—¡Nena! Nena, Amor... Fue horrible verla debajo de él, con la ropa rota, sucia de tierra y los movimientos trémulos de sus extremidades. Le saqué al bastardo de encima, que se volvió un bulto un tanto pesado de mover, pues estaba totalmente desmayado. —Nyx, el-el pie no, no puedo afincarlo —sollozó. Hizo un vago intento de cubrir sus partes con los trozos de tela que le quedaban y se dejó arrastrar lejos del maldito. Me dolió verla así, tan indefensa y herida, llorando de rabia, miedo e impotencia. La dejé sentada en terreno plano y la abracé, sin tener muy claro si quería tranquilizarla a ella o tranquilizarme a mí. —Nena, estoy aquí, no te voy a dejar sola. —Sequé sus lágrimas e intenté serenarla con caricias en su cabello—. Nena, estoy aquí, no te voy a dejar sola... —repetí, casi

