ELÍAS MONTEIRO
10:23 a.m.
Regresaba de una reunión con Julián Martínez, un distribuidor clave en el mercado europeo de relojes de lujo que había mostrado interés en nuestra propuesta. Sin embargo, tras desacuerdos sobre los términos de la alianza, parecía haberse desinteresado.
La oportunidad era valiosa para LuxorMark, ya que de haberse cerrado, habría fortalecido nuestra posición en el mercado, dándonos acceso a clientes de alto perfil y asociándonos con una marca de prestigio. Pero no funcionó por Julián, quien me hizo creer que estaba completamente interesado, solo para quitarme todas las ilusiones al decirme que no cuando ya teníamos casi todo preparado… Vaya cabrón.
Salí de la sala de juntas, con la cabeza llena de pensamientos contradictorios y la presión acumulada.
Caminé por el pasillo, perdido en mis pensamientos, cuando me topé con Paula, la directora de márquetin.
Ella y yo nos conocíamos desde hacía años, y de hecho, era una de las pocas personas en la empresa que no me trataba de “usted” por esa cercanía.
Es más, teníamos una buena amistad, y ella sabía incluso más sobre mi vida personal que la mayoría, incluida su novia, con quien me llevaba bastante bien también.
Paula: — ¡Ah! Elías, ¿qué tal?
— Ahórrate esa pregunta — respondí con disgusto, sin muchas ganas de hablar.
Paula: — Vaya… Parece que estás de malhumor, como siempre… En fin, no es para ponerte peor, pero iba a enviarte un correo para avisarte de algo, pero ahora que te veo te lo voy a decir en persona
— A ver, ¿qué es? — pregunté, ya anticipando que no sería algo bueno.
Paula: — Ha habido un pequeño contratiempo con el proyecto de márquetin. Parece que hay algunas inconsistencias en la campaña, y algunos del equipo no están siguiendo las directrices de forma correcta. Es algo que podemos solucionar, pero hay que tomar decisiones rápidas para evitar que se retrase todo más
— Genial, ¿verdad? Parece que todo está fuera de control — respondí sarcásticamente, tratando de contener mi frustración.
Paula: — Lo sé… Pero confía en mí, podemos solucionarlo. Si nos reunimos con el equipo y aclaramos las cosas ahora, se puede retomar el control. Te lo quería comentar para que estuvieras al tanto y, al mismo tiempo, para terminar de disgustarte — comentó, medio en tono de broma, aunque no me dio ninguna risa en ese momento.
— Qué graciosa…
Paula: — Bueno, nos vemos luego — dijo dándome una palmada en el hombro y después entró en su oficina.
Me pasé una mano por el rostro, sintiéndome cansado y seguí mi camino hasta el ascensor.
Me sentía agotado mentalmente, pero sabía que no tenía que descansar y mucho menos ahora que la empresa estaba en plena preparación de proyectos importantes.
Bajé del ascensor y vi a Rebeca de pie frente a la sala del pasillo con un té en su mano.
Rebeca: — Buenos días, señor Monteiro — saludó y yo sin devolverle el saludo me fui a mi oficina.
Al llegar, me dejé caer en la silla de mi escritorio con un suspiro pesado. Abrí una de las carpetas que tenía sobre la mesa y comencé a revisar los documentos en busca del informe del presupuesto actualizado del proyecto de márquetin que tenía interés de revisar. Pasé página tras página, pero no lo encontré. Joder…
Verifiqué otra carpeta y tampoco lo encontré. Otra vez, mi asistente había dejado las cosas en otro lugar sin avisarme.
— Rebeca — llamé en voz alta, esperando que me escuchara.
En cuestión de segundos, apareció en mi oficina con su taza de té en la mano. Se veía tranquila, como si no tuviera idea del caos que tenía enfrente.
Rebeca: — ¿Qué necesita, señor Monteiro?
— Quiero el último informe del proyecto de márquetin, el que tiene el presupuesto actualizado — dije con impaciencia, sin mirarla del todo mientras seguía revisando los documentos sobre mi escritorio.
Y ella se quedó en silencio un momento, como si estuviera procesando mis palabras.
Rebeca: — ¿Cuál? No sé de qué habla
Levanté la vista y solté un suspiro exasperado.
— Mira… Muchas veces dejas las cosas donde no corresponden y luego no me lo dices. No es la primera vez que pasa
Rebeca: — Señor, pero yo no sé de qué informe habla. No he tocado nada. Es más, las carpetas que tiene sobre su escritorio no las he ordenado desde hace una semana
— Igualmente, ha sido tu culpa. Seguro lo dejaste en cualquier parte y ahora no sé dónde está — dije y me puse de pie para revisar otra carpeta en el armario.
Rebeca: — ¿Perdone… mi culpa?
— cuestionó con una firmeza que no me esperaba. Su voz ya no sonaba serena como antes y por eso, me detuve en seco y giré la cabeza hacia ella, sorprendido por su actitud desafiante.
— Sí, tú. Ya te he repetido una y otra vez que seas más atenta y no me haces caso
Rebeca dejó su taza sobre un estante cercano con más fuerza de la necesaria y luego cruzó los brazos.
Rebeca: — No, no, no. Mire, señor Monteiro, ya me cansé de que me culpe por cosas que no he hecho. Yo no he perdido ningún informe — aseguró, desafiándome con una actitud firme y decidida, con la mirada encendida de frustración.
En realidad, me sorprendió, ya que nunca antes se había revelado así ante mí. Siempre había mantenido la compostura, siempre había sido profesional, incluso cuando discutíamos. Pero esta vez, su tono tenía un filo distinto, una seguridad que no había notado antes.
Y, aunque me sentía enfadado, algo en mí cambió. La forma en que me sostenía la mirada, la seguridad con la que defendía su punto… Me estaba gustando demasiado verla así. Me hacía sentir algo que no terminaba de entender, pero que me resultaba adictivo.
Por ende, me acerqué a ella, acortando la distancia entre nosotros. Pero en vez de retroceder o mostrar algún atisbo de intimidación, Rebeca levantó la quijada con determinación, manteniendo su postura firme. Su actitud seguía siendo desafiante y segura, con una confianza en sí misma que no tambaleaba ni un segundo.
De hecho, era tan intensa y verdadera su postura que, por primera vez, me hizo dudar. ¿Realmente había sido su culpa? ¿O yo había sido el responsable de haber perdido ese informe?
— ¿Estás segura de que esta vez no tuviste nada que ver? — pregunté, con un tono menos acusador y más curioso, disfrutando de la sensación que me provocaba enfrentarla.
Rebeca: — Completamente segura. Y si sigue insistiendo en culparme sin pruebas, le sugiero que mejor se detenga a pensar dónde lo dejó usted — afirmó con determinación.
Una media sonrisa se formó en mi rostro sin que pudiera evitarlo, y luego me alejé de ella. Volví a mi escritorio, intentando disimular la extraña satisfacción que me había dejado ese enfrentamiento y justo en ese momento, Paula apareció por la puerta.
Paula: — Hola… ¡Uy, qué caras!
— comentó, alternando la mirada entre Rebeca y yo con una sonrisa divertida.
— ¿Puedo pasar o vuelvo después?
— ¿Qué necesitas?
Paula: — Venía a dejarte el informe del presupuesto de márquetin. Ayer, cuando nos vimos, te lo dejaste en mi oficina, y ahora que estaba ordenando unas cosas, lo encontré — respondió, extendiéndome el informe.
— ¡Ah!
Paula: — Nos vemos luego
Paula se fue y Rebeca me miró con una mezcla de enojo, pero llena de satisfacción.
Rebeca: — ¿Algo más que quiera acusarme de haber perdido, señor Monteiro?
— No, nada más… Esta vez fue mi culpa — admití, aunque me costó, negándome a aceptarlo completamente, pero sabía que era cierto.
Rebeca: — Muy bien, si me necesita para otra cosa, me llama. Volveré a trabajar
— mencionó con una actitud tranquila, pero segura, sonriendo ligeramente como si supiera que me había hecho darme cuenta de mi error.
Esa mujer… parecía tener una forma de desafiarme que no solo me hacía cuestionar mis decisiones, sino que también me dejaba con ganas de ver más de ella, de descubrir hasta qué punto podía sorprenderme. Estaba descubriendo en ella cosas que me empezaban a cautivar, y no solo de su aspecto físico… Me estaba pareciendo cada vez más una mujer interesante en todos los sentidos.