el momento de hablar de nada ahora, si hay que hablar de algo lo haremos después, mi hijo necesita dormir.
Augusto sin nada de gusto por aquello asíntio y sin más procedió a hacer lo que la joven le pedía, ya luego exigiría explicaciones.