Me despierto para darme cuenta de que la oscuridad ha caído por completo. No sé en qué momento me quedé dormida, pero el hambre me golpea como una punzada en el estómago. Todo mi cuerpo pide un baño, una ducha caliente que limpie no solo la suciedad acumulada, sino también el peso de los últimos días. Sin embargo, al recordar que no tengo ropa más que la que llevo puesta, la idea de moverme se convierte en un debate interno.
Finalmente decido que no puedo seguir así. Me levanto con cuidado y abro la puerta, esperando no encontrarme con nadie. Mi objetivo inicial es buscar a Sofía o, con suerte, la cocina, pero apenas doy unos pasos me doy cuenta de que esta casa es un laberinto. El silencio que envuelve el lugar me pone nerviosa, y cada paso parece resonar con demasiada fuerza. Me siento como una intrusa en un espacio que no comprendo.
Doblo un pasillo y empujo una puerta, solo para darme cuenta de que no es ni la cocina ni el cuarto de Sofía. Es una habitación amplia, iluminada únicamente por la luz de la luna que entra a través de un gran ventanal. Él está allí, sentado en un sillón frente al cristal, con la mirada perdida en la oscuridad exterior. La escena tiene algo inquietante; la penumbra lo envuelve casi por completo, y su silueta es apenas visible en contraste con la luz plateada.
Mi corazón se acelera al verlo. Creo que no ha notado mi presencia, pero el pánico comienza a apoderarse de mí. ¿Qué hago aquí? ¿Por qué no regresé al pasillo? Trato de retroceder sin hacer ruido, rezando para que no se dé cuenta de mi error.
Pero mi suerte, como siempre, me traiciona. Al dar un paso atrás, mi pie tropieza con algo que no vi y, antes de que pueda reaccionar, lo escucho caer al suelo. El sonido de vidrios rompiéndose irrumpe en el silencio de la habitación como un grito. Me congelo, el miedo invadiéndome por completo.
Él se levanta de inmediato, con movimientos rápidos y decididos. Sus pasos resuenan mientras se acerca a mí, y no puedo evitar retroceder, temblando. Los latidos de mi corazón se sienten ensordecedores, cada uno llenando mi cabeza con un único pensamiento: va a golpearme. Va a hacerme algo. Como mi padre. Como siempre ha sido.
Cierro los ojos, esperando el impacto, pero este nunca llega. En lugar de eso, siento sus manos tomándome con firmeza, pero sin brusquedad, levantándome del suelo como si fuera un peso pluma.
—Ten cuidado de cortarte —dice, su tono sorprendentemente calmado, pero con un tinte de preocupación que no esperaba.
Abro los ojos, confundida. Su rostro está a unos centímetros del mío, y aunque su expresión es seria, no hay rastro de enojo en ella. No entiendo. Esto no tiene sentido.
Lo miro sin decir nada, mi respiración aún irregular por el susto. Él me suelta suavemente y da un paso atrás, dándome espacio. Luego, se agacha y comienza a recoger los fragmentos del objeto que acabo de destruir.
Estoy paralizada, queriendo disculparme, decir algo, pero las palabras no llegan. Solo puedo observarlo, preguntándome quién es realmente este hombre que no se parece en nada a lo que esperaba.
Él recoge los fragmentos de vidrio con movimientos precisos, sin decir una palabra. Su concentración es casi inquietante, como si estuviera acostumbrado a lidiar con situaciones como esta. Yo permanezco inmóvil, observándolo, sintiéndome cada vez más pequeña en su presencia.
Cuando finalmente levanta la cabeza, sus ojos se encuentran con los míos. Por un momento, siento que el aire se detiene. —¿Quieres algo? —pregunta, su voz tan calmada como siempre, pero con un matiz que no logro descifrar.
Antes de que pueda responder, mi estómago ruge con fuerza, traicionándome. La vergüenza me invade, y bajo la mirada, deseando que el suelo me trague. Creo notar una leve sonrisa en su rostro, pero desaparece tan rápido que no estoy segura de si realmente estuvo allí.
—Debes tener hambre —dice, y su tono es más suave de lo que esperaba—. Sofía preparó comida para ti, pero estabas dormida, así que pedí que no te molestara. Ella ya se ha ido.
Sus palabras me desconciertan. ¿Por qué alguien como él se preocuparía por algo tan trivial como mi descanso? Antes de que pueda procesarlo, continúa hablando, como si todo esto fuera lo más natural del mundo.
—Vamos a la cocina. Puedes tomar lo que desees. En tu armario también hay ropa, por si quieres ducharte.
Me quedo mirándolo, incapaz de responder. Su actitud, tan práctica y directa, No hay lástima en su voz, ni interés evidente. Solo una especie de responsabilidad que no entiendo.
Sin esperar mi respuesta, se da la vuelta y comienza a caminar hacia la puerta, dejando claro que espera que lo siga. Mis pies se mueven casi por instinto, aunque mi mente sigue atrapada en la confusión. ¿Por qué hace esto? ¿Qué espera de mí?
Mientras lo sigo por los pasillos oscuros de la casa, no puedo evitar sentir que cada paso me lleva más lejos de la vida que conocía, y más cerca de un misterio que no sé si quiero resolver.