REBECA
Martes, 13:44 a.m.
Estaba concentrada en mi trabajo cuando sonó el interfono, sacándome de mi concentración.
Elías: — ¿Puedes venir a mi oficina?
— dijo y colgó.
Entonces, dejé lo que estaba haciendo y me dirigí hacia su oficina.
Al entrar, lo vi de pie junto a su escritorio, con el ceño fruncido y frotando su camisa con un pañuelo, justo a la altura del pecho, como si intentara quitar algo.
Me acerqué un poco más y entonces lo noté: una gran mancha marrón se extendía por la tela blanca, acompañada de un área húmeda que oscurecía aún más la tela.
— ¿Necesita algo, señor Monteiro?
Elías: — Sí… ¿Puedes ayudarme con esto? — pidió señalando la mancha marrón en su camisa blanca.
— ¿Qué le pasó?
Elías: — Me cayó café por accidente y llevo un rato intentando limpiarla, pero solo empeora
— A ver, permítame que lo intente yo
— dije y me acerqué a él. Agarré el pañuelo y probé limpiar con más cuidado, frotando con movimientos más suaves, pero la mancha seguía ahí, aferrándose a la tela como si no tuviera intención de desaparecer.
— ¿Qué le ha echado al pañuelo?
Elías: — Agua y un poco de jabón, pero no mucho porque es color azul y pensé que haría otra mancha en la camisa
— Igualmente, creo que esto no saldrá. Parece que la mancha está bien adherida — dije, sin dejar de frotar la tela con cuidado.
Elías: — ¿Y ahora qué hago? Tengo una reunión en veinte minutos
— ¿Y no tiene una camisa de repuesto en el armario?
Elías: — Em… Ahora que lo dices… Creo que tengo una - respondió y me detuve en seco. Le miré y alcé una ceja.
— ¿En serio? ¿Y por qué no la buscó antes de estar aquí sufriendo con la mancha?
Elías: — Es que no lo recordaba. Pero no estoy seguro, quizás me equivoque
— Iré a ver si hay alguna — dije, caminando hacia el pequeño armario para buscar una camisa de repuesto. Por suerte, había una. De hecho, él siempre tenía un traje completo, planchado y bien pulido, de emergencia para casos como este.
Elías: — ¿Hay una por ahí?
— Sí, aquí hay — respondí, sacando la camisa del perchero.
Cuando me giré, vi a Elías quitándose la corbata y después desabrochándose la camisa, deslizándola por sus hombros hasta quitársela por completo. Mi mirada se posó, sin querer, obviamente, en su pecho y abdomen bien definidos, en sus hombros fuertes y su espalda ancha. Tragué saliva y desvié la vista de inmediato, intentando concentrarme en la camisa que tenía en las manos.
Elías: — A ver, dámela
Le entregué la camisa limpia rápidamente, tratando de no mirar, pero resultó más difícil de lo que esperaba. En realidad, no creí que él se cambiaría delante de mí, así que pensé en salir y darle privacidad.
Sin embargo, cuando me pasó la camisa manchada, entendí que me necesitaba allí. Así que tuve que quedarme, aunque no quería mirar de más para no ser tan obvia. Por eso, en lugar de fijar la vista en él directamente, lo observaba de reojo.
Elías estaba de costado, dándome una vista parcial de su cuerpo. Desde ese ángulo, podía notar la firmeza de sus bíceps y tríceps, así como otros músculos que ni siquiera sabía que existían, pero que en él estaban perfectamente definidos. No en exceso, pero lo suficiente para que fueran visibles.
Finalmente, Elías se terminó de poner la camisa.
— ¿Quiere que lleve la camisa sucia a la lavandería o así se la llevará a casa?
Elías: — No hace falta. La lavaré en casa cuando llegue. Ahí tengo quitamanchas
— Vale, entonces le dejaré la camisa sobre el escritorio — dije, haciéndolo.
Elías: — Sí, y después ayúdame con esto — mencionó, extendiéndome la corbata.
— Ah… Vale
Tomé la corbata y la pasé alrededor de su cuello. Mientras la anudaba, sentí su mirada sobre mí, y eso me puso nerviosa. Su respiración suave sobre mi frente, aunque no estuviera tan cerca, me hacía sentir como si estuviera más cerca de lo que realmente estaba.
Y, a pesar de que ya sabía cómo atar una corbata, las manos me temblaban. El nerviosismo me hacía sentir torpe, y me estaba tardando más de lo habitual.
— Okay… Ya está — dije, al terminar de anudarla. Pero sin querer, al mover mis manos, las coloqué sobre su pecho, y al darme cuenta, las quité rápidamente.
— ¡Ay! Perdón, fue sin querer — me disculpé con una risa nerviosa y me alejé de él, avergonzada.
Miré a Elías y vi estaba sonriendo ligeramente, pero también había algo curioso en su mirada, como si quisiera decir algo, pero se lo estuviera guardando.
— Bueno, me voy a trabajar — mencioné, sintiendo que lo mejor era irme antes de seguir aumentando mi vergüenza.
Con eso último, salí a paso ligero de su oficina y fui directo a la mía. Cerré la puerta detrás de mí, y me senté en la silla, tratando de calmarme.
Sentía mis mejillas ruborizadas al recordar el momento en que, sin querer, había tocado su pecho. Joder, qué torpe fui… Y además, ¿por qué lo hice? Ni siquiera lo pensé, fue como si mis manos tuvieran vida propia, como si quisieran tocarlo sin que yo pudiera detenerlas. De verdad, qué vergüenza.
Me pasé las manos por la cara, como si pudiera borrar la sensación de incomodidad. No podía dejar de pensar en cómo se había quedado mirándome, sonriendo, pero con esa mirada curiosa que me hacía sentir aún más expuesta.
De verdad había metido la pata.
Y bien que había logrado disimular ver la mitad de su cuerpo semidesnudo, pero con poner las manos sobre su pecho… Es que no podía meter más la pata. Me sentía completamente tonta por lo que había pasado.
Pero más allá de la vergüenza, también me dio qué pensar. Porque la confianza entre Elías y yo… se sintió diferente. No sabía si era idea mía, pero el simple hecho de que se hubiera quitado la camisa delante de mí ya decía algo. Él no era así. No solía mostrar nada, ni siquiera una emoción fuera de lugar.
Y mucho menos su cuerpo.
Además, en lo que llevábamos de día, noté que me había lanzado más miradas de lo habitual. Y eso ya era raro porque Elías no solía mirarme mucho, al menos no de forma tan evidente.
Quizá todo empezó después del baile. Aunque el momento que compartimos aquella noche fue breve, dejó una sensación extraña, casi íntima. Como si, sin decirlo, algo se hubiera roto… o empezado entre nosotros. Una especie de complicidad silenciosa que no existía antes.
Por un instante, eso me hizo creer que finalmente nos estábamos llevando mejor.
Y si era así… bueno, era una buena noticia porque Elías ya no iba a ser un auténtico dolor de cabeza, si las cosas entre nosotros empezaban a fluir.
Tal vez no tendría que pasarme cada jornada conteniendo las ganas de mandarlo a la mierda cuando me pedía hacer cosas absurdas a última hora, y eso me daba un poco de esperanza.