REBECA
Domingo, 11:27 a.m.
La noche de ayer había estado bastante emocionante con eso que pasó con Elías y el baile que tuvimos. De hecho, eso me había dejado pensando y casi ni pude dormir en toda la noche recordando cada detalle, pero al mismo tiempo me sentía confundida. No sabía si lo que sentí fue solo el momento o si había algo más en eso. Sin embargo, no quise darle muchas vueltas a ese asunto porque sabía que podía ser solo un momento pasajero y no quería complicarme con algo que tal vez no tenía importancia.
Hoy era una mañana era fresca, típica de marzo, con ese sol tímido que empezaba a ganar terreno al invierno. Benjamín y yo decidimos salir a despejarnos un poco, abrigados con lo justo, dejándonos envolver por el aire templado que anunciaba la llegada de la primavera.
Habíamos ido al Parque del Retiro, uno de mis rincones favoritos en Madrid.
El aire era aún un poco frío, pero ya no mordía la piel como en enero. Los árboles, aunque en su mayoría seguían desnudos, comenzaban a despertar: aquí y allá asomaban pequeños brotes verdes, y en el suelo quedaban algunas hojas secas que el invierno había olvidado.
Benjamín caminaba a mi lado, siempre entusiasmado y con una sonrisa. Aunque él prefería ir a pie, yo llevaba el carrito a mano, por si acaso necesitaba descansar o si caminábamos mucho.
A su edad, todo le parecía fascinante: las ramas, las flores, las aves, y cualquier cosa que despertara su curiosidad. Esa energía contagiosa era algo que siempre me alegraba el día. Verlo tan feliz me hacía sentir que, aunque los días de estrés y las preocupaciones de ser madre eran inevitables, al menos estaba haciendo las cosas bien para que Benjamín disfrutara plenamente de su infancia.
Benjamín: — ¡Mira, mami, una hoja!
— dijo emocionado, levantando una hoja seca que había encontrado.
— ¡Ay, qué bonita! — exclamé exageradamente feliz, viendo cómo Benjamín me entregaba la hoja con tanto orgullo. Aunque para mí era algo sencillo, entendía que para él era un gran descubrimiento, algo verdaderamente especial, así que le seguí la corriente, sonriendo con entusiasmo.
Luego, Benjamín me volvió a tomar de la mano y seguimos caminando por el parque. De pronto, un corredor pasó junto a nosotros, en dirección contraria, dándonos la espalda. Llevaba una camiseta negra térmica de manga larga, ajustada al cuerpo, y un short deportivo n***o que contrastaba con sus zapatillas blancas.
Al principio no le presté demasiada atención, porque no era raro ver a personas entrenando en el Retiro, incluso a esa hora y en esta época.
Sin embargo, al fijarme un poco más en él, su cabello, la manera en que se movía y la postura de su cuerpo me resultaron extrañamente familiares. Y sin pensarlo demasiado, lo relacioné con Elías.
Tal vez solo estaba dejándome llevar por mi imaginación, quizás me estaba obsesionando demasiado con él, pero en ese momento, no pude evitar pensar que ese hombre podría ser él.
De igual manera, Benjamín y yo seguimos caminando, por lo que dejé de pensar en esa posible coincidencia porque, quizás, no se trataba de él.
Unos minutos después, Benjamín y yo llegamos a un rincón del parque con menos gente. Y Benjamín, como siempre lleno de energía, quiso ponerse a jugar con su pelota, y yo me uní a él en su juego.
Entonces, desvié la mirada hacia otro lado, y fue cuando vi al mismo hombre de antes pasar a lo lejos. Poco a poco, fue reduciendo su ritmo hasta detenerse por completo. Se quedó en un pedazo de césped y, segundos después de tomar aire, comenzó a hacer estiramientos.
Y, aunque estaba a una distancia considerable, quizás de unos cincuenta metros o más, seguía sin poder ver su rostro. No obstante, con lo poco que alcanzaba a observar, y el hecho de que nunca se ponía de frente porque nuevamente estaba de espaldas a mí, mis expectativas de que ese hombre fuera Elías iban en aumento, porque se parecía mucho. Después de todo, al ver a Elías todos los días en la oficina, ya había memorizado su cuerpo, su manera de moverse, y ese hombre tenía todo eso.
Benjamín: — Mami, la pelota
— Voy, cariño
Le pasé la pelota y seguimos jugando, intentando mantenerme en el momento y concentrarme en Benjamín. Pero de vez en cuando, no podía evitar lanzar miradas hacia aquel hombre mientras jugábamos. Había algo en él que seguía llamando mi atención, como si mi intuición no quisiera dejar pasar aquella coincidencia.
Finalmente, en uno de esos momentos en que el hombre se puso de perfil, pude distinguir con mayor claridad sus facciones, y no había duda: era Elías. Pero para confirmar al cien por ciento que realmente se trataba de él, se me ocurrió hacer algo bastante estúpido: tomé la pelota y, con una patada más fuerte de lo necesario, la envié con la esperanza de que cayera cerca de él y así llamar su atención.
En seguida, la pelota voló y, con más precisión de la que creí, cayó casi cerca de él. De hecho, el hombre, al notar que la pelota había caído cerca de él “accidentalmente”, tuvo que caminar unos pasos para alcanzarla y, cuando se puso de frente, pude ver su rostro por fin. Y ahí estaba, en todo su esplendor: Elías. Ahora ya no tenía dudas; aunque todavía estábamos lejos, sabía que era él.
Elías agarró la pelota con una mano y comenzó a caminar en dirección a nosotros, especialmente a Benjamín para dársela. Benjamín, tímidamente, se fue acercando poco a poco a él. Y yo, sabiendo que era alguien de confianza, dejé que Benjamín se acercara sin mi compañía, ya que no había ningún motivo para intervenir.
En cambio, me quedé donde estaba, tapándome un poco la cara con la mano y fingiendo que me rascaba, porque no quería que Elías me viera directamente. Después de todo, ya había sido bastante inesperado encontrarnos en el parque, y aún más después de lo que había pasado la noche anterior.
Por último, Elías, con una sonrisa amable en su rostro, le entregó la pelota a Benjamín, quien inmediatamente se dio la vuelta y regresó hacia mí.
Elías me miró, entendiendo que yo era la responsable de Benjamín, pero no me reconoció. Luego, se dio la vuelta y siguió haciendo sus estiramientos.
— ¿Le agradeciste al señor por darte la pelota? — le pregunté a Benjamín cuando se me acercó y él asintió.
Benjamín: — Sí. ¡La pelota voló!
— Es que no sé jugar como tú. Tú eres un experto — comenté, acariciándole suavemente la cara con una sonrisa.
Al mismo tiempo, lancé una mirada rápida hacia Elías y lo vi observándonos. Tal vez ya se estaba dando cuenta de que era yo porque parecía estar atento.
— ¿Te parece si nos vamos a casa?
Benjamín: — Vale. Mami, quiero un helado
— Vale, ya veremos si hay algún lugar para comprar uno, ¿te parece?
Benjamín: — Vale
Recogí mis cosas y Benjamín y yo nos disponíamos a irnos. Sin embargo, antes de hacerlo, volteé para mirar a Elías y ver qué estaba haciendo. Vi que seguía con sus estiramientos, pero justo en ese momento levantó la mirada en mi dirección, y por instinto, desvié la vista rápidamente y seguí mi camino.
No quería molestarlo, sabiendo que era su tiempo libre, pero también no quería quedarme más tiempo por ahí porque me daba nervios saber que estábamos en el mismo lugar.
Y era extraño. En realidad, me parecía curioso que nos hubiéramos encontrado en el mismo rincón, como si el destino hubiera hecho que coincidiera justo en ese instante, ya que había sido a la misma hora y en el mismo lugar. Lo raro era que el parque era tan grande que la probabilidad de encontrarnos en el mismo rincón era mínima. Además, de todas las veces que había venido al parque, nunca me lo había cruzado, a pesar de saber que él también vivía en Madrid, alejado del centro, al igual que yo.