El silencio que dejó Beatriz a su paso era una entidad física, una presión aplastante que me hundió en el colchón de seda, dejándome sin aire y con el alma helada por la desolación de su partida. El aroma a sándalo de mi loción, ahora mezclado con el olor agrio del sudor y el miedo, se aferraba a las sábanas revueltas como un recordatorio nauseabundo de la catástrofe que acababa de desatarse en mi vida perfectamente orquestada. Los últimos rayos del sol poniente se filtraban por el gran ventanal, tiñendo la habitación de un naranja sanguinolento, una luz cruel que exponía cada detalle de mi traición: la ropa esparcida por el suelo, la piel desnuda de Fabián, y la expresión de horror congelada en mi propio rostro, un reflejo en el espejo del armario. Me sentía como un general derrotado en s

