Una mañana la fui a buscar para llevarla al instituto. Esta vez tenía los dos apellidos bien atravesados y entrecruzados. Mi ánimo estaba lleno de dinamita y cualquier nombre del oriente medio encendería la mecha. Amelia subió a la parte de atrás del carro, como siempre, y comencé a conducir. —Hola, mi Cielo. ¿Cómo estás? —Bien. ¿Tú? —respondí de manera automática. —Bien, mi Cielo... Soñé con una bandada de pelícanos —comentó muy animada. —¿Y eso? —Tal vez... Tal vez es que quiero ir a la playa —resolvió, dudosa. —Uhm, sí. Ella dejó de hablar y yo me quedé en silencio. Detuve el auto en una luz roja y ella me sorprendió cuando se pasó al asiento de adelante. Sonrió y me dio un beso en la mejilla. Luego me acarició la línea del mentón y se quedó quieta en el asiento. ¿Estaría compara

