cap8

2037 Palabras
Las noches son largas, especialmente cuando él no está en casa. Pero incluso cuando está, la interacción entre nosotros es mínima, casi como si ambos fuéramos dos extraños compartiendo un mismo espacio por mera coincidencia. Y así han transcurrido los días, rutinarios, hasta esta noche. El sonido seco y violento me sobresalta, arrancándome del ligero sueño que había logrado alcanzar. Es pasada la medianoche. El estruendo viene de afuera. Me paraliza. El crujido de los vidrios al romperse me llena de terror. Es él. Mi padre me ha encontrado. Me hago un ovillo en un rincón de la habitación. Mi corazón late con fuerza, como si quisiera escapar de mi pecho. Las lágrimas corren silenciosas por mis mejillas mientras escucho cómo destrozan todo allá afuera. El miedo me inmoviliza. No puedo moverme. No quiero ser vista. No quiero ser atrapada. Finalmente, el silencio regresa, denso y pesado. Me armo de valor. Me incorporo con cautela. Cada paso que doy está cargado de incertidumbre. La casa está sumida en la oscuridad, y el aire se siente más frío de lo normal. Como si el miedo hubiera dejado su huella en cada rincón. Llego a la puerta que da al jardín trasero y la abro lentamente. La escena que encuentro me deja sin aliento. Ahí está él, sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una de las paredes. Su postura es desaliñada, como si hubiera perdido toda la compostura que suele cargar consigo como una armadura. Frente a él, todo esta destrozado, botellas rotas yacen en el suelo, los fragmentos de vidrio brillando bajo la luz de la luna. Parece estar ebrio. Su mirada está fija en los pedazos de la botella, como si fueran el único foco de su atención. Me quedo inmóvil por un momento, incapaz de procesar lo que estoy viendo. Este no es el hombre que conozco, el que siempre parece tener el control absoluto de todo a su alrededor. Este es alguien diferente, alguien roto. Aunque el miedo me paraliza, finalmente mis pies me obligan a acercarme. Cada paso que doy está cargado de dudas y temores. Cuando estoy lo suficientemente cerca, él levanta la vista hacia mí. Sus ojos, normalmente impenetrables, ahora parecen vacíos, cargados de algo que no logro descifrar. No sé qué decir. Parte de mí quiere preguntar qué ha pasado, pero las palabras se atascan en mi garganta. La vulnerabilidad que veo en él me paraliza tanto como el miedo que siento al acercarme más. —¿Estás bien? —pregunto finalmente, mi voz apenas un susurro que parece desvanecerse en la noche. Él no responde de inmediato. Se queda mirando la botella rota por un momento más, como si necesitara ordenar sus pensamientos antes de hablar. —No fue mi mejor noche, eso seguro —murmura al fin, su tono áspero y cansado. Hay algo en su voz, una honestidad cruda que me toma por sorpresa. No sé cómo responder, pero siento que debo hacer algo. Mis ojos se posan en los fragmentos de vidrio, una representación tangible del caos que parece rodearlo esta noche. —Deberíamos limpiar esto —digo, rompiendo el silencio, aunque no estoy segura de si es lo correcto. Una sonrisa débil cruza sus labios, tan breve que casi dudo haberla visto. —No tienes que preocuparte por eso —responde, pero su tono no es brusco, solo resignado. Me arrodillo junto a él, ignorando el miedo que todavía palpita en mi pecho. Mientras lo hago, él me observa con una mezcla de cansancio y algo más, No sé por qué estoy aquí, intentando ayudar a alguien que siempre ha sido una figura distante y misteriosa para mí. Pero por alguna razón, no puedo simplemente darme la vuelta e irme. Esta noche, la distancia entre nosotros parece haberse acortado, aunque no sé qué significará eso cuando el sol vuelva a salir. Decido hacerlo. Aunque él sigue siendo, en esencia, un desconocido, es también la única persona que me ha tendido una mano en toda mi vida. A pesar del temor que palpita en mi interior, me agacho y comienzo a recoger los fragmentos de vidrio del suelo, moviéndome con cuidado para no cortarme. Cada movimiento mío está bajo su mirada, una observación silenciosa que se siente tan pesada como una conversación que nunca llega a pronunciarse. El silencio es ensordecedor, una presencia más en la habitación. No sé qué es más incómodo, si la intensidad de su mirada fija en mí o el hecho de que no dice nada, ni una palabra para llenar el vacío entre nosotros. Me enfoco en limpiar, intentando no pensar demasiado en el hecho de que estoy compartiendo este momento con alguien que, por más que quiera, no logro comprender. Finalmente, se levanta del suelo. Su movimiento repentino me sobresalta ligeramente, aunque trato de disimularlo. Sin decir nada, se dirige a la cocina, dejándome sola con los restos de la botella y el líquido derramado que empieza a impregnar el aire con un tenue olor a alcohol. Me apresuro a limpiar el líquido, queriendo terminar antes de que vuelva. Pero cuando él regresa, lo que veo en sus manos me paraliza. Otra botella. El vidrio oscuro brilla bajo la tenue luz, y por un instante me congelo. El olor a alcohol llena mis sentidos, trayendo de vuelta recuerdos que intento desesperadamente olvidar. Mi padre, las noches interminables de insultos, los gritos que perforaban las paredes... Todo regresa como una marea imparable, envolviéndome en un pánico que me cuesta controlar. Mi mente me recuerda, sin piedad, que estoy sola en esta casa con alguien que apenas conozco. Alguien que ahora tiene una botella en las manos. Intento respirar, obligarme a recordar que el no es esa persona que me destruyo. Pero el miedo, la memoria del dolor, todo se mezcla con el aire en mis pulmones, como si esa botella fuera una amenaza más grande de lo que debería ser. Él parece notarlo. Su mirada, que antes era intensa y silenciosa, ahora está fija en mí de una manera diferente. Por un instante, creo que va a decir algo, pero no lo hace. En cambio, simplemente se queda allí, con la botella en la mano, como si estuviera decidiendo qué hacer a continuación. Él suelta la botella, dejándola caer al suelo con un sonido sordo que parece resonar en mi pecho. Sus movimientos son lentos, casi calculados, mientras se acerca a mí. Yo me quedo inmóvil, paralizada por el miedo que me invade. No me doy cuenta de que estoy temblando hasta que él está frente a mí, tan cerca que puedo sentir el calor de su presencia. Sus ojos se encuentran con los míos, y lo que veo en ellos me desconcierta. No hay enojo, ni juicio, solo preocupación. Una preocupación tan genuina que me desarma, aunque mi cuerpo sigue atrapado en el pánico. Él me habla, su voz baja y calmada, pero la escucho como si estuviera lejos, como si estuviera atrapada en un túnel donde sus palabras apenas logran alcanzarme. —¿Estás bien? —pregunta, y aunque su tono es firme, hay un matiz de urgencia en él. No puedo responder. Mi mente y mi cuerpo no logran conectarse. Estoy atrapada en ese espacio entre el pasado y el presente, donde los recuerdos y el miedo se mezclan en una tormenta que no puedo controlar. Mis labios no se mueven, mis manos siguen temblando, y mi respiración es errática, como si estuviera luchando por salir a la superficie. Él parece darse cuenta de mi estado, porque sin dudarlo, toma mis manos entre las suyas. Su tacto es firme pero no brusco, como si intentara anclarme al momento. El calor de sus manos me sorprende, y por un instante, mi respiración se detiene. Luego, como si ese gesto rompiera la barrera entre mi mente y mi cuerpo, respiro profunda y finalmente reacciono. —Lo siento —murmuro, mi voz apenas un hilo, cargada de vergüenza y confusión. Él se apresura, su mirada se intensifica, y su tono se vuelve más directo. —¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás así? Sus palabras me golpean con fuerza, pero no de la manera que esperaba. veo preocupación que parece genuina, aunque no entiendo por qué. Mi mente sigue luchando por procesar lo que está ocurriendo, pero su presencia, su firmeza, me obliga a quedarme en el momento. No sé cómo responderle. No sé cómo explicarle que el olor a alcohol, la botella en sus manos, todo eso me llevó de vuelta a un lugar que he intentado olvidar. Pero mientras sus ojos siguen fijos en los míos, esperando una respuesta que aún no quiero dar. Mis manos todavía tiemblan, aunque su calor parece haber detenido lo peor del pánico que me envolvía hace un momento. Sus ojos siguen fijos en los míos, esperando una respuesta que no sé cómo dar. Las palabras parecen demasiado pequeñas para explicar lo que estoy sintiendo, demasiado simples para transmitir el peso de mis recuerdos. —El alcohol... —murmuro finalmente, mi voz es apenas un susurro—. Me trae recuerdos… malos recuerdos. Su mirada se endurece, pero no hacia mí. Es como si esas palabras le hubieran despertado algo, algo que lo hace desviar la vista por un momento, como si necesitara procesarlo. Siento que mis palabras flotan entre nosotros, cargadas de un peso que no puedo soportar sola. —No lo sabía —dice al fin, su voz baja pero llena de una sinceridad que me desconcierta. Sacudo la cabeza lentamente. No sé qué esperaba que dijera, pero sus palabras son tan simples que casi me parecen irreales. Lo miro, intentando descifrarlo, pero como siempre, su rostro no da muchas pistas. Hay algo en él, una mezcla de control y vulnerabilidad, que me desconcierta más con cada segundo que pasa. —No tienes que explicarlo —añade después, sus manos todavía sosteniendo las mías con delicadeza—. Pero si necesitas algo… lo que sea… solo dímelo. Sus palabras, aunque dichas con un tono casi neutral, tienen un peso inesperado. Me encuentro asintiendo, más porque no sé qué otra cosa hacer que porque realmente crea que puedo pedirle algo. La vergüenza sigue quemándome por dentro. Siento que he expuesto demasiado, que he roto una barrera que nunca debí cruzar. Él suelta mis manos con lentitud, como si no quisiera precipitarse. Retrocede un paso, dándome espacio, y por un instante me siento perdida, como si ese breve contacto hubiera sido lo único que me anclaba al presente. —Voy a tirar la botella —dice de repente, su tono práctico pero no frío. Lo observo mientras recoge los restos de la botella rota, asegurándose de no dejar ningún fragmento detrás. Luego toma la nueva botella que había traído y la lleva consigo, saliendo de la habitación en silencio. Cuando me quedo sola, el aire se siente demasiado pesado, y mi mente empieza a repasar cada detalle del momento. Su preocupación, su forma de hablarme… No es lo que esperaba de alguien como él, alguien que parece tener una vida tan lejana a la mía. Pero a pesar de todo, sus palabras se quedan conmigo: "Si necesitas algo, dímelo." Mientras desayuno, él aparece en la cocina. Había desaparecido por el pasillo anoche, y desde entonces no volví a escucharlo ni verlo. Sin decir palabra, se sirve una taza de café y se sienta frente a mí. Su sola presencia me inquieta. El aire se vuelve denso, como si el silencio pesara más que cualquier palabra. Toma un sorbo de café, y finalmente rompe el silencio: —Lamento lo que ocurrió ayer. No sabía que eso te afectaría. Lo miro sin responder de inmediato. La taza tiembla ligeramente entre mis manos. —No tenías por qué saberlo —le digo al fin—. No sabes nada de mí... así como yo no sé nada de ti. todo lo que siento en ese momento. Él permanece quieto, procesando mis palabras. Su mirada se suaviza ligeramente, y aunque no responde de inmediato, no aparta los ojos de los míos. Ese silencio entre nosotros, que antes parecía insuperable, ahora se siente diferente, como si estuviera lleno de cosas que no se han dicho todavía.
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