REBECA
Un mes después.
Jueves, 8:55 a.m.
Acababa de llegar a la empresa y, como siempre, me dirigí al ascensor para subir hasta mi oficina, ubicada en el cuarto piso al igual que la de mi jefe.
En seguida, el ascensor se detuvo en mi destino y empecé a caminar por el pasillo. Pasé delante de la oficina de mi jefe, me asomé para comprobar si estaba ahí y lo encontré inclinado sobre su escritorio, concentrado en escribir algo en un papel. Y aunque no quería interrumpirlo, decidí saludarlo con discreción.
— Buenos días, señor Monteiro — dije en voz baja desde el marco de la puerta.
Él levantó la vista apenas un momento, mirándome a los ojos antes de deslizar rápidamente la mirada por todo mi cuerpo. Pero no dijo nada. Otra vez, ya andaba de maleducado al no devolverme el saludo, pero esa era nuestra rutina, así que no me importó demasiado. Es más, lo raro hubiera sido que él respondiera y me dijera “Buenos días”, cosa que muy pocas veces lo había hecho. De los dos años que trabajábamos juntos, solo me lo había dicho unas diez veces.
Finalmente, me di la vuelta y fui a mi oficina para dejar mis cosas sobre el escritorio. Luego, volví a salir, me acerqué a la sala del pasillo y me dispuse a preparar no un café, sino dos: uno para mí y el otro para mi jefe, que, aunque casi nunca me lo pedía directamente, sabía que siempre necesitaba un café por la mañana. Así que por costumbre, siempre le hacía uno también.
Cuando terminé, llevé la taza hasta su oficina y la dejé con cuidado sobre su escritorio.
— Aquí tiene su café, señor Monteiro
Elías: — Gracias — dijo, y salí de su oficina como si nada, pero al analizar sus palabras, me di cuenta de su enorme importancia. Por fin, ¡aleluya!, me había dado las gracias. Sin duda alguna era un hecho que iba a recordar siempre, pues era tan escasa en su vocabulario, y era algo que no escuchaba de él con frecuencia.
— No hay de qué — dije, girando la cabeza para verle y le dediqué una pequeña sonrisa, sintiéndome sorprendida porque no me lo esperaba.
Pero él solo me lanzó una mirada fría, la típica de él. Tampoco podía esperar mucho más, sabiendo lo indiferente que solía ser, siempre tan reservado. Así que, sin darle más importancia, seguí mi camino hasta mi oficina.
Me senté en mi escritorio y me puse a disfrutar de mi café. Mientras tanto, aprovechando que Elías estaba concentrado escribiendo, y sobre todo que no me estuviera mirando, me quedé observándolo. Eso lo hacía habitualmente: me quedaba mirándolo por varios minutos que, a veces, parecían volverse horas. Pero, eso sí, siempre con la precaución de que él no se diera cuenta. Porque si llegaba a percatarse, me iba a morir de vergüenza e incomodidad, así que cada vez que lo hacía, lo hacía con cautela, casi en silencio, como si fuera un pequeño secreto solo para mí.
De hecho, al principio, se me hizo incómodo tener la oficina de mi jefe justo enfrente de la mía, porque si miraba hacia delante y tenía la puerta abierta, me lo encontraba ahí, sentado en su escritorio, siempre ocupado con algo.
No obstante, con el tiempo me acostumbré y esa cercanía me terminó gustando, ya que era una vista muy cautivadora y perfecta para deleitar mis ojos.
Entonces, tomé un sorbo de mi café y seguí disfrutando de las vistas.
Su presencia, con su porte elegante y su mirada fija en lo que hacía, se volvía una especie de punto de atracción, algo difícil de evitar. Su rostro de concentración, su mandíbula firme y su piel un poco bronceada naturalmente...
En realidad, no podía entender cómo un hombre tan guapo estaba soltero. O eso decían los rumores y mis propias observaciones, porque desde su última novia, Gisela, ya no había vuelto a ver a otra mujer en su oficina.
Al instante, Elías levantó la mirada y fue cuando me atrapó viéndole, por lo que casi escupí el trago de café de mi boca y rápidamente desvié la mirada hacia las paredes, haciendo como si hubiera algo interesante en ellas. Sentía cómo mis nervios se empezaban a instalar en mi pecho y también la vergüenza.
Asimismo, sin poder evitarlo, eché una vista rápida hacia Elías y vi que ahora era él quien me estaba observando.
Su rostro estaba serio, con esa expresión ligeramente enigmática que siempre me ponía inquieta, como si estuviera descifrando algún misterio en mí.
De modo que intenté distraerme mirando mi café, pero aún sentía la mirada de Elías sobre mí, como si pesara en el aire. Agarré mi teléfono y cuando quise poner la contraseña para desbloquearlo no podía. Tan rápido estaban avivando mis nervios que mis manos estaba temblando y se me hacía difícil hacer eso tan simple.
De repente, noté que Nicolás, un compañero de trabajo, se acercó a la oficina de Elías, lo que cortó de inmediato ese momento, dándome tiempo para respirar tranquila. Menos mal que Nicolás había sido mi salvación, porque ya me sentía demasiado inquieta con esa actitud tan dominante con la que Elías me estaba mirando. Algo en su mirada me descolocaba, como si fuera consciente del efecto que tenía sobre mí y lo aprovechara sin decir una palabra.
Por último, me levanté rápidamente y fui hasta la puerta de mi oficina, decidida a cerrarla para evitar que algo como lo de antes volviera a suceder. Ya era bastante vergonzoso que Elías me hubiera atrapado observándolo tan ensimismada; era hora de centrarme en mi trabajo.
16:14 p.m.
Estaba en mi oficina, agendando algunas citas pendientes de Elías, cuando de pronto vi que la puerta se abría sin previo aviso. Por eso, no necesitaba mirar para saber quién era; esa entrada tan segura solo podía pertenecer a una persona: Elías.
En realidad, todavía no entendía por qué nunca tocaba la puerta cuando quería entrar. Tampoco es que fuese un maleducado en ese aspecto porque con otras personas tenía bastantes modales y era muy respetuoso, pero conmigo se olvidaba de serlo.
Quizás se trataba de la confianza que habíamos desarrollado con el tiempo, pero no podía negar que el hecho de que Elías entrara a mi oficina sin avisar me inquietaba un poco.
Es más, a veces cerraba la puerta precisamente para tener un poco de intimidad, para escapar de sus miradas inquisitivas que parecían querer confirmar si realmente estaba trabajando. Pero también, sentía que, de alguna forma, él disfrutaba interrumpiendo mi pequeño refugio, como si lo hiciera a propósito para recordarme que nunca estaba completamente a salvo de su presencia.
Además, también podía entender que él era el dueño de la empresa y que podía hacer lo que le diera la gana, así que eso contribuía a que abriera mi puerta sin avisar. Aunque, siendo sincera, no podía decir que realmente me molestara; al contrario, me hacía sentir algo especial, como si de alguna forma ese gesto, que podría incomodar a cualquiera, tuviera un significado diferente cuando se trataba de mí. Me daba la sensación de que era algo que Elías solo hacía conmigo, como si existiera una pequeña complicidad silenciosa entre nosotros, algo que nos pertenecía únicamente a él y a mí.
Y aunque sabía que probablemente no era nada, no podía evitar que ese detalle despertara una chispa de emoción en mi interior.
Elías: — ¿Señorita Álvarez, puede venir a mi oficina? — preguntó desde el marco de la puerta.
— Sí, ahora voy. Solo deme unos minutos — respondí, y Elías se fue.
Terminé lo que estaba haciendo, me dirigí a la oficina de Elías y lo encontré sentado en su escritorio, concentrado en algo que escribía en su laptop.
— ¿Qué se le ofrece, señor Monteiro?
Elías: — Tome asiento — indicó sin mirarme, manteniendo la vista fija en la pantalla.
En consecuencia, hice lo que pidió y me quedé por un minuto a la espera de que dijera algo.
Elías: — Bien, quiero hablar usted sobre cosas importantes — mencionó, dejando su laptop a un lado y, por fin, enfocando su mirada en mí.
— Está bien. ¿De qué se trata?
— pregunté, con una ligera inquietud.
Su expresión seria y el tono de sus palabras me hacían pensar que podía tratarse de algo crucial o incluso preocupante.
Elías: — Dentro de unas semanas tengo que asistir a un evento importante. Es una gala empresarial donde se reúnen inversores y socios clave para discutir nuevas estrategias y alianzas
— Sí, ya lo tengo agendado
Elías: — Vale. El caso es que por eso quisiera saber un poco más de usted
— dijo con calma, aunque su tono tenía un matiz curioso y ligeramente calculador.
— ¿Cómo? ¿De mí?
Elías: — Sí. Verá, siendo mi asistente personal, tendría que acompañarme a cualquier lugar donde vaya. Así que quiero evitar algunos malos entendidos que pudieran surgir, sobre todo con el tema familiar. No quisiera que su novio se pusiera celoso al pensar que usted y yo estamos fuera del país, en un evento y en un hotel. Sé que tendría que entender que es por trabajo, pero todo puede ocurrir. Una vez me pasó eso con una asistente, y no quiero que vuelva a ocurrir
— No, no pasa nada. Y no, no tengo novio, así que no hay nadie que pueda ponerse celoso — respondí rápidamente, quizás con demasiada vehemencia, como si necesitara dejar claro que estaba completamente libre.
Elías: — ¡Ah! ¿No tiene novio? Pensaba que sí — comentó con una ligera sonrisa que parecía mezclar sorpresa y algo más, como si estuviera evaluando la información con interés. Entonces, se recostó en su silla y me miró fijamente, como si quisiera analizar cada reacción mía, con esos ojos que parecían ver más allá de lo visible, provocándome un leve escalofrío.
— Pues no — respondí, intentando mantener la compostura mientras sostenía su mirada por un breve instante antes de desviarla hacia la mesa.
Elías: — Vale... Eso está muy bien
— murmuró, como si hablara para sí mismo, aunque esa ligera curva en sus labios me dejó con la sensación de que estaba satisfecho con mi respuesta, quizás más de lo que debería.
— ¿Hay algo más que quiera saber?
Elías: — De momento, solo quería estar informado de eso — respondió con calma, mientras descansaba el brazo en el reposabrazos de su silla. Su dedo pulgar e índice se frotaban lentamente, un gesto casi imperceptible que parecía reflejar que algo rondaba su mente, como si estuviera evaluando una idea que aún no se atrevía a expresar.
— Vale
Elías: — Muy bien, solo eso le quería comentar. Ya se puede ir
— De acuerdo — respondí, levantándome de mi silla. Mientras salía de su oficina, me quedaron varias preguntas rondando en la cabeza, especialmente sobre la pregunta que me había hecho sobre si tenía novio. Pero traté de entender que, si me lo había preguntado, probablemente era por necesidad. Tal y como había dicho, quería evitar cualquier tipo de complicación, especialmente después de lo que había sucedido con su anterior asistente y su novio celoso. A pesar de eso, no pude evitar preguntarme si su interés iba más allá de simplemente protegerse de posibles problemas.