—Vas a esperarme a una cuadra de mi casa. ¿De acuerdo? —gritó sobre mi hombro. Negué con la cabeza. El motor de la Yamaha rugió y avanzamos entre los autos. —Por favor. Hazme caso —continuó. —¿No te sirvo de ayuda? —vociferé. —Estás haciendo muchísimo por mí, pero esto debo hacerlo sola. Por favor, espérame afuera, a una cuadra —repitió y sentí que sus manos me apretaron en la cintura. Me detuve en el semáforo y puse ambas botas en el asfalto. —Entiéndeme, por favor. Déjame ir contigo, así me quede afuera de la mansión. ¿Sí? —No. Eso no es parte del plan. Me dejas afuera, yo entro, busco mis cosas y salgo. Rápido y simple. Resoplé, era demasiado terca. —Si somos dos, será el doble de rápido. Te serviré de algo más si entro contigo. —Ya, basta. Me esperas afuera y listo. —Coño,

