Capítulo 12

4646 Palabras
 No quiso pensar más en el asunto y se viste con sus atuendos, pero se da cuenta que no estaban y en lugar de estos le habían dejado ropa nueva. Sin otra alternativa se la pone, y con ellas baja a la primera planta para encontrarse con Mandy limpiando la tienda, y a lo lejos el sonido del metal chocando entre sí. – ¡Taylor! –  dice Mandy sorprendida al ver al joven, se acerca y le sujeta el rostro para ver si estaba bien – ¿Cómo te sientes? ¿Tienes hambre? ¿Te duele algo? – Sólo algo de hambre, pero estoy bien. ¿Dónde están Alpones y el sr. Bardas? –   – Ellos están trabajando en el taller, llevan tres días sin parar–   – ¿¡Dos semanas!?– Taylor se sintió algo desconcertado, no era primera vez que le pasaba, pero nunca había ocurrido por tanto tiempo. – Iré a prepararte algo para comer, intenta no hacer mucho. Taylor asintió con una sonrisa, en ello Mandy se retira, mientras tanto Taylor fue al taller a ver a su compañero; se quedó un momento parado frente a la puerta, no sabía cómo mirar a Alpone después de haber hecho aquello, no tuvo mucho tiempo para pensar, pues Alpone sale del taller, Taylor intento decir algo, pero Alpone se abalanzo sobre él y le abraza, dando gracias porque estaba vivo, se había recuperado del todo. – Pensé que nunca despertarías hermano– – Lo mismo pensé, seguí siendo torturado en mis sueños, pero ya estoy de vuelta. Sobre lo que paso en la prisión– – Después hablaremos sobre eso, ahora tienes que venir conmigo– Alpone le toma el brazo y lo entra al taller, para mostrarle en lo que habían estado trabajando. En aquellas dos semanas, Alpone y Bardas estuvieron trabajando en las armas, Bardas reforzó a Veigrut y reparo a Claymore, Alpone comento que tuvieron que ir de cacería para poder obtener los materiales. Fueron a un nido de quimeras, y obtuvieron todo. Alpone contaba lo genial que era Bardas usando un rifle que él había fabricado. – ¿No se supone que esas bestias estaban extintas? –  pregunta Taylor – En efecto lo están– responde Bardas – Pero aún quedo algunas, quizás no tan prominentes como en aquellas épocas, pero aún queda. – ¿Y cómo es que se extinguieron? –  Pregunta Taylor. – El actual general Diablo fue quien se encargó de ello, antiguamente se le conocía como El cazador del Este, por su procedencia, se dice que viene de una remota isla más allá del mar. – Ya veo. – Gracias a los materiales recolectados, no solo trabajamos tus armas, también creamos mi nuevo arsenal, una espada recta como la que perdí, y también un par de dagas, aparte de un nuevo juego de ropas para cada uno hechos de la piel de la bestia. – No tenemos tanto para costear eso– dice Taylor – Es gratis, no solo me rescataron si no que destruyeron esa horrible prisión. Hicieron mucho por muchas personas. Es lo menos que puedo hacer para pagarles, además los materiales son gratis, tu amigo se esforzó en cazar a las quimeras. – Muchas gracias. La charla duro un momento antes de que Mandy les llamara a comer. La tarde paso y consigo llego la noche. En el balcón observando las estrellas, Taylor pensaba en lo ocurrido, en ello llega Alpone. – Estas demasiado pensativo hermano– dice Alpone – ¿Quieres hablar ahora? – Si tú quieres. – Aquella criatura, en lo que te convertiste ¿Qué demonios eres? – Un Lagarto del Desconcierto, eso es lo que soy– Taylor le conto todo lo que sabía de sí mismo. Alpone escucho atento, quedo sorprendido. – eso es todo. – No sé qué decir. Sólo que es increíble de cierto modo, eso explicaría porque has logrado sobrevivir hasta ahora, eres un verdadero monstruo que ha logrado patear el trasero de esos malnacidos de la legión. – No es tan genial como parece, lo del castillo, perdí el control y dejé que mi otro yo saliera y destruyera todo, personas inocentes murieron Alpone. No sé qué hacer si eso vuelve a pasar. – En ello Alpone le da un golpe en el rostro casi provocando que estuviera a punto de caer del balcón – ¿¡que carajos te pasa!? – Que estupideces dices, ese no es el Taylor que conozco. Alpone baja su puño y se sienta del otro lado del balcón mirando hacia el cielo – Nadie puede borrar nuestros pecados, por eso debemos aprender a lidiar con ellos, por ende, hermanos, has de remendarlo de la única manera que puedes, y es no volviendo a ceder ante el demonio que tienes dentro, has de volverte aún más fuerte y mejorar esa voluntad férrea que tienes a la hora de la batalla. Prométemelo– Alpone extiende su puño, en ello Taylor sonríe extendiendo el suyo chocando ambos puños. – Tienes razón Alpone, lo prometo aun cuando eso me cueste la vida. – Me alegro de haber tenido esta pequeña charla, ya es tarde, iré a descansar, recuerda que mañana partiremos. Tú también deberías– – Quizás más tarde, he dormido por dos semanas, como que no concilio el sueño aún. – No te vayas a desvelar, hasta mañana. Taylor permaneció un rato más, no quería volver a ese lugar en su corazón, pero no podía huir toda la vida y decidió ir a descansar. Esa noche Taylor no soñó. A la mañana siguiente, ambos jóvenes quienes estaban con sus nuevos equipos se despidieron de la amistosa pareja que los había acogido esos días para continuar su viaje. Su siguiente destino era una isla volcánica no muy lejos de donde estaban, Bardas les había contado que en ese lugar podían encontrar una pista sobre el espadachín Gigantico del que Alpone anhelaba ser. Una nueva aventura y nuevos misterios por superar… Dentro del salón de reuniones, los cinco generales se hallaban reunido para discutir el destino de la legión, sin embargo, su señor no se encontraba, y a falta de ello solo trataron temas simples que no concernían al mandamás de la Legión. Uno de los generales, Jayne, una bella mujer de unos cuarenta años, de pelo rojo y corto deja varios papeles sobre la mesa, otro de los generales, Lorsatan, un hombre de cuarenta y siete años, cuyo rostro barbudo y pelo largo pero amarrado le daban más edad, queda mirando dichos papeles. – ¿De qué se trata Jayne? –  pregunta Lorsatan. – Estos son reportes de bajas y daños colaterales – contesta Jayne con un tono serio. Lorsatan toma los papeles y comienza a leerlos – La muerte de Brow Stich, un capitán de tu brigada Dingo, también de Ethel Rysio, esa es de mi brigada, la destrucción de la cárcel de Charlton junto a su alcaide, eso está bajo tu jurisdicción Nyc, y varios decesos, lo peor de todo que el responsable este suelto. – ¿Y quién es? –  pregunta la General Nyc, una mujer de treinta y siete años, de pelo n***o y ojos pardos con una cicatriz en la mejilla derecha y de rostro algo robusto al igual que su cuerpo. – Según los informes de inteligencia– dice Jayne sacando otro papel de su morral – Uno de los causantes es un chico llamado Alpone de laCruz, pero el principal responsable se llama… – Jayne hace una breve pausa– Se llama Taylor Micordios– Al decir aquel apellido los presentes quedaron en silencio sobre todo Arthur y Dingo. – Micordios– dice Nyc – ¿Ese no es el apellido del traidor al que reemplazaste Dingo? –  este no contesta. – Es el nieto de Dey– dice Arthur sorprendiendo a todo y confirmando las sospechas. – Según mis reportes– dice Jayne – Ya has tenido contacto previo con el cómo acabas de confirmar, y no solo eso, al parecer el no ataca a tus soldados. ¿Algo que decir al respecto? – No se te escapa nada, a veces olvido que nos vigilas a todos. – Eso no viene al caso, responde– insiste Jayne – Simple, el muchacho me estima por mi relación con su abuelo. Sólo intento que se nos una por las buenas, pero al parecer tiene un profundo odio a la Legión. – Da igual la relación que tengas– dice Nyc – Alguien ha de hacerse cargo. – Yo lo haré– dice Lorsatan – No sé cómo ha logrado matar a mi aprendiz, pero eso no quedara en nada, enviaré a mi mejor equipo. ¿Cuál es la ubicación actual del objetivo? – Mis espías me informan que se dirigen al oeste– responde Jayne revisando otro papel – Una vieja caleta, hogar de piratas y criminales cualquiera a parte de un pueblo pesquero con poca población, y el rumbo más interesante es una isla que está justo al frente– dice Dingo quien coloca un mapa sobre la mesa – Lo más probable es que su destino sea la isla Solanda. – Ese lugar me trae recuerdos. SI no hay nada más que discutir, iré a preparar a mi equipo– Lorsatan se retira y detrás de él le sigue Nyc reclamando en voz baja por la reconstrucción de la prisión que debía fiscalizar. En ello Dingo se iba a retirar junto a Jayne, pero Arthur les detiene. Sentado de forma despreocupada mira fijamente a Dingo quien le daba la espalda. – ¿No tienes nada que decir Hans? –  pregunta Arthur con un tono un poco burlesco – ¿De qué hablas? –  pregunta Dingo girando levemente hacia Arthur – Suelta lo que tengas que decir Arthur, tengo cosas que hacer– le reclama Jayne – No te exaltes Jayne. Admitan que ambos les molesta que nuestro maestro haya renunciado y que ahora su descendencia nos esté causando problemas, sobre todo porque fue Dingo quien fallo en acabar con ambos. – Tus provocaciones no sirven Arthur, y no sé qué quieres lograr. – Además Arthur– dice Jayne – No sabemos si el muchacho es realmente su nieto, puede ser cualquier crio que haya adoptado como a nosotros. – Es cierto, y al parecer uso el mismo sistema que aplico con nosotros, pero te aseguro que el chico es un Lagarto del Desconcierto, y signo de ello son sus ojos plateados como los de nuestro maestro, aunque de igual forma se tornan rojos cuando este se enfurece como los de él. – Por ende, si o si es una amenaza– dice Jayne – Pero si Lorsatan dijo que se encargaría del asunto, no veo porque pueda fracasar. – Lo hará– dice Dingo sacándole una leve sonrisa a Arthur – El muchacho ganara sin dudas, y por eso deberé ser yo quien acabe con su vida – En ello Arthur comienza a reír mientras Dingo se retiraba – Ustedes siempre son así. SI harás algo, hazlo después de que Lorsatan actúe, dale el beneficio de la duda– Dice Jayne quien también se retira dejando a Arthur solo. – Primero somos nosotros, y ahora es el muchacho ¿Quién de todos tendrá el poder de ejecutar tu voluntad Deyvialius? Y sobre todo ¿Qué pretendes con todo esto? Mientras tanto, en el pequeño pueblo pesquero Alpone y Taylor buscaban quien pudiese llevarlos a la Isla Solanda, pero su búsqueda mostraba problemas, los pueblerinos evitaban el tema y los marinos no eran tan amigables o las tarifas eran demasiado elevadas para el alcance de los jóvenes. La isla no quedaba lejos, pero nadando no lo lograrían. Con aquel dilema en mano, se sentaron en un tronco tirado en la costa. – ¿No puedes usar tu control elemental y congelar el mar a nuestro paso? –  pregunta Alpone emocionado. – Lamentablemente no– responde Taylor un poco desanimado – ¿Pero acaso no puedes manipular los elementos? – No es que no quiera, es sólo que una geomancia no manipula los estados, solo controla su forma natural. – O sea, si hay agua, manipulas el agua, si hay hielo, manipulas hielo, pero no puedes pasar de uno al otro. – Correcto. Quizás con magia hubiese podido cumplir tu idea, pero como geomancer no, lo lamento– – Por lo menos aprendí algo nuevo, ahora entiendo porque no sueles usarlo en todos lados, tiene sus límites. Mientras conversaban sobre aquello y de la manera de cruzar, una misteriosa mujer se les acerca, vestía un abrigo color almendra junto a un sombrero del mismo color, debajo llevaba un traje simple de viajero, aquella mujer de larga cabellera cobriza, aparentaba unos cuarenta años. – Ustedes no son de por acá, y parecen más amables que el resto de los lugareños– dice la mujer quien se sienta al lado de ellos. – Usted tampoco– dice Taylor quien mostraba cierta curiosidad sobre aquella extraña mujer y su vestimenta tan familiar. – Soy una viajera, aunque igual tengo una profesión, pero actualmente estoy en un viaje en busca de una persona muy valiosa para mí– dice la mujer con una leve sonrisa. – ¿Y qué asuntos le trae con nosotros? –  pregunta Taylor, quien no dejaba de mirarla. – Pasaba cerca y los escuché hablar, lamento si lo hice. ¿Por qué quieren ir a la isla Solanda? No es que haya mucho en ese lugar, es más que nada un par de aldeas y el volcán, el cual es nido de Solanda. – Por una leyenda– responde Alpone – Vamos para averiguar sobre el espadachín Gigantico. – Espadachín Gigantico– la mujer quedo pensando un momento hasta que su expresión cambio su expresión, al parecer había recordado algo – Ustedes hablan de Fustas Roda, el hombre cuya fuerza era comparada con los extintos titanes, también conocido como uno de los mejores espadachines que haya existido– Dice la mujer sorprendiendo a los jóvenes por saber incluso el nombre de esta leyenda. – Por cierto, mi nombre es Louise. – Yo soy Alpone y el mi amigo Taylor, viajeros y lo más probable que forajidos de la Legión del Desorden. – Esto. Interrumpe Taylor – Algo me mosquea hace rato ¿Por casualidad usted pertenece al gremio de las Sombras? Me refiero ¿usted es un mercader de las sombras? – ¿Cómo lo sabes? –  pregunta Louise sorprendida por la pregunta – Una amiga mía es aprendiz de mercader, está bajo la tutela de Ritherz Velouté, también un amigo de mi abuelo y mío, aunque más de mi abuelo. – ¿Conoces a Ritherz? ¿Sabes dónde está ahora? –  Pregunta Louise quien agarro con fuerza los hombros de Taylor – Lo lamento, la última vez que le vi fue en Liang y eso hace ya más de un mes– Louise se desanima y suelta a Taylor – La persona que busco es él. ¿Dijiste que tiene un aprendiz? Ritherz nunca toma aprendices… es raro. Bueno no le he visto hace más de veinte años. Por lo menos sé que aún está trabajando en el área. En fin, ustedes quieren ir a la isla, y yo soy la indicada, pero hay un pequeño precio. – ¿Cuál es? –  preguntan Alpone y Taylor muy entusiasmados – Necesito que me ayuden a cargar unas cajas y mandar a la bodega del barco en el que zarparemos ¿Están de acuerdo? –  pregunta Louise con una sonrisa a lo que ambos muchachos accedieron. Los tres se regresaron al pequeño, ambos jóvenes levantaron varias cajas muy pesadas y las cargaron a una carreta, fueron más de diez cajas, ambos estaban intrigado con el pesado contenido, pero Louise les prohibió curiosear al respecto. Después de haber cargado todo, se dirigieron con la carreta no muy lejos del pueblo a una playa en la cual les esperaba un bote y un marino con un atuendo similar al de Louise, Taylor comprendió que su vestimenta era parte de un uniforme. Con otro esfuerzo cargaron las pesadas cajas de a poco y la llevaban al barco, fueron un total de tres viajes para antes ir ellos mismo al barco junto a su benefactora. Sobre el barco, Louise les presento a la dueña del barco, una joven, casi tanto como ellos, pero entre mercaderes, las apariencias eran sólo una fachada. Aquella mujer de pelo y atuendo azul exuberante de capitán con su particular gorro y pluma sobre este, una sonrisa de par en par, la cual un adicto al peligro puede mostrar. – Mi nombre Charlotte Courtois, capitana del barco mercante Naïr III. Pueden llamarme capitana, o lady CC. Antes que zarpemos tiene que tener en cuenta algunas cosas, primero, mi palabra es ley; segundo si están en este barco es porque ella lo ha solicitado como un favor; tercero, todos en este barco trabajan así que no crean que será un viaje turístico como en los otros barcos. ¿Alguna duda marineros? – ¡No, Lady Cc! –  responde ambos mostrando su aprobación. – Entonces no pierdo el tiempo y vayan a limpiar la cubierta, pero antes, pídele al contramaestre que les asigne un cuarto para dejar sus cosas, ahora salgan de mi vista– Ambos jóvenes se retiraron para obedecer las órdenes con una sonrisa por haber conseguido transporte, aun cuando ello significara algo de trabajo. – Dime Louise, tú no eres de las que piden favores, y menos concede alguno si no hay algo a cambio ¿Cuál fue el precio? – Información Charlotte, Ritherz aun continua en Zendra, y al parecer se ha aprovechado de que el gremio retiro a todos sus funcionarios de Ata Bath, haciéndose un monopolio del continente– dice Louise con una expresión seria pero que dejaba salir una leve sonrisa de orgullo – Él nunca cambia, apostando a los riesgos más altos. Siempre solía decir “Entre mayor riesgo…” – “… mayor ganancia”– completa Louise – Correcto, ahora si me disculpas, comenzare el viaje, mañana por la mañana estaremos en la isla. Louise quedo sola, camino por el barco hasta toparse con los jóvenes quienes limpiaban el piso de la cubierta como se les había mandado, los miraba a lo lejos con algo de nostalgia, sobre todo a Taylor. – Es increíble cómo el mundo juega malas pasadas, me recuerda demasiado a mi pequeño D, sus ojos plateados tan singulares, pero a quien engaño, el murió hace más de un siglo, eso me recuerda ¿Qué habrá sido de los hermanos? Deyvialius era bastante independiente para ser el menor, pero Caín… El día concluyo, una breve cena animada y todos a dormir, menos Taylor quien estaba en la cubierta entrenando un poco el uso de Claymore, mientras desde el timón, CC le observaba atenta, admirando la dedicación del joven. En ello decide bajar a charlar un poco. – ¿No deberías descansar después de un día de trabajo? –  pregunta la capitana – Buenas noches Lady CC– dice Taylor sin dejar de mover la espada – Debería descansar, pero he estado demasiado tiempo durmiendo por lo que temo caer víctimas de mis pesadillas – ¿Pesadillas? ¿Te atormentan las victimas que has tomado con tus manos? – Pregunta Lady CC, la cual se sorprendió al ver que Taylor no se inmuto por ello. – ¿Mis víctimas? –  pregunta Taylor deteniendo la espada y mirándole fijo – No lo creo, he matado a inocentes, pero eso no es lo que me atormenta, si no el hecho de no poder haberme detenido cuando ello ocurrió. – Debe ser duro tener esa parte bestial–  aquello ultimo llamo la atención de Taylor – Por fin cause una reacción en ti chaval, si te preguntas como lo sé, es simple, como capitana y navegante, aparte de ser una mercader como Louise, he vivido lo suficiente para conocer a los de tu clase, mitad humano y mitad bestia, y en la mayoría de los casos, estos tienen a ser dominados por su otra parte, convirtiéndose en bestias sanguinarias, aunque no hay como los Lagartos del Desorden, a pesar que son contados con los dedos de mi mano, ellos sí que son de temer, pero gracias a la diosa Gea que esas aberraciones se han extinto. – No todos– dice Taylor soltando una leve sonrisa – Pues frente a usted tiene uno en carne propia– la capitana se sorprendió por un momento. – ¿Hablas en serio? –  pregunta Lady CC – No tengo nada que ocultara ahora entiendo a qué te refieres con tus pesadillas. Debe ser duro, pero mejor cambiemos de tema – De acuerdo. Necesito saber lo necesario de esa isla– pregunta Taylor. – La isla Solanda debe su nombre a las Solandas que allí habitan, es un nido de hecho, veras desde Solandas acuáticas, terrestres y de fuego, las acuáticas y de fuego son carnívoras, y la segunda sumamente agresiva, las de tierras son herbívoras pero feroces, aunque han llegado a convivir con los habitantes de la isla, ahí lo veras cuando llegues. Su gente, bueno ellos llegaron a este lugar hace años y se establecieron, son personas tranquilas que no les gusta lidiar con problemas, así que no les molestes, fuera de eso no necesitas más que saber. – Muchas gracias, eso ya es suficiente. Creo que es mucho entrenamiento por hoy, será mejor descansar– dice Taylor colocando a Claymore en su hombre. – Gracias por todo Lady CC. – Taylor se retira – Ahora entiendo porque le agrada a Louise, realmente se parece a su difunto sobrino. El día llego y el viaje continuó hasta el mediodía donde por fin arribaron a su destino, ambos jóvenes se despidieron de aquellas bellas mujeres esperando algún día volver a encontrarse. Según se les había indicado el pueblo no quedaba lejos y fueron de inmediato; en su andar, Taylor pudo ver a las Solandas de tierra que CC le había, veía como los otros animales les temían, quizás a la agresividad de estos a pesar de ser vegetarianos. Fue casi un kilómetro lo que recorrieron para llegar al pueblo. Era un lugar pequeño, con casa de madera, sus caminos marcados con piedra liza enredada sobre la tierra. Algo que llamo la atención de Taylor fueron sus rasgos tan distintivos, sus pieles morenas y cabellos negros, y otros albinos, sus ojos de un dorado muy singular, le recordaba al rey Trefes, y al mismísimo general Maina, aunque este era relativamente más blanco. Ambos jóvenes se adentraron, no esperaban una bienvenida, pero tampoco un rechazo por ser forasteros, al contrario, los pueblerinos ni los miraban, hacían como si fuese normal la presencia de ellos. Alpone se acerca a uno de los pueblerinos, este con mucha naturalidad le contesta a Alpone algunas preguntas, en ello Alpone llama a Taylor para indicarle sobre la posada y un lugar para almorzar. Caminaron a través del pueblo hasta llegar al comedor, Taylor miro por todas partes, algo no encajaba, y sus dudas fueron aclaradas al conversar con la camarera del comedor. – ¿Vienes muchos extranjeros por estos lugares? –  pregunta Taylor a la camarera quien les atendía con gusto – Para nada, de hecho, ustedes son los primeros visitantes en más de cuatro meses– responde la camarera dejando los platos restantes – ¿Entonces porque no les molesta o sorprende nuestra presencia? –  insiste Taylor con gran duda. – En su venida ¿Vieron a las Solandas? –  les pregunta la camarera – Si– responde Alpone con algo de comida en la boca – Eran inmensas, y bastante impresionantes – Esas eran Solandas de tierra– La camarera deja la bandeja en la mesa y se sienta junto a Alpone quien no dejaba de comer – Ellas conviven con nosotros y nos protegen, a cambio las cuidamos y alimentamos, por lo cual, si lograron pasar sin que estas los atacaran, es porque no son peligrosos, aunque lo parezcan. Por eso es que nadie les preocupa sus presencias, al contrario, es agradable tener personas como ustedes. ¿Y qué le trae a nuestra humilde isla? – Perdona mi pregunta, pero desde que llegue me causaron algo de curiosidad sus rasgos– dice Taylor – ¿Por casualidad ustedes tienes alguna relación con Hanchao? –  al decir aquel nombre, todo el lugar quedo en silencio y las miradas acusatorias se fijaron en ambos jóvenes, sin embargo, Alpone continuaba comiendo sin preocuparle nada. – ¿Cómo sabes eso? –  pregunta la camarera – Es cierto Taylor ¿Cómo sabes eso? –  insiste su compañero. – Hace tiempo estuve en el desierto de Liang, en él llegue a las ruinas del reino, digamos que no fui bien recibido por sus espíritus y estuvieron a punto de matarme, sin embargo, logre salvar mi vida a cambio de un favor. Aprendí algo de la historia del lugar – Dice Taylor con algo de remordimiento, recordando que fue su abuelo el causante de la tragedia acometida – Además de que pude ver al mismísimo rey quien me encomendó entregarle algo a su hijo. – ¿Nuestro difunto rey? –  pregunta el dueño de la posada quien se acerca a los muchachos. – Sí, el mismo, y como dije a varios ciudados, por eso se me hizo familiar sus rasgos. –  dice Taylor. – Es una bendición poder escuchar sobre nuestra gente, aunque también una tristeza profunda al saber que aún están atrapados como almas en penas. Si tan sólo pudiésemos hacer algo por ellos. – Quizás ayudaría saber dónde se encuentra el príncipe ahora– dice Taylor – Nadie lo sabe, pero si aún está vivo debe de tener mí misma edad– responde el dueño – Cambiemos de temas jóvenes, ¿Qué le trae a nuestro pueblo? – Uwa wewenda– dice Alpone quien aún comía. – Termina de comer hombre– le reclama Taylor – Perdona– dice al tragar – Decía que hemos venido por una leyenda. Yo estoy en busca de los pasos del Espadachín Gigantico ¿Les suena de algo? – Para nada, nuestra gente solo tiene unos años en esta isla, quizás los ancianos sepan algo. Si siguen por el camino hacia el volcán y llegaras a la casa de Ali, quizás pueda ayudarte. – Eso es de mucha ayuda, gracias señor– dice Alpone con una gran sonrisa – Por cierto ¿De qué está hecha esta carne? Es demasiado deliciosa. – De Solanda acuática– responde la mesera con una sonrisa – Pensé que eran sus amigos– comenta Taylor mirando la comida – Lo somos, pero de las terrestres, las Solandas de agua y de fuego son sumamente agresivas con todos, por eso no tenemos reparo en cazarlas, además como han probado su carne es muy deliciosa y sobre todo nutritiva. Para nosotros no es extraño, solíamos comer en nuestro reino un platillo similar, pero eran lagartos del desierto. – Si usted lo dice– Taylor no dejaba de pensar en las bestias mientras miraba el plato. Ambos jóvenes continuaron su charla con los de la posada mientras terminaban su comida. Después de un rato, se retiraron del lugar para ir donde aquel quien se llamaba Ali. Para su sorpresa, la cabaña que quedaba casi saliendo del pueblo estaba vacía, pero cerrada. No tuvieron más remedio que esperar a que el dueño apareciese. La noche cayó y los jóvenes aún seguían esperando, comenzaron a pensar que las personas del pueblo los habían timado, pero desde lejos una tenue luz de lámpara se acercaba a un paso lento, Taylor y Alpone se miraron y fueron de inmediato hacia aquella luz para encontrarse con un hombre de avanzada edad, el cual arrastraba una enorme Solanda de fuego como si se tratase de un saco pequeño
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