Esa mañana había amanecido con el Hedderich y el Lofghan atravesados. Tenía más sueño del normal y poca paciencia. Quería salir de ese encierro y correr treinta cuadras, con tal de respirar un aire diferente al acondicionado. La rutina me estaba aplastando las ganas de vivir, y es que nunca había sido tan sedentario en mi vida. Desde pequeño me la pasaba corriendo, moneándome en cuanto árbol y parque veía y luego me daban una buena zurra por "desordenado". Cuando vivía con mi tía, me metí en un club de peleas clandestinas y allí entrenaba mucho, saltaba la cuerda, levantaba pesas y hacía flexiones; y fue cuando descubrí ese maravilloso mundo del ejercicio y sus resultados. Mantuve esa rutina hasta que ingresé al ejército, donde me explotaron de miles de maneras y casi, casi lograron hacerm

