Capítulo 6. Doble vida

1544 Palabras
Jackson Harry lo piensa por unos minutos y después, asiente a regañadientes. —Bien, hazlo. Pero estás a prueba. No voy a dejar que cometas errores de nuevo. No vas a tirar a la basura nuestro esfuerzo por tu capricho— termina de hablar y se va con su hija entre sus brazos. ¿Capricho? ¿Regresar a la empresa que dejaron mis padres es un capricho? Mi molestia va en aumento. —Has ganado esta pequeña batalla, amigo. Aunque sabes que no te van a dejar el camino libre— Frank me da un par de golpecitos en el hombro. —Así es mi tío, todo son pruebas para él. —Más bien, te coloca obstáculos para que no puedas lograr tus objetivos— dice con molestia. Ignoro sus palabras para recorrer el lugar. Cada paso me demuestra que este parece ser el lugar de descanso y diversión de Isla que una oficina. —Todo se va— le pido a Frank con una mueca de fastidio por lo que veo. —Señor, guardamos en la bodega todo lo que tenía su padre en su oficina. Si quiere, podemos traerlas— dice la secretaria, que hace unos instantes había salido corriendo. No la reconozco, parece que han reemplazado a muchos trabajadores. —Kristen, la secretaria de su padre, guardó todo antes de ser despedida. Nos dejó instrucciones a las nuevas secretarias de que, en caso de que regresara, le informáramos sobre sus cosas. Cómo olvidar a Kristen, una de las mujeres más amables y que permanecía leal a mis padres. Hasta el último día de trabajo en la empresa lo demostró. —Gracias. Por favor, pide en mantenimiento que hagan los cambios. Yo estaré en una de las oficinas vacías del piso de abajo para trabajar. Envíame todos los proyectos que llevaba Isla. Si es que trabajaba en algo. Y cancela la reunión de accionistas. La tendremos dentro de una semana y aquí en la empresa, nada de restaurantes caros— le pido de golpe. Las cosas tendrán que comenzar a cambiar, así haga enojar a mi tío, Isla o esos accionistas malditos, avaros y traidores, o cualquiera que quiera ponerse en mi camino. La secretaria se mueve un poco incómoda en su lugar por mi mirada llena de odio, antes de salir del despacho para ponerse a trabajar. El problema no es con ella, pero sí puede ayudar a esparcir el rumor de que el malhumorado, mandón, cabrón, y todo lo que quiera añadir del heredero Williams, que ha regresado, será de mucha ayuda. Mi padre decía que es mejor imponer respeto que miedo. Sin embargo, a estas alturas de los conflictos internos, prefiero que me tengan miedo. Además, he cambiado, no tengo ganas de ser una buena persona con quienes me apuñalan por la espalda o no hacen su trabajo en la empresa. —¿Estás seguro de que quieres dar esa imagen en la empresa? — me pregunta Frank, muy confundido mientras caminamos a las escaleras de emergencia. —Es lo mejor. Ya sabes, recuperar lo que es mío implica una guerra interna. No puedo bajar la guardia ni ser amable. —Si tú lo dices— dice con ese tonito de burla. Antes de entrar al siguiente piso, me detengo en seco cuando recuerdo lo que insinúo mi hermana sobre el accidente de mi padre. —Frank investiga lo que pasó con mi padre hace cinco años. Mi amigo me ve con sorpresa. —Dijiste que dejáramos el tema. —Mi hermana sabe o intuye algo. Si es que hay algo extraño, quiero saberlo. Yo quiero saberlo todo de ese accidente— digo con ansiedad y urgencia. Mi amigo asiente con preocupación. —Me encargaré personalmente de ese tema. Te voy a traer todas las respuestas que necesitas. Te lo prometo— dice con seriedad. —Confío en ti. Empieza con lo que sabe mi hermana y pídele que no divulgue nada a nadie, no quiero que esté en la mira de otros traidores, menos ahora. —Lo tengo. Hablaré con ella. Con esta decisión sigo mi camino a una oficina del piso inferior a la presidencia para ponerme al corriente de lo que pasa en la empresa. La duda que ha dejado sembrada mi hermana en mí me comienza a carcomer, lentamente. ¿Qué pasaría si ellos no fueran culpables? ¿Qué pasaría si estoy descargando mi odio con esa persona inocente? Mi corazón se retuerce por el dolor que produce esa duda. Si fuera real… este pequeño dolor no se compararía con lo que sentiría si me hubiera equivocado. Ese error me costaría la vida. *** Al final de la jornada, Frank se fue con Sara para comenzar a trabajar en la investigación, mientras yo conduzco sin rumbo por la ciudad de Londres. Es un día lluvioso, como casi siempre. No me importa el tráfico ni pasar más de dos horas en el auto, simplemente recorriendo las calles. Aunque, también estoy así porque no sé a dónde ir. Mi tío quiere que vaya directo a su casa para una cena familiar. Una cena en la que espera que pueda convivir con su hija, mi esposa por contrato. Lo conozco, me pedirá que me quede con él y sentiré la presión de todos mis familiares por ser un hombre de bien, un hombre de familia. Me pedirán que me mude. Por otro lado, mi corazón, mi estúpido corazón y el rencor que tengo arraigado en mi ser, me pide que vaya a otro lugar, que vaya con ella, con Charlotte. Golpeo el volante con furia porque estoy cansado, harto de sentirme así, dividido. Dividido entre lo moralmente correcto, en ir donde están quienes me han ayudado con mis cargas, pero que me asfixian, que siento que me controlan. Y dividido con lo que quiero, no, no quiero. La deseo, es esa necesidad de poseer, que me consume. Un deseo que me impulsa la venganza y algo más, algo que no quiero admitir. En una de las avenidas principales me debato entre ambos caminos. ¿Mi compromiso familiar o la venganza? Tengo pocos segundos para tomar una decisión, puedo seguir mi camino o dar vuelta a la derecha. El semáforo cambia y mi cuerpo toma la decisión: doy vuelta para tomar ese camino que me lleva a ella, a Charlotte. La culpa me invade porque sé que estoy cometiendo un error, que no puedo seguir con esta Doble vida, pero hay algo que me impide parar, no puedo hacerlo, mucho menos ahora que veo su indiferencia, que parecemos extraños, que me ha dejado de querer. No voy a parar porque me he prometido que ella tiene que caer a mis pies. Sea o no la hija de mis enemigos, ella tiene que amarme. Es mi calma y mi tormenta, todo al mismo tiempo. *** Charlotte Pensé que el encierro no tendría ningún efecto en mí. Ya había pasado por esta lucha de poder y control con Jackson. Sentía que estaba preparada para eso. Pero solo ha pasado un día y ya me siento sofocada y cansada. Estoy cansada de esta relación, de luchar y jugar con él, porque al final, somos los dos quienes nos hacemos daño. Doy un largo suspiro… Siento que el frío de la noche comienza a aumentar, así que me cubro con una cobija y me siento en el sofá que está junto a la ventana, pasando mis dedos por el vidrio, trazando figuras y viendo la lluvia caer. Odio la lluvia. Aunque es extraño que en este momento me calma. Después de un rato, por el reflejo de la ventana, puedo ver a Jackson de pie en mi habitación. Lo ignoro y sigo con mi distracción, calmando a mi corazón. De pronto, siento unos brazos que me rodean, mientras Jackson recarga su rostro en mi hombro. Nos quedamos en silencio, uno extrañamente reconfortante. Sigo dibujando figuras sin sentido hasta que la mano de Jackson se coloca sobre la mía y sigue mis trazos. El calor de su palma me envía un cosquilleo por todo el cuerpo. Siempre es así con él. —Jackson, tenemos que dejar de hacernos daño— digo con calma, recargando mi cuerpo en su pecho. Lo escucho suspirar y luego, besar mi cuello. —Tienes que dejarme ir— Suelto las palabras que he mantenido en la punta de la lengua desde hace tanto tiempo. Es real, quiero estar lejos de él, de su crueldad y de su amor. Para mi propia sorpresa, mis palabras salen con demasiada calma, como si no fueran tan importantes como realmente son. —Eres mi refugio, Charlotte. No puedo dejarte ir. No ahora— dice en voz baja, besando mis hombros y mi cuello. —Nos lastimamos todo el tiempo. Estoy cansada de todo, estoy cansada de ti. Lo escucho suspirar de nuevo. —No quiero pelear. Por favor— vuelve ese tono de súplica. —Yo tampoco. Quiero ser libre— digo con anhelo, aun con nuestras manos entrelazadas sobre la ventana y con mi mirada fija en el viento que empuja la lluvia hacia el cristal. Es como si esa imagen, aunque caótica, fuera la representación de la libertad. —Ven— me levanto del sillón y extiendo mi mano hacia él.
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