Llegamos al centro comercial y entramos. Ella miraba todo como si fuese la primera vez que pisaba ese lugar. ¿Sería su primera vez? Eso me sorprendería mucho. «¿Y si le preguntas?». «No, quizá le avergüence admitirlo». Sentí su mano en mi brazo y fue inevitable darle una mirada llena de picardía... Pero no la detuve, era su día y podía hacer y deshacer a su antojo. Al llegar al local de bowling, su cara no cambió mucho. Seguía maravillada viendo la iluminación neón del oscuro local. Pedí una pista y los zapatos para ambos y fui descalzo hasta los asientos de la pista asignada. Ella se quedó atrás, aún observándolo todo con ese par de destellantes ojos llenos de energía y felicidad. Cuando llegó hasta mí, ya yo tenía puestos los zapatos, ella se sentó a ponerse los suyos y yo, fui a conf

