REBECA
Lunes.
El fin de semana había pasado, pero mi mente aún volvía a la noche del sábado. La música, la cercanía, la forma en que mi cuerpo y el de Elías parecían entenderse sin necesidad de palabras… Todo eso seguía ahí, flotando en mis pensamientos como un eco persistente.
Pero ya era lunes, y tenía que volver a la rutina, tratando de no pensar demasiado en lo que había pasado… aunque, en el fondo, no podía evitar sentir curiosidad por ver a Elías y descubrir cómo me miraría después de aquel momento en la discoteca.
¿Actuaría como si nada hubiera ocurrido? Quizás. Siendo él era lo más seguro.
Al llegar a la empresa, me dirigí directamente a mi oficina con una leve sensación de inquietud de ver a Elías nuevamente.
Antes de entrar, mi mirada se desvió hacia su despacho. La puerta estaba abierta y, desde donde estaba, pude ver su escritorio con la laptop abierta, pero él no estaba ahí. Solté un leve suspiro, dejé mis cosas en mi escritorio y me dispuse a empezar mi día.
Entonces, escuché unos pasos en el pasillo. Instintivamente, levanté la mirada y, por un instante, mis ojos se encontraron con la figura de Elías entrando en su oficina.
Segundos después, decidí ir a la cafetera a preparar su café, como de costumbre, pero esta vez, no preparé uno para mí porque ya lo había hecho en mi casa.
Una vez listo, lo tomé y caminé hasta su oficina.
— Aquí está su café — dije, acercándome a su escritorio.
Elías levantó la mirada de unos papeles que tenía en la mano y me observó con una media sonrisa.
Elías: — Gracias — respondió, tomando la taza.
Por un instante, nuestros dedos se rozaron sin querer, y noté que él no apartó la mano de inmediato, como si ese pequeño contacto no le incomodara en absoluto. Pero a mí sí… Sentir su piel y el calor que desprendía me hizo contener la respiración por un segundo… ¡Uf!, no, no podía dejarme llevar por esos pensamientos, y mucho menos hoy, cuando por alguna razón mi coño se había levantado alegre y mi deseo s****l estaba bastante despierto.
Así que le dediqué una pequeña sonrisa amable, intentando mantener la compostura, y en cuestión de segundos me di la vuelta y me fui, antes de que mi mente siguiera jugándome malas pasadas.
15:02 p.m.
Estaba revisando unos documentos en mi escritorio cuando, de repente, mi mirada se desvió hacia la oficina de Elías.
A través de la puerta, lo vi de pie, hablando por teléfono, con la vista fija en el gran ventanal que estaba en el fondo de la oficina, justo frente a él.
No llevaba el saco puesto ni la corbata, lo que hacía que su imagen se viera un poco más relajada, aunque igual de imponente. Cada vez que se movía ligeramente, la tela de su camisa se le pegaba al cuerpo, dejando ver la forma de sus brazos y el contorno de su espalda. Sus hombros anchos resaltaban aún más con cada gesto que hacía, y cuando cambió de postura, el pantalón que llevaba puesto se ajustó lo suficiente como para notar que hasta tenía un trasero bien formado.
«Con estas vistas si da gusto trabajar»,
pensé, mordiéndome ligeramente el labio sin darme cuenta.
Al instante, lancé un suspiro y me quedé mirándolo, aprovechando que él no se había dado cuenta.
Me sentí algo absorta mientras pensaba y reflexionaba sobre lo que su presencia me estaba provocando. Quizás me estaba volviendo un poco loca, porque cada vez parecía fijarme más en él. Su cuerpo, su forma de moverse, incluso la manera en que se expresaba me llamaban la atención. Y, sobre todo, después de lo ocurrido en la discoteca, esa atracción se intensificó.
Quién sabe si todo esto había sido obra del destino, una casualidad que me había mostrado que quizás él y yo estábamos destinados a descubrir algo que no conocíamos. Porque, no era solo mi imaginación; había detalles, gestos, situaciones que me decían que Elías guardaba un secreto conmigo, algo que no quería decir, pero que se revelaba en pequeños toques accidentales, como esos roces de nuestras manos que parecían más significativos de lo que en realidad eran. Era como si, sin querer, él estuviera dejando pistas de que había algo más entre nosotros, aunque aún no lo admitiera ni lo entendiera del todo.
A continuación, Nicolás, apareció en el umbral de mi oficina, interrumpiendo mis pensamientos.
Nicolás: — Hola, Rebeca
— Hola, Nicolás. ¿Qué tal?
Nicolás: — Bien, gracias. Vengo a entregarte una documentación que Elías me pidió que te pasara
— Ah, perfecto. Terminaré de hacer unas cosas y luego la revisaré
Nicolás: — Claro, no hay problema. Si necesitas algo más, ya sabes dónde encontrarme
— Gracias, te avisaré
Una vez que Nicolás se fue, me volví a concentrar en el trabajo.
No me podía seguir distrayendo con las increíbles vistas de Elías y su delicioso cuerpo.
20:49 p.m.
Era hora de dormir. La habitación de Benjamín estaba tranquila, iluminada solo por la luz tenue de su lámpara de noche con forma de estrella. Lo había acostumbrado poco a poco a dormir solo, no porque no quisiera tenerlo cerca, sino porque me parecía importante que aprendiera a sentirse seguro en su propio espacio.
Además, para asegurarme de que nunca se sintiera del todo solo, tenía un pequeño botón junto a su cama que podía apretar si necesitaba algo.
Al presionarlo, sonaba un suave timbre en un aparato que yo siempre llevaba conmigo, ya fuera en el bolsillo o sobre la mesita de noche. Esa era nuestra forma silenciosa de comunicarnos si me necesitaba durante la noche.
Además, había instalado una pequeña cámara de seguridad en su habitación, que me permitía verlo desde mi tablet en cualquier momento. Eso me daba tranquilidad y me hacía sentir más segura, especialmente en las noches en las que él dormía solo. Saber que podía vigilarlo sin molestarlo me ayudaba a descansar mejor… y a él también, porque sabía que yo siempre estaba cerca, aunque no compartiéramos la misma cama.
— Buenas noches, mi amor. Descansa bien — dije suavemente, dándole un beso en la mejilla y como era su costumbre, él también me dio un beso en la mejilla, un gesto que siempre me hacía sonreír de ternura.
Benjamín: — Buenas noches
— Recuerda que si quieres algo, aprieta el botón — dije en voz baja y Benjamín asintió.
— Te quiero — susurré, acariciándole el cabello.
Benjamín: — Yo también, mami
— respondió, robándome otra sonrisa.
Me alejé de él y al salir de la habitación, dejé la puerta entreabierta y luego, me fui a la mía.
Cuando llegué a la cama, me tumbé con un suspiro y me acomodé en las sábanas. Casi siempre, antes de dormir, me ponía a leer un poco, pero ahora, en ese momento, no me dieron ganas de leer sino de otra cosa. Mi mente se desvió rápidamente, y no pude evitar recordar a Elías. El recuerdo de su presencia, su cercanía, su cuerpo… los pequeños roces que habíamos compartido, todo comenzó a invadir mis pensamientos.
Me acordaba de su cuerpo, de cómo se movía con esa naturalidad, y de esa conexión extraña que sentí con él durante el baile.
La calentura que había sentido esta mañana todavía seguía allí, y no podía evitarla. Al principio del día había intentado ignorarla, pero ahora que estaba sola, decidí aprovechar ese momento para sacar esas ansias calenturientas que tenía.
Y es que desde hace mucho no había vuelto a follar con un hombre y pocas veces me había dado placer a mí misma,
porque casi nunca estaba sola por Benjamín y rara vez lograba concentrarme al cien por ciento, pero ahora que él estaba dormido, era mi momento.
Así que, sin más, me empecé a tocar. Metí mi mano por debajo de mi pijama y de mi braga y pasé mi mano por mi intimidad.
Cerré los ojos, dejándome llevar por esa sensación y para terminar de excitarme me acordé de Elías.
Es más, no era la primera vez que lo metía en mis pensamientos para tales fines, así que no era nada raro en esa rutina.
Recordar su mirada tan coqueta, su actitud tan dominante, tan masculina y tan sexi…
De verdad, quería que en este momento él viniera y me hiciera todo lo que quisiese.
Tenía pensamientos de que él era bueno en la cama. Creía que él era bastante intenso y pervertido y eso me encendía.
No sabía si era así en realidad, pero la imaginación de que lo fuera me ayudaba a tener fantasías que me excitaban mucho.
Unos segundos después, busqué un vibrador que tenía guardado y con él estimulé mi clítoris.
Mientras tanto, me toqué los pechos y jugué con el vibrador pasándolo por todo mi coño.
Cuando ya estaba suficiente mojada lo introduje en mí e imaginé que era Elías quien estaba dentro de mí.
Sí... Parecía muy cochino el hecho de estar fantaseando de esa manera con mi jefe, pero ¿qué iba a hacer? No podía negar que él me ponía cachonda.