Han pasado siete días desde que llegué aquí. La rutina se ha vuelto predecible, pero no menos desconcertante. Durante el día, él no está en casa. Supongo que pasa su tiempo en su empresa, manejando los asuntos de alguien que vive en un mundo completamente diferente al mío. La casa se siente vacía en su ausencia, pero esa ausencia también me da una calma que necesito.
Sofía viene todos los días para atenderme. Es amable, pero su presencia me incomoda. Nunca he tenido a nadie que haga algo por mí, y mucho menos que lo haga con esa paciencia discreta que parece ser su naturaleza. Al principio me negaba, incluso discutía con ella, pero finalmente cedió ante mi insistencia y me deja ayudarla con algunas tareas de la casa. No importa que sean cosas simples, como doblar ropa o limpiar superficies. Estas pequeñas acciones me hacen sentir un poco menos inútil, un poco más parte de algo.
La hinchazón en mi rostro ya ha bajado. Puedo moverme con menos dolor, aunque los tonos morados que cubren mi piel todavía son un recordatorio de lo que pasó. Cada vez que me miro en el espejo, me enfrento a esa realidad que intento ignorar. Sofía no hace preguntas, pero a veces siento su mirada, como si intentara descifrar algo sobre mí que no puedo decir en voz alta.
Hoy es otro día similar. El silencio de la casa es casi abrumador. Pienso en él, en Bastian ese hombre que me trajo aquí y que apenas ha interactuado conmigo desde entonces. ¿Qué tipo de persona ofrece ayuda y luego desaparece casi por completo? Su comportamiento sigue siendo un misterio que no logro entender.
Me encuentro doblando unas toallas junto a Sofía. Sus movimientos son metódicos, eficientes, como todo en esta casa. Cuando me mira y sonríe levemente, me pregunto qué piensa de mí. Soy un elemento extraño en este lugar, un fragmento que no encaja con el resto del diseño. Pero aquí estoy, intentando adaptarme, intentando encontrar algo de normalidad en este caos silencioso.
La rutina empieza a convertirse en algo familiar, aunque no sé si eso me reconforta o me inquieta. Los días son largos, el silencio de la casa casi ensordecedor. A veces creo que podría perderme en el vacío de estas paredes grises, pero luego Sofía llega, rompiendo momentáneamente la monotonía. A pesar de mi incomodidad inicial, su presencia se ha vuelto algo constante, una especie de ancla que me ayuda a no perderme del todo.
Esta mañana, después de insistirle una vez más, Sofía finalmente me ha permitido ayudarla a barrer el área del comedor. Sus instrucciones son claras, y aunque no dice mucho, su actitud parece más relajada conmigo que al principio. Me sorprendo pensando en lo poco que sé de ella, o incluso de él. Estoy aquí, en esta casa que no entiendo, rodeada de personas que parecen tener sus vidas ordenadas, mientras yo solo trato de mantenerme a flote.
Por las tardes, a veces lo escucho llegar, pero no hago ningún esfuerzo por salir a su encuentro. Él tampoco parece buscarme. Su presencia es como un recordatorio constante de que estoy en un lugar que no es mío, viviendo una vida que no pedí. Aun así, no puedo evitar preguntarme qué piensa cada vez que me ve. ¿Me ve como un problema? ¿Una carga? ¿Un error que no puede deshacer?
Hoy, mientras recojo las toallas que Sofía me pidió doblar, me detengo frente al espejo. Mi reflejo sigue siendo un choque. La hinchazón se ha ido casi por completo, pero los tonos morados aún se aferran a mi piel, como cicatrices temporales que no me dejan olvidar. Paso los dedos por mi rostro, siguiendo las líneas desiguales de los hematomas, y me pregunto cuánto tiempo tomará para que desaparezcan del todo. Aunque, si soy honesta, sé que la verdadera pregunta es si alguna vez podré olvidar cómo llegaron allí.
El sonido de una puerta al otro lado de la casa interrumpe mis pensamientos. Él ha vuelto, y aunque no lo admito ni siquiera ante mí misma, mi corazón acelera un poco. No sé si es por miedo o simple incertidumbre.
Me obligo a salir de la habitación, llevando las toallas dobladas conmigo. No quiero encontrarme con él, pero tampoco quiero seguir escondiéndome. Paso por el comedor, el pasillo principal y finalmente llego a la lavandería, dejando las toallas en su lugar. Todo parece tranquilo, pero la sensación de que alguien me observa nunca desaparece del todo.
Cuando regreso al pasillo, lo veo de reojo en la sala. Está sentado en el sofá, revisando algo en su teléfono, con esa expresión concentrada que parece ser su estado natural. Por un momento, me detengo. Estoy tentada a decir algo, a romper este silencio incómodo que parece envolvernos cada vez que estamos cerca. Pero entonces recuerdo quién soy yo y quién es él. Y como siempre, decido que es mejor guardar mis pensamientos para mí.
Cuando estoy por seguir mi camino, su voz me detiene de nuevo. Es baja, casi neutral, pero suficiente para hacerme detener en seco.
—¿Te estás adaptando? —pregunta sin levantar la vista de su celular.
Por un momento, pienso en mentir. Decirle que sí, que todo está bien, que pronto podré seguir con mi vida. Pero la verdad es que necesitaba esta seguridad que él, sin querer, me estaba ofreciendo. Sin embargo, mis labios dicen algo completamente distinto.
—Ya casi estoy recuperada. Podré irme pronto, así no lo molesto más.
Mis palabras suenan más firmes de lo que me siento. El silencio que sigue se alarga más de lo que me gustaría, y miro a todos lados, buscando algo en lo que fijar la vista para calmar la ansiedad que se apodera de mí. él levanta la mirada, pero no es para responderme, sino para evaluar algo en mi rostro que no puedo descifrar. Luego vuelve a su celular, como si mis palabras no significaran nada.
Pienso que la conversación ha terminado hasta que, de pronto, habla de nuevo.
—No tienes que irte. Puedes quedarte el tiempo que desees.
Sus palabras me toman por sorpresa. La firmeza en su tono no deja lugar para dudas, pero tampoco hay compasión en su voz. Es solo una declaración, directa y sin adornos. No sé cómo responderle, y en ese vacío me encuentro evaluando mi propia situación. No tengo nada a lo que volver. A estas alturas, dudo que todavía conserve alguno de los dos trabajos que tenía. Y aunque pudiera regresar, sé que no estaría segura. Mi padre podría encontrarme allí con facilidad.
—Gracias —es todo lo que consigo decir, y mi voz suena pequeña, casi inaudible.
Él asiente ligeramente, como si hubiera esperado esa respuesta. Luego, sin más, regresa su atención a su teléfono, indicándome que, para él, la conversación ha terminado.
Me quedo de pie por unos segundos, todavía procesando lo que acaba de decir. "Puedes quedarte el tiempo que desees." Sus palabras, aunque simples, cargan un peso que no esperaba. No sé si sentir alivio o miedo. La idea de quedarme, de aceptar realmente esta oferta de seguridad, me asusta casi tanto como el pensamiento de salir de esta casa y enfrentar lo que me espera afuera.
Doy un paso hacia atrás, luego otro, y finalmente regreso al pasillo, mis pensamientos girando como un torbellino. Por primera vez en mucho tiempo, tengo algo que podría llamar estabilidad, pero no estoy segura de merecerlo. O de confiar en él.
...
Ha pasado casi un mes desde que llegué aquí, y aunque la rutina me resulta conocida, no puedo decir que me sienta cómoda. Desde el día en que me dijo que podía quedarme, no hemos vuelto a cruzar palabra. Su presencia, o la falta de ella, se siente como una sombra constante en esta casa. Durante el día, no está aquí, algo que no sorprende. Sofía dice que viaja constantemente por negocios. Ese mundo parece tan lejano al mío que no puedo imaginarlo, pero sí lo suficiente como para saber que nunca podría pertenecer a él.
Hace un par de días, su asistente vino a buscar un documento que él había dejado atrás. Su visita fue breve, pero el recuerdo de su mirada me ha perseguido desde entonces. Me observó de pies a cabeza, con una expresión que no dejaba lugar a dudas: no le agrado. O tal vez no le agrada que viva aquí. La mezcla de desdén y juicio en sus ojos me hizo querer desaparecer. Me esforcé por no reaccionar, pero esa sensación de no ser bienvenida se quedó conmigo mucho después de que se marchó.
Ahora, la casa está más vacía que nunca. Sofía no ha venido en los últimos dos días; me dijo que estaba enferma. Sin ella, la soledad en este lugar se siente opresiva, como un peso que no puedo sacudirme. Me he encontrado atrapada en mis propios pensamientos, y mis pesadillas han empeorado. Tal vez estar sola ha reavivado esos temores que siempre han estado ahí, acechando en la oscuridad. Aunque, para ser honesta, no es como si alguna vez hubieran desaparecido por completo.
Las noches son las peores. El silencio de la casa parece amplificar los ecos de mi propia mente. A veces escucho pasos en la distancia, pero sé que es solo mi imaginación jugándome una mala pasada. Me levanto y recorro los pasillos, tratando de calmar mi ansiedad, pero cada rincón de esta casa fría y perfecta parece recordarme que no pertenezco aquí.
Esta noche, la falta de sueño me ha dejado exhausta, pero cerrar los ojos solo me lleva de vuelta a esas imágenes que preferiría olvidar. Me abrazo a mí misma, tratando de encontrar algo de consuelo, pero incluso ese gesto se siente vacío
La oscuridad de la habitación es casi impenetrable, y la sensación de opresión se arrastra desde mi sueño hacia la realidad. Estoy atrapada en esa pesadilla que parece interminable, su figura imponente frente a mí, con su olor inconfundible: una mezcla de alcohol y suciedad que me revuelve el estómago. Sus insultos resuenan en mi mente, cada palabra un recordatorio de lo que siempre he querido olvidar, de lo que creí que finalmente había dejado atrás.
Intento correr, pero mis piernas no se mueven; están clavadas al suelo. Quiero gritar, pero mi voz está atrapada en mi garganta, ahogada por el miedo que me consume. La desesperación crece dentro de mí, convirtiéndose en un peso insoportable. Sus pasos se acercan, su aliento casi roza mi piel. Quiero escapar, quiero desaparecer, pero estoy inmóvil, indefensa.
Lucho con todo lo que tengo, pateando, gritando, tratando de alejarlo. Mi mente está llena de ese terror insoportable cuando, de repente, siento unas manos que me sostienen. Todo cambia de golpe, abro los ojos, aterrorizada. Estoy bañada en sudor, mi pecho sube y baja con una respiración descontrolada, y mis ojos encuentran los de él.
Está allí, junto a mí, sujetándome mientras mi cuerpo tiembla sin control. Sus ojos se clavan en los míos, y en ellos veo algo que me toma por sorpresa. ¿Es confusión? ¿Temor? No estoy segura, porque mi mente sigue atrapada en la niebla del sueño que aún no desaparece por completo.
Intento hablar, pero las palabras no llegan. Mi respiración es errática, como si acabara de correr una maratón, y el latido de mi corazón es lo único que puedo escuchar, un tambor que retumba en mis oídos. Él me habla, puedo verlo, sus labios se mueven, pero no logro entender nada de lo que dice. Es como si una barrera invisible de miedo me impidiera reaccionar, como si todavía estuviera atrapada en la pesadilla que acabo de dejar atrás.
—Estás a salvo —repite, su tono firme pero calmado, como si intentara atravesar la bruma que me rodea.
.