Cuando encontré a Mariano, estaba solo y rezando en la capilla de la clínica. Me acerqué a él y me senté a su lado, las lágrimas caían por su rostro y yo supe que la situación de la hermana Rita era complicada. —¿Estás bien? —pregunté. Es horrible ver sufrir a la persona que amas y no saber qué hacer para aliviar su dolor, o no poder hacer nada, en todo caso. Saqué de mi bolso un pañuelo desechable y, levantando sus lentes, le sequé las lágrimas. Luego, lo abracé y lo dejé descargarse en silencio mientras él asentía a modo de respuesta. —Quiere verte mañana —dijo luego de algunos momentos. —¿A mí? —pregunté sorprendida. Él asintió. —Creo que se está despidiendo y supongo que quiere hablarte de mí. Me dijo que yo era como el hijo que nunca tuvo —susurró con tanta tristeza en la voz que

