Por favor. Esa era mi palabra mágica, la única que realmente funcionaba en mi vida. Y mi imitación del Gato con botas, claro. Pero como yo no me consideraba buena actuando, le atribuía todo el logro a las palabras que salían de mi boca. Gracias a ellas había logrado viajar a Hawái. Y tras darnos cuenta que Olive no estaba allí, a Weakland. Saber cuándo decir las palabras mágicas era mi don. Como en ese momento, cuando mi primo y su novia me miraban con sus labios fruncidos. —Por favor —rogué juntando las manos a la altura de mi boca. —Tendrías que decírselo a Alex —sugirió Mimi adoptando un semblante menos duro. —No —supliqué alzando la mirada hacia ellos—. Ale no tiene que saber. ¡Por favor! —insistí. Miré hacia un lado, a través de la puerta, viendo cómo mucha gente de producción s

