¡Le pude ver la cara! Apenas entré a mi recámara, solté mi bolso y me tiré en la cama. —Santo Dios, la besé... ¡Nos besamos! Pensé haber quemado esa etapa de carajito imbécil, pero es que necesitaba dejarme llevar por esa extraña y agradable sensación de plenitud que me llenaba. Era un calorcito que me subía por el estómago y se concentraba en mi pecho. ¡Amelia correspondió a mis besos! Rodé por todo el colchón, desordenando las sábanas y el par de almohadas que adornaban cerca de la cabecera. —Nos besamos... Y no fueron una o dos veces... Fueron varias, sentí su lengua... Y su piel bajo mis manos... Su cintura. Rememoré esa sensación, ese cosquilleo por mi cuerpo, esa calidez que me envolvía el estómago y el pecho, y que ascendía hasta mi cara y se exteriorizaba como una sonrisa nerv

