Los días pasaron, colmados de magia y alegría, cargados de la plenitud que solo sienten aquellos que están enamorados. Nada me apetecía más que estar con Ámbar todo el día: compartir con ella, conversar, recostarme a su lado y disfrutar de buenas novelas; solíamos leernos libros el uno al otro, capítulo a capítulo. Ámbar quería aprender braille, así que yo le enseñaba lo básico, era divertido para ambos y nos unía más que nunca. Antes de que terminaran las vacaciones, visitamos a las hermanas y les contamos que estábamos juntos. Se alegraron muchísimo y nos desearon lo mejor, además hicieron comentarios sobre lo de que ya prepararían la boda y demás. Nosotros solo reímos, incómodos. Cuando las vacaciones terminaron, regresamos a la universidad. Lo primero que hice fue acercarme al rector

