REBECA
Lunes, 10:56 a.m.
Estaba en mi oficina, concentrada en mi trabajo, cuando escuché la puerta abrirse. Y como siempre, no necesité levantar la mirada para saber de quién se trataba porque ya lo sabía.
— Hola, ¿qué necesita, señor Monteiro? — pregunté mientras terminaba de escribir en mi computadora. Solo después de pulsar la última tecla, levanté la vista y le dediqué toda mi atención.
Elías: — ¿Tienes los informes de la campaña que te pedí? — preguntó, con esa mirada marrón claro que solo él tenía, entre curiosa y bastante impaciente que siempre me hipnotizaba.
— Sí, señor. Aquí los tengo — respondí rápidamente, levantándome de mi silla y alcanzando los documentos que había organizado minutos antes.
Elías: — ¿Habías olvidado dármelos?
— preguntó, con una ligera sonrisa que parecía más una broma, pero su tono frío me hizo dudar si realmente estaba bromeando o si se trataba de un reproche o cuestionando mi eficacia.
— No, justo ahora iba a ir — aseguré, con una pequeña sonrisa para disipar la tensión. Luego, me volví a sentar en mi silla.
Elías: — Vale, te creo — respondió, volviendo a lanzar la misma sonrisa de antes, lo que me hizo pensar en el posible mosquito que le había picado para hacer eso, pues no era lo habitual en él. Casi nunca lo veía sonreír ni mucho menos andar de bromista.
— ¿Necesita algo más? — pregunté, un poco inquieta, sintiéndome nerviosa por tener frente a mí su figura alta, fornida, casi de atleta, con un aire de seguridad que lo envolvía. Además, su rostro serio, pero al mismo tiempo interesante, esa mirada tan penetrante… Y, por supuesto, su edad, tan madura y atractiva de treinta y dos años. Su rostro con una barba perfilada y esos ojos que parecían leerme el alma. Esos ojos, especialmente, me ponían nerviosa, y si me distraía por un momento, podía caer en la tentación y cometer un pecado, ya que me invitaban a imaginar qué pasaría si me acercaba a su cuerpo y le devoraba todo, sin dejarme nada… ¡Uf! ¡Ay, no! Mejor ni pensarlo.
Finalmente, carraspeé la garganta y bajé la mirada a mi computadora, forzando mis dedos a escribir palabras al azar.
Era mi forma de simular que tenía trabajo que hacer, no porque lo tuviera, sino porque no quería seguir manteniendo contacto visual con él.
Mi cuerpo comenzaba a responder con suspiros lentos, pero profundos, y sentía una calentura recorrerlo, algo que me resultaba casi incontrolable.
Elías: — ¿Tienes algo que hacer ahora?
— Sí, ¿por qué?
Elías: — No, nada — contestó, lanzándome una última mirada con la que me desarmó por completo. Esa mirada, tan intensa, que solo él sabía hacerla. Una que, aunque intentaba ignorar, me calaba hasta los huesos, dejándome vulnerable en su presencia.
Por último, dio la vuelta y se fue de mi oficina. Tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. Pero yo me quedé allí, con la respiración algo agitada y el corazón latiendo más rápido de lo habitual.
De pronto, dejé de escribir y lancé un gran suspiro, como si intentara liberar la tensión que se había acumulado en mi cuerpo.
Francamente, no entendía del todo lo que me sucedía cuando Elías me hablaba o estaba cerca de mí porque lo que sentía era una mezcla de nerviosismo y emoción que a veces no lograba controlar... No es que estuviera enamorada de él, pero podía admitir, aunque con algo de negación, que me parecía atractivo.
Y no era solo por su físico, que fácilmente destacaba entre los demás, sino por su manera de comportarse, ese porte masculino y seguro, y su forma de moverse con una confianza que parecía natural. Además, a eso se sumaba su inteligencia, el liderazgo innato que poseía y la pasión que ponía en su trabajo. Y aunque solía ser frío y distante, había destellos en su forma de ser que me intrigaban profundamente, como si escondiera algo detrás de su seriedad.
Sin embargo, me negaba a dejarme llevar por eso que sentía, porque él era mi jefe, y no estaba bien visto que yo, siendo su empleada, tuviera algo con él. Y sí, quizás eran mis propios pensamientos los que me juzgaban más duro que cualquier otra persona, pues al final, éramos solo eso: personas.
A pesar de eso, no podía evitar sentirme culpable cada vez que esa idea cruzaba por mi mente, como si estuviera traicionando algún código no escrito.
Además, la incertidumbre y el miedo al rechazo me paralizaban, pero, más que nada, era el temor a las consecuencias de lo que esa dinámica podría generar.
Tampoco quería arriesgar mi trabajo ni la relación laboral que habíamos construido, que hasta este momento era estable y profesional.
Pero poco a poco, me iba dando cuenta de que quizás no era solo yo la que comenzaba a notar esa conexión entre Elías y yo, algo que no me había percatado hasta hace poco, justamente unos días después de que Elías y Gisela terminaran su relación. Y más aún, desde lo que había sucedido unos días atrás, cuando casi me caía y él, de manera casi instintiva, me sostuvo, como si estuviera esperando ese momento, como si estuviera pendiente de mí sin que yo lo supiera.
También, había notado que estaba empezado a tener otras actitudes más cercanas conmigo. De pronto, me dedicaba pequeñas sonrisas, buscaba momentos para comentar algo más allá del trabajo, y hasta parecía disfrutar de mi compañía. Lo curioso era que, hasta entonces, apenas me hablaba, ni siquiera para darme los buenos días. Pero ahora, todo eso estaba cambiado, y no podía evitar preguntarme si había algo más profundo que él estaba ocultando.
La idea de que quizá se estaba interesando en mí, aunque fuera mínima, comenzaba a instalarse en mi mente. Era descabellado pensarlo, sí, pero ¿y si tenía razón? ¿Y si ese pequeño cambio era la señal de algo más?
Sinceramente, no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, y por eso, muchas veces me encontraba atrapada entre dos caminos: intentar algo y averiguar si Elías estaba interesado en mí más allá de una amistad, o quedarme ahí, aguantando la atracción que él me causaba.
Así que de momento, hasta que no encontrara una solución para eso, no iba a hacer nada al respecto, por si se daba el caso de que nada de lo que estaba viendo en las actitudes de Elías hacia mí fuese con otras intenciones. Hasta que no estuviera más clara de sus actitudes, no me quería arriesgar, ya que, como había dicho antes, el miedo al rechazo y las posibles consecuencias en el trabajo me paralizaban.