REBECA
Una semana después.
Miércoles, 12:22 a.m.
Elías y yo íbamos de camino a Lisboa a bordo de su avión privado. El motivo del viaje era asistir a una gala empresarial de gran importancia, un evento anual donde LuxorMark tenía la oportunidad de posicionar su marca dentro del competitivo sector del márquetin de lujo.
Allí, mostraríamos nuestros logros y resaltaríamos nuestra experiencia, con el objetivo de consolidar nuestra reputación frente a posibles inversores, socios e incluso clientes potenciales, y ver si conseguíamos atraerlos para desarrollar el objetivo de LuxorMark: posicionarnos como la marca líder en márquetin de lujo, ofreciendo estrategias personalizadas que resaltaran la exclusividad y calidad para cada cliente de alta gama.
Este año, el evento duraría dos noches, lo que nos brindaba una excelente ocasión para afianzar la presencia de la empresa en el mercado y explorar nuevas oportunidades estratégicas.
Así que, como de costumbre, había dejado a Benjamín con mi hermana para que lo cuidara mientras yo estaba fuera. Aunque no era mi primer viaje de trabajo, la sensación de estar lejos de mi hijo seguía siendo la misma que la primera vez; el sentimiento maternal de querer estar cerca de él me invadía, y aunque sabía que estaba en buenas manos, no podía evitar sentir que lo extrañaba. Era una mezcla de preocupación y amor, un instinto de protección que, aunque no era excesivo, me hacía querer estar siempre a su lado.
Y era consciente de que estos viajes formaban parte de mis responsabilidades laborales y que debía cumplir con ellos, pero cada vez que partía, esa distancia me hacía sentir una especie de vacío.
Quizás, con el tiempo, cuando Benjamín fuera más grande y más independiente, ese sentimiento comenzaría a desvanecerse.
Pero, de momento, todavía no había aprendido a asimilar del todo que Benjamín también necesitaba pasar momentos sin mí.
Por ende, intentaba no preocuparme demasiado y me esforzaba por concentrarme en mi trabajo y en mi desarrollo profesional.
ELÍAS MONTEIRO
Mi asistente y yo íbamos en el avión privado rumbo a Lisboa, y desde el momento en que despegamos, me había percatado de su nerviosismo. No estaba seguro si era porque aún no se había acostumbrado a volar o si había algo más que la inquietaba, pero me inclinaba más por la idea de que era el vuelo en sí.
De hecho, lo que me hacía pensarlo era la forma en que reaccionaba cada vez que el avión atravesaba alguna turbulencia. La veía tensa, con la mirada fija en la ventana, como si intentara distraerse de sus pensamientos, aunque claramente no lo lograba.
Por eso, viéndola así, me sentí impulsado a hablar con ella para intentar calmarla de alguna manera, pero algo dentro de mí me lo impedía. Quizás era porque, no se me daba bien iniciar una conversación, pero también era por otra razón... Y es que se me hacía difícil aceptarlo, pero sí, me daba un poco de vergüenza hablarle específicamente a ella, a Rebeca.
Y eso surgía del interés que había comenzado a desarrollar por ella.
Últimamente, cuando tenía la oportunidad, sin parecer demasiado intrusivo, intentaba averiguar más sobre ella, detalles más personales.
Pero ese interés no estaba relacionado con lo sentimental, sino que era más bien por una atracción física que se hacía cada vez más evidente.
Desde hacía un tiempo, había notado que Rebeca me miraba mucho, que parecía ponerse nerviosa cuando estaba cerca...
Y eso me hacía pensar que era por alguna posible atracción que sentía hacia mí. De hecho, por esa misma razón, aprovechando que habíamos coincidido el fin de semana pasado en una discoteca, la invité a bailar y con ello confirmé mis sospechas.
Tal vez me equivocaba y era otra cosa, pero mi instinto me decía que no, que era porque ella ocultaba que yo le gustaba. Entonces, esa posibilidad encendía en mí un deseo que se estaba volviendo difícil de controlar, especialmente ahora que llevaba tiempo sin estar con una mujer y que quería follar.
Finalmente, mientras intentaba pensar en algo para romper el hielo y poner fin a ese silencio entre Rebeca y yo, me distraje mirando mi teléfono, deslizando la pantalla sin prestar demasiada atención a lo que veía.
Segundos después, me armé de valentía, suspiré discretamente y apagué la pantalla, decidido a decir algo.
— ¿Te dan miedo los aviones?
— pregunté, rompiendo el silencio mientras observaba cómo Rebeca, que tenía la mirada perdida en la ventana, giraba lentamente hacia mí.
Rebeca: — Bueno... un poco
— respondió, con una ligera sonrisa que intentaba disimular su nerviosismo.
— ¿Un poco? Yo diría que mucho
Rebeca: — Es que las turbulencias son lo peor — comentó, soltando un suspiro y mirando nuevamente hacia la ventana, como si intentara evitar pensar en ello.
— ¿Quieres algo de beber? Tal vez así te relajas un poco
Rebeca: — Bueno, no estaría mal
— ¿Tomas alcohol?
Rebeca: — Sí, pero ahora no puedo, estoy en horario laboral y...
— ¿Y? Soy tu jefe y te estoy dando permiso ahora
Le hice una señal a la azafata, que no tardó en acercarse a nosotros con una sonrisa profesional.
Azafata: — ¿Se le ofrece algo, señor?
Elías: — Sí, ¿podría traernos dos gin-tonics? No muy fuertes, por favor
Azafata: — Claro, ahora los preparo
Rebeca: — ¿Me podría traer también una botella de agua?
Azafata: — Sí
Rebeca: — Gracias — dijo antes de que la azafata se retirara.
Luego, el silencio se instaló nuevamente entre los dos. La miré, pero ella evitó mi mirada, fijándose en sus manos. Pero segundos después, fue ella quien rompió el silencio, comenzando a hablar,
Rebeca: — ¿A usted le da miedo volar?
— preguntó, mirándome.
— Antes sí, pero ahora ya me acostumbré
Mentira, eso no era del todo cierto. La verdad es que sí me inquietaba andar en aviones, pero trataba de disimularlo lo mejor posible, sobre todo para mantener una imagen de fortaleza, para hacerme el interesante y que Rebeca viera que no me dejaba afectar por esas cosas.
Rebeca: — Qué bien. Yo todavía no lo hago
— Por cierto, el evento dura dos días, pero tenía pensado quedarme tres, porque el tercer día, que cae sábado, habrá un almuerzo donde asistirán los posibles inversores y socios que logremos atraer
Rebeca: — ¡Oh! Está bien
— Carlos, el Director de Operaciones estará ahí conmigo, pero por si acaso quiero que tú también estés. Te lo digo para que estés informada. No sé si te quieres quedar el sábado o ya tenías planes para ese día, porque me gustaría que me acompañaras por si te necesito
Rebeca: — Em... Es que sí, ya tenía planes para el fin de semana. Pero si me necesita, intentaré arreglar mis cosas para estar libre, aunque no estoy segura
— Vale, si no es así, pues el sábado tendrías que venirte tú sola. El avión privado te llevará de vuelta a España a la hora que quieras
Rebeca: — Vale, ya le daré una respuesta en cuanto la tenga y le diré si le puedo acompañar el sábado — dijo, y al instante, la azafata volvió y trajo las bebidas.
Azafata: — Aquí están las bebidas y su botella de agua, señorita
Rebeca: — Muchas gracias
Agarré mi gin-tonic y me quedé pensativo. Quería que Rebeca se quedara esos tres días conmigo, ya que aprovechar ese tiempo fuera de la oficina habría sido la oportunidad perfecta para conocerla mejor, para descubrir cómo era ella sin la formalidad del trabajo. Sabía que fuera del ambiente laboral todo sería diferente, y me hubiera gustado explorar esa faceta suya. Pero, al parecer, Rebeca no podría quedarse ese tercer día, así que mi plan se había jodido. Podía aprovechar solamente los dos días, pero ese tercero hubiera sido un extra muy valioso.
15:00 p.m.
Hace rato habíamos aterrizado y ahora ya habíamos llegado al hotel.
Entonces, Rebeca y yo nos acercamos al mostrador del hotel para hacer el check-in.
Rebeca: — Hello, good afternoon (Hola, buenas tardes)
Recepcionista: — Good afternoon, welcome to Grand Hôtel Lisboa. How may I assist you today? (Buenas tardes, bienvenidos al Grand Hôtel Lisboa. ¿En qué puedo ayudarles hoy?)
Rebeca: — Tenemos una reserva a nombre de Elías Monteiro — dijo también en inglés.
Así pues, la recepcionista buscó en la pantalla, deslizando el dedo por el teclado, y luego levantó la vista con una sonrisa.
Recepcionista: — Muy bien. La suite está lista para ustedes
Rebeca: — Vale... ¿Eh? ¿Cómo qué suite? — preguntó inquieta y con el ceño fruncido.
Recepcionista: — Sí, señora. Como escucha
Rebeca: — Pero yo reservé dos habitaciones separadas, no una suite
— dijo, visiblemente confundida, tratando de entender la situación.
Fue entonces cuando tuve que intervenir, ya que el culpable había sido yo, por supuesto, pero no quería que Rebeca se sintiera incómoda ni fuera la responsable de la confusión.
— No te preocupes, Rebeca, ya lo solucionaré yo — dije, con calma, aparentando que yo solucionaría ese “error”.
Pero para evitar que Rebeca se diera cuenta de lo que realmente estaba pasando, decidí hablar con la recepcionista en portugués, mi lengua materna, confiando en que ella no entendería nada de la conversación.
— Desculpe, não há confusão alguma. A nossa reserva foi para uma suíte. Não há nenhum problema (Disculpe, no hay ninguna confusión. Nuestra reserva fue para una suite. No hay ningún problema)
Recepcionista: — Ah, claro, senhor. Se precisar de mais alguma coisa, não hesite em nos avisar. Aproveite sua estadia!
(Ah, claro, señor. Si necesita algo más, no dude en avisarnos. ¡Disfrute su estadía!)
— De acordo (De acuerdo)
Recepcionista: — Aqui estão as chaves para a suíte. (Aquí están las llaves para la suite)
— Muito obrigado (Muchas gracias)
La recepcionista me entregó las llaves con una sonrisa cordial, y luego miré a Rebeca, quien seguía observando con expectación, claramente sin entender del todo lo que había sucedido.
Rebeca: — ¿Qué pasó? — preguntó, aún confundida.
— Todo solucionado... Hubo un pequeño error en el sistema. Pero, mira, nos han dado una suite con dos habitaciones conectadas. Así que no hay ningún problema, ¿verdad?
Rebeca: — Bueno, está bien. Pero perdón por el malentendido. Tal vez no me fijé bien cuando hice la reserva
— Nah, no te preocupes. Todo está bien. A veces esto pasa, y generalmente es culpa de los hoteles — respondí, intentando hacerla sentir mejor, para que no pensara que había sido un error suyo.
Rebeca: — Espero que así sea
— Sí. No lo dudes — dije con un tono relajado, tratando de sonar creíble y como si no fuera gran cosa. En respuesta, ella lanzó con una media sonrisa.
En realidad, la modificación de la reserva había sido mía. Unos días después de que Rebeca hiciera la reserva, que normalmente era de dos habitaciones separadas, pero cercanas, decidí cambiarla. Opté por una suite con dos habitaciones conectadas, asegurándome de que ambos estuviéramos más cerca.
Mi intención no era otra que crear un espacio para compartir más tiempo juntos, pero sin que ella sospechara nada. Al fin y al cabo, no tenía planes de presionarla, aprovecharme, ni mucho menos hacer algo indebido. Solo quería observarla en un ambiente más relajado, fuera del trabajo, y ver cómo se desenvolvía. Era, en cierto modo, un tanteo, una oportunidad para estar más cerca sin cruzar límites.
Por suerte, mi ajuste en la reserva, presentado como un supuesto “error” del sistema, había funcionado perfectamente, ya que Rebeca no sospechó nada y parecía convencida de que había sido un simple malentendido del hotel. Yo, por mi parte, no pensaba contarle la verdad; aquello era mi pequeño secreto, y no tenía por qué saberlo.