Capítulo 8
Verdad o reto
hay mejor discurso que el que predicamos con nuestros hechos >> Gwen
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No me dejes caer en tentación y líbrame del mal.
Dos peticiones dirigidas a Dios por medio del padre nuestro.
Ahora mismo, lo cito una y otra vez en mi mente combatiendo los pensamientos lujuriosos que crecen como un monstruo al cual le das poder debido a tus miedos.
Tiemblo como una hoja ante esa presencia, por lo que simboliza él y por lo que hemos hecho aunque él lo ignore.
Lo veo suspirar mirando la oscuridad de la casa.
—Lamento haberte asustado—dice, supongo porque tiemblo, si supiera que tiemblo no es porque me haya asustado si no que la reacción de mi cuerpo es debido a su toque.
Tragó saliva, quiero calmarme, no obstante, mis piernas están a punto de desfallecer y mi corazón a solo poco de salirse disparado por la boca.
—No podía dormir, por eso, salí a ver si me tomaba algo.
Él me sonríe y esa sonrisa me cautiva, al igual que ese pecho fuerte, esos brazos musculosos y el cabello desordenado.
Es un condenado supremamente atractivo.
Que suerte la de Gwen, siempre tiene suerte las niñas ricas como ellas.
¿Por qué no me tocó esa vida? ¿por qué no pude ser como Gwen?
Mi alma se abate por no tener lo que mi amiga tiene y una migaja de culpabilidad se ponzoña en mi cabeza, acusando y haciendo sentir mal por desear algo que no es mío.
Creo que es el noveno mandamiento si no estoy mal.
No codiciaras a la mujer de tú prójimo, ni sus bueyes, ni su ganado.
Ante Dios, soy culpable de quebrantar la ley de codicia, de deseo. Porque desde que conocí a Gwen he deseado tener su vida, sus amigos, su marido.
Desde tener a Víctor de mi parte como a Leviatan a mi lado. Por supuesto, eliminando toda la toxicidad que trae Gwen arrastrando que se dicen llamar amigos pero mi ojo de aguila y intuición me gritan que no lo son, comenzando por esa tal: Marisol
—Tampoco puedo dormir, por eso, me preparé un té. ¿Quieres?
Asiento.
Gabriel camina hacia la cocina y yo tengo un inmenso impulso en introducirme al túnel del infierno, al sendero pedregoso que me invita a comprobar que hay un fruto que está prohibido.
Sin embargo, no me importa, quiero morder el fruto, comer de la manzana prohibida sin medir las consecuencias. Así que, seducida por el deseo camino directo al despacho.
Miro el escritorio y mi mente olvida los mandamientos, el bien y el mal, lo correcto o lo incorrecto. Cuando se trata de leviatan mi mente solo me transporta a querer una sola cosa: desorden, sexo.
Ese escritorio me parece genial como para follar.
Observo el papeleo que tienen allí y fantaseo con que los lanza al suelo y me sube para lo indecente, entonces, llega él y mi corazón cada vez late con más fuerza como si se fuera reventar de la emoción por estar a solas con él.
Quiero asegurarme que estoy despierta, lo bastante como para sentir el pellizco que estoy por darme en un brazo. Compruebo que la realidad es Gabriel y casi me desmayo.
—Aqui está el té. Espero que te relajes y puedas conciliar el sueño—me lo entrega, y lo recibo. Mis ojos están fijos en él. Ardientes, suplicantes, quiere que lo note pero se sienta detrás del escritorio metiendo la nariz en los papeles.
Lamo mis labios y me postro frente a él. Quiero que me mire, que note que estoy aquí. Que cumpla la promesa que me hizo cuando se escabulló en mi alcoba y me llevo más allá del cielo.
Veo los papeles y algunos están en otros idiomas. Examino que hay uno en español y lo tomo para leer.
Es un Dark romance. Un libro que se presenta bastante turbio al leer la sinopsis.
—Vaya. Debes de ser un lector voraz.
Tengo su atención, me alegro por eso.
—¡Lo soy!. Como traductor, me toca serlo.
Le muestro el libro.
Sus ojos azules brillan con algo de emoción.
—Es de una chica. Hizo una autopublicacion y quiere que su libro llegue más lejos, por eso, me encargó traducirlo en inglés.
Enarco una ceja.
—¡Está turbio el libro!
Él sonríe.
—Hay unos que son peores. He leído cosas que Dios mío, que el señor las perdone.
Lo miro, y estudio las facciones del rostro de Gabriel. Nariz perfilada, labios divinos carnosos, ojos tan azules como el cielo, cabello oscuro desordenado y un reflejo de barba que le comienza a crecer, hace que se vea interesante.
—Quisiera iniciarme en la lectura, soy demasiado floja para hacerlo.
Me mira con atención.
Señala su biblioteca que está a un lado de su escritorio.
—Puedes escoger el que quieras Willow, el título que más te llame la atencion—le da un sorbo a su té y otra vez hunde la nariz en los papeles.
Mis ojos se van hacia el librero observando la cantidad de libros allí.
—¿Que me recomiendas?
Vuelve alzar su mirada.
—Algo ligero para iniciarte.
Sonrío.
—Gracias.
Esos ojos de cielo me siguen mirando y me ruborizo como una niña por la intensidad en que lo hace.
—Willow, quisiera disculparme por mi comportamiento está tarde. No fue mi intención actuar como un asno.
Sus disculpas me toman por sorpresa.
—Si, se comportó como un asno—digo, esbozando una sonrisa.
Él también lo hace.
—Gwen te aprecia mucho, siempre habla de lo genial que eres y lo que significas en su vida. Incluso, me contó lo del orfanato. Se ha encariñado contigo y no quiero que mi mala actitud arruine todo.
Respiró hondo y trago grueso ante esas palabras.
—Esta disculpado—respondo, bebiendo todo el té.
Siento el peso de su mirada, entonces, se levanta y escudriña la biblioteca con atención y me entrega un libro.
—El caballero de la armadura oxidada es una lectura ligera, te gustará—lo recibo, echándole un vistazo por encima—. Por cierto, esa herida en el cuello debió de doler.
Enseguida, por inercia, llevo mis manos al cuello.
Mierda. No lo tape.
Sus ojos se posan en mis manos.
—Y esa vendas indica que has tenido un accidente.
Miro mis manos y recuerdo cuando golpeé la pared repetidas veces.
Cierro mis ojos e inspiro hondo.
—Me corté las manos, lo siento.
Lo veo a los ojos enredándome en esa mirada exigente que piden una explicación.
—Y en el cuello—hace un gesto con la boca—. Es un mordisco—se echa a reír mirando el escritorio.
Suspiro. De seguro debe pensar lo peor de mí, tal vez, que me entregué a otro no siendo cierto.
—No piense mal de mí Gabriel.
Él me mira divertido.
—No pienso mal de ti, eres una jovencita que quiere divertirse.
Me estremezco por la frialdad de esas palabras.
—No quiero divertirme, solo busco ser amada.
Enarca una ceja asombrado.
—Vaya. ¿Lo has conseguido?
Me muerdo el labio inferior con el fuerte deseo de abrazarlo, de guidarme a sus labios al igual que una sandiguela y devorarlo vivo.
—No lo sé.
Se ríe, y no comprendo que parte de nuestra conversación da risa para hacerlo juntos.
—Deberias conocer más gente Willow, ya sabes, chicos de tú edad y no conformarte con Víctor.
¿Victor? ¿que tiene que ver Victor en todo esto?
Alzo una ceja.
—¿Victor?
Nota mi sorpresa.
—Si, los veo muy amigos.
—Si, él es muy amable.
Me mira con intensidad... agacho la mirada.
—¿Y yo?—alzo la mirada y me enredó con la de él. Nos quedamos unos segundos así, perdidos el uno al otro en un mar lleno de intensidad y tensión, con el deseo circulando por el aire aunque ninguno de los dos se atreve acceder. Esboza una risita—. Si, él siempre es amable.
Aparta la mirada hundiendo nuevamente el rostro en los papeles frente a él.
¿Que rayos fue todo eso? ¿celos?
Parpadeo confundida, ojeando la oficina, invadida por palpitaciones en zonas sensibles que anhelo que Gabriel se haga cargo.
Suspiro, mirando un disco de vinilo.
Lo tomo y paso mis dedos sobre el.
—¿Te gusta la música Willow?—pregunta. Me sobresalto cuando está a unos centímetros de mi cuerpo.
—Me encanta—me muerdo el labio y lo pillo mirando el mordisco del cuello.
Pasa por mi lado, toma el vinilo y pone una música.
Suave, lenta, apacible.
Estoy perdida, envuelta en él, en su aroma, en la amabilidad que me ofrece, en como me extiende la mano invitandome a bailar.
Acepto encantada.
Nunca lo había hecho de esa forma. Que un hombre cordialmente me invite no es parte de mi universo.
Le tomo la mano y una vibración recorre desde mis pies hasta mi espina dorsal. Los corrientazos me estremecen de una forma inimaginable provocando un explosión de sensaciones y sentimientos.
Cuando Gabriel me pega a su cuerpo mi corazón muere y resucita al mismo tiempo que la pasión, el deseo se enciende al igual que una llama de fuego difícil de apagar.
Llamen a los bomberos, todo mi cuerpo arde de deseo, de amor, de lujuria por él.
Lo miro directo a los ojos y él solo tiene ojos para mis labios. Está titubeando, no sabe si ser arrastrado a el infierno que el mismo comenzó o mantenerse al margen provocando al fuego sin ser quemado.
Bésame, bésame mucho
Como si fuera esta la noche
La última vez
Bésame, bésame mucho
Que tengo miedo a perderte
Perderte después
La canción se iba a dos idiomas, el inglés, luego, el español. Y fueron esas letras la que me tenía sucumbida a sus ojos, a todo él. Lo escuché cantando en mi oído mientras bailamos despacio, y juré que sí Gabriel Fisher me pidiera cualquier cosa en este mundo, incluso, hasta el mismo cielo, se lo hubiese dado.
Estaba hechizada por su aroma. Embriaga por su canto. Seduccida por la música. Extasiada por su amabilidad y envuelta en el deseo que nos embargaba en forma de fuego.
Nos quedamos parados unos segundos mientras que la canción seguía su curso, mirandonos, decidiendo qué hacer o que paso dar.
Mientras tanto, esperaba a que accediera, a qué diera el paso, a qué se doblegara a lo que el impulso lo incitaba. Yo quería... quiero que me bese. Leviatan nunca lo ha hecho. Cuando me busca, son para otros fines, más carnales que especiales.
Y, este momento era especial.
Se apartó con tanta crudeza que me dejó helada, encendida y sin consuelo. Lo miré avergonzado, arrepentido, y, no entendí como Gabriel y leviatan pueden ser la misma persona. En como una noche puede tomarme sin importarle un carajo y ahora lo piensa.
¿Piensa en ella? ¿En Gwen? ¿Se detuvo por Gwen?
No me atrevo a preguntarle aunque por dentro sé la respuesta.
—Creo que ya es hora de dormir—dice.
Respiro hondo, frustrada, con las lágrimas al borde de mis ojos. No quiero llorar, no debo hacerlo menos frente a él.
—Gracias por está linda velada—digo. No se atreve a mirarme.
Quiero abrazarlo por la espalda, más me cohibo. Paso por su lado y justo cuando estoy en el umbral me llama.
Oh no, mi corazón está a punto de sufrir otro infarto.
—¡Willow!...
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Salseo puro... dejen sus comentarios. ¿Que les parece la historia?