cap7

1332 Palabras
Poco a poco, sus palabras comienzan a hacer mella en mí. La realidad regresa en fragmentos, aunque el pánico todavía se aferra a mi pecho. Mis manos tiemblan, y las lágrimas comienzan a caer antes de que pueda detenerlas. No sé si son lágrimas de alivio o de agotamiento, pero no puedo controlarlas. Él no se mueve, no me suelta. Solo está allí, conmigo, sosteniéndome mientras intento volver a mí misma. Después de lo que parece una eternidad, mi respiración empieza a calmarse. Los latidos de mi corazón se ralentizan, y aunque mi cuerpo sigue temblando, siento que la niebla finalmente comienza a disiparse. Él me ayuda a sentarme en la cama, sus movimientos son lentos y cuidadosos, como si temiera asustarme más. —¿Quieres agua? —pregunta, su voz un murmullo bajo, casi como si no quisiera romper el momento. Asiento débilmente, sin confiar aún en mi voz. Lo observo levantarse y salir de la habitación. La ausencia de su presencia me da un respiro, pero también deja un vacío inquietante. Me abrazo a mí misma, intentando aferrarme a algo, cualquier cosa que me haga sentir que estoy en el presente y no en el pasado. Regresa con un vaso de agua, y me lo tiende sin decir nada más. Sus ojos me observan con esa intensidad que siempre me desconcierta. No hay juicio en ellos, solo algo más, algo que no entiendo pero que tampoco puedo ignorar. —Gracias —logro murmurar, mi voz un eco débil de lo que debería ser. Él asiente, y aunque no dice nada más, se queda allí un momento, como si estuviera asegurándose de que realmente estoy bien. Y aunque no lo admito ni siquiera ante mí misma, su presencia, por primera vez, no se siente como una amenaza. Se siente como algo diferente, algo que no sé cómo describir. Él se queda en la habitación un momento más, observándome mientras bebe algo de su propia agua. Sus movimientos son lentos, como si estuviera dando espacio a mi mente para recuperar la calma. Finalmente, da un paso hacia atrás, dejando un poco más de distancia entre nosotros. —Descansa —dice, su tono bajo pero seguro, antes de girarse y caminar hacia la puerta. Lo observo mientras se va, la tensión en mis hombros disminuyendo solo un poco cuando la puerta se cierra tras de él. La habitación está en silencio ahora, pero no sé si ese silencio me reconforta o me asusta. No puedo dejar de pensar en sus palabras: "Estás a salvo." Es una afirmación tan simple, pero me cuesta creerla. ¿Realmente estoy a salvo? ¿Qué significa eso cuando mis propios pensamientos son los que me persiguen más que cualquier otra cosa? Me acuesto de nuevo en la cama, aunque no espero poder dormir. Mi mente está demasiado inquieta, reviviendo el momento en que lo vi sosteniéndome, su mirada llena de algo que no sé cómo interpretar. No estoy acostumbrada a que alguien me trate así, con cuidado, sin juicio. Y esa incertidumbre me confunde más de lo que me gustaría admitir. El resto de la noche pasa en fragmentos. Cada vez que cierro los ojos, la pesadilla amenaza con regresar, y despierto sobresaltada una y otra vez. decido que no tiene sentido seguir intentándolo. Me levanto de la cama, todavía sintiéndome agotada, todavía no aclara. La casa está en silencio, como siempre. Camino hacia la cocina, mis pies descalzos resonando ligeramente contra el suelo de madera. El aire está fresco, pero no frío, aunque aún siento un escalofrío recorriendo mi espalda. No estoy segura de si se debe al sueño o a algo más profundo. Cuando llego, me sorprende encontrar encendida la cafetera sirvo una taza con cuidado, y el calor del líquido en mis manos me reconforta más de lo que esperaba. Mientras doy un pequeño sorbo, me obligo a respirar profundamente, tratando de enfocarme en algo tangible, algo que no esté envuelto en miedo o confusión. Pero mientras estoy allí, sola en esa cocina silenciosa, no puedo evitar preguntarme si alguna vez llegaré a sentirme verdaderamente segura. Estoy sentada en la cocina, la taza de café todavía entre mis manos, cuando lo escucho entrar. Su presencia llena el espacio de inmediato, aunque no dice nada al principio. Sus pasos son firmes pero no apresurados, y por un momento me pregunto si se dirigirá directamente a otro lugar sin siquiera notar que estoy aquí. Sin embargo, se detiene en el umbral y me observa. No con la intensidad con la que lo había visto antes, pero aún así, su mirada tiene algo que me pone nerviosa. No sé si es porque no estoy acostumbrada a ser el centro de atención o porque, incluso después de todo este tiempo, él sigue siendo un misterio para mí. —¿No puedes dormir? —pregunta finalmente, su tono calmado, pero con un leve matiz de curiosidad. Levanto la vista hacia él, sorprendida por su iniciativa de hablar. Su expresión es neutral, pero hay algo en sus ojos que parece estar buscando una respuesta más allá de lo evidente. No sé qué responder, pero decido ser honesta. —No... hace tiempo que no duermo bien —admito, mi voz baja, casi un susurro. Él asiente levemente y camina hacia el refrigerador. Lo observo mientras saca una botella de agua y la abre, sus movimientos precisos y fluidos como siempre. Por un momento, el silencio vuelve a llenar la habitación, y me encuentro deseando que diga algo más. —¿Las pesadillas? —pregunta de repente, sin mirarme, como si no quisiera presionarme, pero al mismo tiempo no pudiera evitar preguntar. Trago saliva, el café en mi boca sabe amargo de repente. Me toma unos segundos responder, tratando de decidir cuánto quiero revelar. —Sí... —murmuro al final, sin agregar nada más. Él se queda en silencio por un momento, y cuando finalmente levanta la mirada hacia mí, su expresión no es la que esperaba. No hay juicio en ella, ni lástima. Es una mezcla de algo más, algo que no entiendo del todo pero que parece genuino. —No tienes que enfrentar eso sola —dice, y aunque su tono sigue siendo neutral, sus palabras tienen un peso que me hace sentir como si realmente las creyera. Lo miro fijamente, tratando de encontrar algo en su rostro que me diga por qué está diciendo esto. ¿Realmente cree que puede ayudar? ¿O simplemente está diciendo lo que piensa que debería decir? —No estoy acostumbrada a que alguien me ayude —respondo antes de poder detenerme, mis palabras saliendo casi automáticamente. Él no parece sorprendido por mi respuesta. En lugar de eso, se apoya contra el mostrador, como si estuviera dispuesto a permanecer en este momento un poco más. —Entonces es hora de empezar —dice, sin arrogancia, pero con una seguridad que me desconcierta. Sus palabras me toman por sorpresa, y por un momento, el silencio vuelve a llenarse de preguntas. ¿Qué significa realmente eso? ¿Está hablando en serio? Pero, aunque quiero desafiarlo, algo en su tono me impide hacerlo. Hay algo en él que me hace pensar que, por primera vez, podría ser más fácil rendirme que seguir luchando sola. Los días siguientes han sido extraños. Su presencia en casa se ha vuelto más constante, aunque eso no significa que hayamos tenido demasiada comunicación. Las pocas veces que intercambiamos palabras, suelen convertirse en discusiones suaves. Él insiste en pedir comida a domicilio, mientras yo insisto en que puedo cocinar para ambos. Al final, siempre termina rindiéndose, aunque no sé si lo hace por verdadera convicción o simplemente para evitar seguir discutiendo. Unos días atrás, me explicó que Sofía no vendrá durante un par de meses porque tuvo que viajar para cuidar de un familiar enfermo. Desde entonces, he asumido parte de las tareas que ella solía realizar, pero la casa sigue sintiéndose vacía, como si el espacio fuera demasiado grande para solo dos personas.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR