REBECA
Jueves, 15:21 p.m.
A esta hora de la tarde, la empresa estaba en caos, y eso que había parecido ser un día tranquilo. Pero una campaña importante había sufrido un contratiempo, así que Elías había decido convocar una reunión de emergencia con los líderes de los departamentos involucrados. Entonces, al yo ser su asistente, tenía que estar presente para tomar notas y gestionar cualquier cosa que necesitara.
La sala de reuniones estuvo llena de discusiones acaloradas, y aunque trataba de concentrarme en lo que se discutía, la tensión en el ambiente era palpable. Elías estaba más exigente de lo habitual, con su semblante severo y esa mirada que parecía capaz de perforar a cualquiera que no tuviera una respuesta convincente. La presión aumentaba con cada comentario, y aunque todos intentábamos mantener la calma, el aire se sentía denso, como si cualquier error pudiera costarnos más que solo una observación.
Sin embargo, todo se calmó cuando las soluciones empezaron a aparecer. Poco a poco, las propuestas comenzaron a encajar, y las ideas se fueron ordenando.
Elías: — Bien, si necesito algo más, te lo pediré, Nicolás
Nicolás: — Sí, está bien — dijo, tomando sus cosas y luego se fue de la sala.
Elías: — ¿Rebeca, puedes quedarte un momento?
— Claro — respondí, sintiendo una leve punzada de nerviosismo al notar cómo cerraba la puerta detrás de los demás.
Elías se volvió a sentar en la silla que estaba a mi lado y soltó suspiro mientras se pasaba una mano por el cabello.
Elías: — Menos mal encontramos una solución para ese inconveniente que surgió
— Sí
Elías: — Pero, aun así, me gustaría saber de dónde provino. Los problemas se resuelven mejor cuando conoces su origen
— Si le parece bien, podría buscar los reportes de esta mañana y de ayer y así hacer un resumen
Elías: — Eso podría funcionar. Pero te ayudaré con eso, nos quedaremos aquí y lo resolveremos juntos ahora mismo
— ¿Tendré que quedarme unas horas extra?
Elías: — Quizás sí, ¿o no quieres quedarte y ayudarme?
— Sí, sí — respondí apresuradamente, casi sonando como una desesperada respondiéndole, pero reaccioné rápido, traté de arreglarlo.
— Quiero decir… sí, claro, no hay problema
Así pues, Elías me miró con una media sonrisa, esa que siempre me dejaba pensando si sabía exactamente lo que provocaba en mí.
Elías: — Perfecto — dijo, como si no hubiera notado mi torpeza, aunque la chispa en sus ojos me hacía dudar.
Finalmente, Elías y yo nos pusimos a trabajar y además de revisar los reportes para terminar de solucionar el inconveniente de la campaña, aprovechamos para ajustar detalles de un presupuesto para la próxima reunión con los socios.
17:53 p.m.
Elías: — Mira esto — dijo, dándome su tablet, y mientras revisaba el contenido, lo sentí moverse ligeramente, inclinándose hacia mí.
Su proximidad era abrumadora. Hasta pude percibir el calor de su cuerpo, e incluso su respiración pausada.
Entonces, intenté concentrarme en los datos de la pantalla, pero era imposible ignorar la forma en que su brazo rozaba el mío.
Elías: — ¿Qué opinas? — preguntó de repente, con su voz más baja, casi ronca.
Me giré hacia él y me encontré con su rostro mucho más cerca de lo que esperaba.
— Es… interesante. Creo que podríamos ajustarlo un poco en la parte del presupuesto para que los socios lo vean más viable — logré decir, aunque mi voz sonó casi como un susurro.
Le devolví su tablet y Elías asintió, pero no apartó la mirada. Sus ojos bajaron apenas un instante, y por un segundo, creí que los había sentido detenerse en mi boca.
En realidad, fue tan rápido que quizás pude haberlo imaginado.
Elías: — De acuerdo — mencionó poniendo la tablet en la mesa para después recargarse hacia atrás.
— Eres bastante buena en tu trabajo y muy observadora, me gustaría descubrir si para otras cosas también lo eres
— añadió mientras sus dedos se movieron hacia su camisa, desabotonando los tres primeros botones fácilmente porque no llevaba corbata.
— ¿Cosas como cuáles? — pregunté un poco inquieta, ya que con sus palabras y con el gesto de desabotonarse la camisa, mi mente empezó a divagar hacia pensamientos fuera de lugar.
Así pues, Elías lanzó una risa ligera y mi mirada traicionera bajó sin permiso hacia su pecho parcialmente descubierto, pero tuve que apartarla rápidamente, sintiendo el calor en mis mejillas.
Elías: — No te pongas tan tensa, solo es trabajo — comentó mientras se enderezaba.
— Por ahora — añadió, con un murmullo casi inaudible, como si lo hubiera dicho entre dientes, dejándome con la duda de si realmente había querido que lo escuchara o no.
No estaba segura de si mis oídos realmente habían captado bien ese “por ahora” o si, más bien, eran mis pensamientos más sucios los que habían decidido interpretar algo completamente distinto. Y más a esas horas de la tarde, cuando el ambiente parecía conspirar contra mi autocontrol. De igual manera, hice como si no hubiera escuchado nada y seguí con lo mío.
Media hora después.
Elías: — Ya te puedes ir si quieres, ya es tarde
— No, si hace falta me puedo quedar un rato más. Además, todavía no hemos acabado — respondí, sintiendo la necesidad de seguir ayudándole, aunque ya notaba el cansancio acumulado.
Elías: — No te preocupes, ya lo terminaré yo — insistió.
— Está bien, me voy ahora. Adiós — dije poniéndome de pie
Salí de la sala y fui hasta mi oficina para recoger mis cosas. Mientras caminaba por el pasillo, una sensación extraña se apoderó de mí. La verdad es que me hubiera querido quedar toda la noche allí con él, no solo por el trabajo, sino por tenerle cerca, porque disfrutaba de su cercanía. Pero, al mismo tiempo, me daba algo de pena verlo quedarse hasta tan tarde trabajando.
De hecho, no era la primera vez que lo veía quedándose tan tarde, y eso me hacía pensar que lo hacía como una manera de mejorar constantemente, de ser meticuloso y perfeccionista con todo. Algo en su forma de trabajar me decía que no podía dejar nada incompleto, como si la idea de no terminar lo que había empezado le resultara inaceptable.
Pero ahora, a pesar de sentirme un poco culpable por irme, sabía que era lo mejor, ya que tenía que volver a casa y disfrutar de mi pequeño. No todo tenía que ser trabajo.
19:31 p.m.
Hace rato había llegado del trabajo y ahora me encontraba preparando la cena junto a mi hermana Silvia. Habíamos decidido hacer pasta carbonara, un plato fácil, pero delicioso. Mientras que, su marido, Andrés, que había venido a cenar con nosotros, estaba jugando con Benjamín en la sala.
Silvia: — ¿Y cómo te fue en el trabajo hoy?
— Bien. Me quedé una hora más porque tuve que ayudar a Elías con algunas cosas — respondí mientras escurría la pasta recién cocida.
Silvia: — Ajá… Así que ahora ya le llamas “Elías” y no “mi jefe”
— ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
Silvia: — No, nada. Pero me pregunto cuánto tardarás en aceptar que te mueres por él
— Ay, no empieces… — dije soltando un suspiro y mirando hacia otro lado, fingiendo que estaba concentrada en escurrir la pasta para evitar seguir la conversación.
Silvia: — Tú y yo sabemos que es verdad… — dijo cruzándose de brazos, con una ceja arqueada y esa mirada cargada de picardía que siempre usaba cuando quería fastidiarme.
— ¿Por qué lo dices? ¿Se me nota mucho?
Silvia: — Bueno, sé que él te gusta porque siempre que hablas de él lo haces con demasiado entusiasmo. ¿Sabes si está casado o ya tiene novia?
— Que yo sepa, no tiene novia. Desde que dejó a Gisela no la he vuelto a ver con nadie, pero no estoy segura — comenté mientras dejaba a un lado lo que estaba haciendo para concentrarme en nuestra conversación.
Silvia: — Entonces, si no está con nadie, ¿por qué no te atreves a conocerlo mejor?
— Es que no sé si él siente lo mismo. Además, no sé si lo que siento por él es solo atracción física o algo más…
Silvia: — Justo por eso tienes que hablar con él, dejarte llevar un poco. Solo así vas a saber si lo que sientes es real o solo un capricho
— Lo que pasa es que es mi jefe…
Silvia: — ¿Y? Es cierto que puede sonar arriesgado, pero si ambos quieren hacer funcionar lo vuestro, pues adelante. Qué más da lo que opinen los demás
— Podrías tener razón
Silvia: — Al menos inténtalo. Quién sabe, tal vez le gustas en secreto
— Pues no sé…
Silvia: — ¿No has visto alguna señal de que le intereses?
— Sí, hay cosas que me han parecido significativas, como si intentara acercarse más, pero no sé si es que solo me las he imaginado o si realmente tienen algo oculto
Silvia: — ¿Cómo cuáles?
— Parece ser que me está prestando más atención últimamente, aunque sigue siendo maleducado cuando no me devuelve los saludos
Silvia: — Sí, eso ya me lo habías contado, pero ¿sabes qué? ¿Qué tal si ser indiferente lo hace para parecer más atractivo?
— ¿Será? — pregunté, algo incrédula, pero también intrigada por la posibilidad.
Silvia: — Puede ser. Andrés lo hacía cuando nos estábamos conociendo, y mira cómo acabamos, ambos terminamos casados y de hecho, fue él que se me declaró — dijo, con una sonrisa cómplice.
— Eso sí. Además, justamente ayer me preguntó si tenía novio
Silvia: — ¡Vaya! ¿Tan directo?
— A ver, lo preguntó porque quería decirme que la semana que viene tenemos que ir a un evento fuera del país, y no quería que mi “novio” se pusiera celoso solo porque él y yo andaríamos por ahí solos y fuera de la empresa
Silvia: — Claro, claro… ¿Y cómo lo tomaste? ¿Le dijiste que no tienes?
— Sí, se lo dije. Pero lo curioso fue cómo reaccionó, como si le aliviara saberlo. No sé si lo estoy interpretando mal, pero… no sé, me dio la impresión de que le interesaba saber más de lo que dejó ver
Silvia: — ¡Pues claro que le interesaba! ¿Qué jefe pregunta eso por simple curiosidad laboral? Mira, hermana, ahí hay algo, y si yo fuera tú, aprovecharía ese viaje para averiguarlo
— ¿Qué insinúas? ¿Que me acueste con él?
Silvia: — No, pero averígualo de otra manera, pregúntale de su vida privada e intenta conocerlo más a fondo para ver si te gusta su personalidad
— Buena idea
Silvia: — Podrías ir tanteando el terreno y ver qué tal. Y si funciona, pues ya lo tienes
— Ya, pero hay otro inconveniente, porque también está el tema de Benjamín. Sé que a muchos hombres no les gusta la idea de ser padrastros y no quiera que Elías me rechazara solo por eso
Silvia: — Tienes razón, pero si él realmente te quiere, lo hará incluso si tienes un hijo. ¿Elías todavía no lo sabe?
— No, he tratado de no mencionarlo porque siento que podría ser un inconveniente en mi trabajo. Además, con los viajes y otras cosas, a veces me hace sentir mal porque sé que ese tiempo lo podría invertir con mi hijo. Pero también entiendo que trabajo para que Benjamín tenga una vida digna, y eso me motiva a seguir adelante, incluso si tengo que viajar sin él
Silvia: — No te preocupes por eso. Tú lo estás haciendo muy bien con él. Eres una madre soltera increíble, y cualquier hombre con sentido común lo admirará y, si tiene un corazón, te amará también
— Si se da el caso de que algo sucede con Elías y yo, le contaré que tengo un hijo. Pero si no pasa nada, no diré nada
Silvia: — Muy bien, pero que ese miedo de que te pueda rechazar por eso no te impida disfrutar el momento. A veces, estar con alguien sin pensar en compromisos ni en un “para siempre” también puede hacerte feliz. Puede que no dure, pero al menos habrás vivido algo bonito