Me costó mucho pegar los ojos por la madrugada, ya me sentía despedido e insultado. El señor Geralt me iba a botar de su mansión como un perro sarnoso y me iba a dar tal patada por el culo que no necesitaría taxi para llegar a mi casa. Esa mañana todo iba normal, salvo que Amelia no se había levantado. «Debí limpiarle la cara con una toalla húmeda o algo, ella seguro tiene entre sus cosas alguna crema para sacarse esa pintura de catrina». Salí al pasillo dispuesto a esa misión y me vi tirado en la acera de la calle con toda mi ropa cuando el señor Geralt me habló con dureza. —Nyko, acompáñame al despacho por favor. —Sí, señor. Lo seguí sin hacer resonar los zapatos en las escaleras. Una vez en el despacho, tomé asiento frente al escritorio y el señor se sentó detrás de este. —¿Y bien

