REBECA
Viernes, 18:11 p.m.
Iba conduciendo mi auto, un BMW gris, regresando a casa después de una jornada larga, pero no veía la hora de llegar, relajarme y disfrutar de mi familia.
Al acercarme a la puerta de casa, vi a mi hermana Silvia hablando con un hombre. Me tardé un poco en reconocerlo, pero pronto me di cuenta de que era el desgraciado de mi ex, Lucas.
Estacioné el auto rápidamente, bajé de él y me dirigí hacia donde estaban. Mi mente estaba llena de preguntas y furia, no entendía qué diablos hacía él aquí.
— ¿Qué pasa aquí? — pregunté, tratando de mantener la calma, pero sintiendo cómo la ira comenzaba a salir.
Lucas se giró, mirándome con una expresión que, aunque intentaba parecer tranquila, no lograba ocultar su incomodidad.
Silvia: — Lucas vino porque quiere ver a Benjamín
Lucas: — Así es
— ¿Y por qué?
Lucas: — Porque quiero hacer las paces, ser parte de su vida. No quiero seguir perdiéndome de su crecimiento
— respondió con tono serio, pero yo no pude evitar lanzar una risa irónica.
— ¿Y lo dices ahora? ¿Después de tanto tiempo te has dado cuenta de que quieres formar parte de su vida?
Lucas: — Sí, además tengo derecho a verlo, porque también es mi hijo
— ¿Silvia, dónde está Benjamín?
Silvia: — Está en la sala
— Puedes ir a verlo, yo resuelvo esto
— mencioné poniéndome en el marco de la puerta.
Silvia: — Claro — dijo y se fue, dejándonos solos, a Lucas y a mí. Crucé los brazos y lo miré con una mezcla de incredulidad y frustración.
Lucas: — Por favor, Rebeca, déjame verlo. La semana pasada vine e intenté verlo, pero no me dejaste
— Y tampoco te dejaré. Ya lo dije antes y te lo diré ahora. Si te decidiste irte y romper la familia que habíamos creado, ahora no vengas con que quieres arreglarlo — respondí, dejando que el tono de mi voz transmitiera toda la molestia que sentía.
Lucas: — Lo sé, pero eso es el pasado. Ahora ya cambié, no soy el mismo. No te pido que me perdones, pero quiero al menos intentar ser parte de la vida de mi hijo
— Durante todo este tiempo que Benjamín creció, nunca te preocupaste. Ahora que ves que está hecho todo un niño, quieres entrar en su vida como si nada…
Lucas: — No es así. Yo quiero verlo porque es mi hijo y le quiero
— mencionó, como si intentara ser sincero, pero yo, por mi experiencia, no podía creer ni una palabra.
— Mira, no quiero que él se convierta en un juguete con el que juegues a tu antojo cuando te da la gana
Lucas: — Y no voy a hacer eso
— ¿Y cómo quieres que te crea? Si no apareciste en estos años. ¿Qué piensas que vas a hacer ahora? Si te dejo verlo y relacionarte con él, ¿vas a volver a aparecer y luego desaparecer cuando te convenga? — pregunté, casi con un tono desafiante, pero lo decía en serio.
Entonces, Lucas permaneció en silencio por un momento, claramente afectado por mis palabras, pero yo no podía darle un pase libre. Benjamín ya tenía su vida sin él, y no pensaba permitirle que se convirtiera en una figura inestable que llegara y se fuera como si nada. Mi intuición me decía que Lucas haría eso, porque si no había estado presente en todo este tiempo y ahora venía de la nada pidiendo tomar parte de la vida de Benjamín, no sonaba nada convincente.
Lucas: — Al menos déjame verlo — pidió, con una mezcla de esperanza y algo de incertidumbre en su voz. Aunque no quería, dudé por un momento, ya que sabía que él también tenía derecho a ver a su hijo, aunque las circunstancias no fueran las mejores.
— Está bien, pero solo será un momento. No lo puedes tocar, solo verlo
Llamé a Silvia para que trajera a Benjamín, y tan pronto como el niño vio a Lucas, se quedó en seco. Me miró primero, y luego se aferró a mi pierna, abrazándola con fuerza.
Lucas observó la escena con una ligera sonrisa, tratando de parecer tranquilo, pero el silencio en el lugar era denso.
Lucas: — Hola — saludó con una media sonrisa, pero Benjamín no dijo nada. Solo lo miraba fijamente, aferrado a mí.
— Ha crecido mucho — comentó, tratando de romper el hielo.
— Sí — respondí de manera breve, sin mostrar demasiada emoción.
Lucas: — Entonces, ¿considerarás lo que dije?
— Ya lo veré, pero no te hagas ilusiones — respondí firmemente, cruzando los brazos. No pensaba dejarme llevar por su persuasión tan fácilmente.
Lucas me miró, y por un momento, vi una sombra de decepción y quizá algo de miedo en su mirada, como si fuera consciente de que no tenía muchas más oportunidades.
Sin decir nada más, cerré la puerta lentamente, indicando que la conversación había terminado. Luego me agaché y levanté en mis brazos a Benjamín. Por alguna razón, sentí su cuerpecito tenso, como si estuviera inquieto o con miedo. Nunca lo había visto así al conocer a alguien, y eso me hizo pensar que, desde su inocencia, quizá había percibido algo en Lucas, y la incomodidad que le provocó fue tan real como la que yo también sentí. Por eso, lo abracé con más fuerza y le di un beso en la mejilla, buscando tranquilizarlo sin necesidad de palabras.
Silvia: — ¿Qué pasó? ¿Realmente vas a hacerle caso a lo que dijo y dejarlo relacionarse con Benjamín? — preguntó sumamente preocupada mientras nos dirigíamos a la sala.
— No, no creo que sea una buena idea. Algo en mi instinto me dice que no debo permitirlo
Silvia: — Menos mal, por un momento pensé que accederías
— No lo haré
Silvia: — Me alegra escuchar eso. Sabes que Benjamín te necesita, y todo esto podría confundirlo
— Exacto, y no voy a arriesgarme a que se sienta inseguro por alguien que nunca estuvo allí
Silvia: — Claro — dijo, justo cuando mi teléfono comenzó a sonar.
Bajé a Benjamín de mis brazos y lo senté en el sofá, mientras Silvia y yo nos sentábamos a su lado.
— Ay, es Cristina — comenté al ver la pantalla y deslicé para contestar.
Silvia: — Seguramente es por lo de su cumpleaños — murmuró.
— Hola, Cristina. ¿Qué tal?
Cristina: — ¡Hola! Todo bien por aquí
— Qué bueno
Cristina: — Cariño, te llamaba para preguntarte si finalmente quieres venir a la fiesta mañana. Se lo comenté a Silvia y me dijo que hablaría contigo primero
— Sí, es que si ambas vamos, no sé con quién dejar a mi pequeño
Silvia: — Dile que sí. Andrés cuidará a Benjamín, ya hablé con él, y mi suegra también estará con él — me susurró.
— ¿Estás segura? — le dije.
Cristina: — Bueno, si no puedes, no hay problema. Yo entiendo que tienes a tu niño y que lo tienes que cuidar
— Mi hermana me está diciendo que su marido puede cuidarlo
Cristina: — Ah, vale. Pues si veis que podéis venir, confirmadme para teneros en cuenta. Iremos al restaurante y después nos quedaremos por ahí celebrando
— Vale
Cristina: — Perfecto, cariño. Si hay algún cambio, avísame, ¿sí? Así puedo ajustar la reserva en el restaurante
— Está bien, cualquier cosa te aviso
Cristina: — Gracias, guapa. Un besito
— Adiós, cuídate
Colgué la llamada y dejé el móvil sobre la mesita que estaba frente al sofá.
— ¿Andrés te dijo que cuidaría a Benjamín?
Silvia: — Sí. Le comenté que queríamos ir a la fiesta de Cristina y me dijo que fuéramos, que nos merecíamos un descanso. Él y su madre estarán aquí para cuidar al niño
— Ah, bueno
Silvia: — Anímate. Hay que salir un poco. Hace cuánto que no disfrutamos de una noche sin preocupaciones. Desde que nació Benjamín, apenas has tenido tiempo para ti
— Lo sé
Silvia: — Pues entonces hay que hacerlo. Te vendrá bien despejarte, además, Benjamín estará en buenas manos
— Está bien… Iremos. Me has convencido
Silvia: — ¡Eso! Nos arreglaremos bien bonitas y disfrutaremos la noche
— Pero sin excesos, ¿eh?
Silvia: — Ay, por favor, un poquito de diversión no nos hará daño. Además, ¿cuándo fue la última vez que saliste a divertirte de verdad? — cuestionó y me quedé en silencio un momento. Silvia tenía razón. Desde que Benjamín nació, mi vida giraba en torno a él, y las salidas nocturnas habían quedado en el pasado.
Me había acostumbrado a poner mis necesidades en pausa, pero tal vez una noche diferente no significaba dejar de ser madre… sino recordarme que también soy mujer, y que merezco respirar un poco.
— Está bien — dije finalmente, inclinándome para darle un beso en la mejilla a Benjamín y noté que ya no estaba tenso como antes.
Él me sonrió con su carita llena de alegría y soltó una risa suave, una de esas que me iluminaban el alma.