Capítulo 18.

2184 Palabras
Las primeras luces del alba se infiltraban por los bordes de las cortinas de seda, una promesa de un nuevo día que se sentía más como una amenaza que como una bendición, tiñendo la oscuridad del salón de un gris pálido y melancólico. El decantador vacío sobre la mesa de centro era un testamento silencioso de nuestra vigilia, un faro de cristal que había iluminado las horas más oscuras de mi alma mientras Fabián, con la paciencia de un santo y la fortaleza de un roble, me había mantenido anclado a la realidad. Un dolor sordo y punzante había comenzado a taladrarme las sienes, el resultado predecible del whisky, la falta de sueño y el peso aplastante de una vida entera de verdades no dichas que finalmente habían salido a la superficie. El agotamiento era una bestia pesada sobre mis hombros, una niebla densa en mi cerebro que hacía que cada pensamiento fuera un esfuerzo monumental, y la idea de enfrentar el amanecer solo era tan aterradora como la propia muerte. — No puedo pensar más. La cabeza me va a estallar en cualquier momento. — Es casi de día. Has pasado toda la noche en vela, desenterrando fantasmas. Necesitas dormir, Diego. Mi confesión fue un murmullo ronco, la voz de un hombre despojado de todas sus defensas, mientras que la suya fue una respuesta suave y práctica, la voz de la razón en medio de mi caos. Levantó la vista hacia el ventanal, donde la línea del horizonte comenzaba a dibujarse con una claridad implacable, y luego su mirada volvió a mí, sus ojos verdes, incluso en la penumbra, llenos de una preocupación tan genuina que me partió el alma. El amanecer traería consigo las llamadas, las condolencias, los arreglos funerarios, la necesidad de volver a enfundarme en el uniforme del hijo perfecto y del Coronel imperturbable, y yo no tenía las fuerzas para hacerlo. La sola idea de enfrentarme a ese torrente de obligaciones sin él, sin su calma, sin su fuerza silenciosa, era un abismo al que no me atrevía a asomarme. — No quiero estar solo. No esta noche, no… después de esto. — No lo estás. No me iré a ninguna parte, te lo prometí. — Quédate. Sube conmigo. Duerme… aquí. La petición salió de mis labios antes de que pudiera detenerla, una admisión de vulnerabilidad tan absoluta que me dejó sin aliento, el acto final de rendición de un hombre que había construido su vida sobre el pilar de la autosuficiencia. Invitarlo a mi casa ya había sido un acto de desesperación; invitarlo a mi cama era una transgresión de una magnitud completamente diferente, una redefinición de todas las fronteras que habían gobernado mi existencia. Fabián no mostró sorpresa, ni vacilación; simplemente me miró, y en la profundidad de sus ojos vi una aceptación tan total, una comprensión tan completa, que supe que él había entendido el verdadero significado de mi súplica. No se trataba de sexo, ni siquiera de consuelo; se trataba de no desaparecer en el vacío que mi padre había dejado atrás. Subimos la gran escalera de caoba en un silencio casi reverencial, nuestros pasos amortiguados por la gruesa alfombra persa que era el orgullo de Beatriz, cada escalón un ascenso hacia el corazón prohibido de mi vida familiar. La luz del amanecer, ahora más intensa, se derramaba a través del enorme ventanal del rellano, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire y bañando las fotografías de las paredes con un resplandor etéreo que las hacía parecer reliquias de un pasado lejano y ajeno. Allí estábamos todos, sonriendo desde nuestros marcos de plata: Beatriz y yo el día de nuestra boda, Lucía en su primer recital de piano, Tomás con un trofeo de fútbol casi tan grande como él, una galería de momentos perfectos que ahora se sentían como una acusación. Pasé mi mano por la barandilla de madera pulida, su superficie fría y lisa un ancla en la irrealidad del momento, mientras Fabián caminaba a mi lado, su presencia una sombra silenciosa y sólida en mi periferia, un testigo de mi sacrilegio. — Tu casa es… imponente. Es como un museo. — A veces también se siente como uno. Frío, silencioso y lleno de cosas demasiado valiosas como para tocarlas. Su observación fue un susurro, una simple constatación de la opulencia que nos rodeaba, pero mi respuesta fue amarga, la verdad escapándose de mis labios con una facilidad que me sorprendió. Él no respondió, pero sentí su mirada sobre mí, una mirada que no juzgaba la riqueza, sino que entendía el peso de la jaula dorada. Llegamos al final del pasillo, a la doble puerta de nuestro dormitorio, el sanctasanctórum de mi matrimonio, un umbral que ningún otro hombre, aparte de mí, había cruzado jamás. Mi mano vaciló sobre el pomo de latón, el metal frío un presagio de la línea que estaba a punto de cruzar, una traición tan profunda que hacía que el adulterio físico pareciera un simple pecadillo. Este acto era diferente; era una profanación del espacio más íntimo, una invitación a mi secreto para que durmiera en la cama de mi mentira. — ¿Estás seguro de esto, Diego? — No estoy seguro de nada, excepto de que si me dejas solo en esa habitación, las paredes se me echarán encima antes de que pueda cerrar los ojos. Su pregunta fue suave, dándome una última oportunidad para retractarme, para volver a la seguridad de la farsa, pero yo ya estaba demasiado lejos. Con un suspiro que se sintió como la exhalación final de mi antigua vida, giré el pomo y abrí la puerta, revelando el escenario de mi traición final. El dormitorio estaba bañado en la luz grisácea del amanecer, un espacio vasto y elegante dominado por la enorme cama con dosel y sábanas de hilo egipcio de color crema, todo ello elegido por Beatriz, un testimonio de su gusto impecable y de nuestro éxito compartido. Su presencia estaba en todas partes: en el frasco de perfume medio vacío sobre su tocador, en la novela que había dejado abierta en su mesita de noche, en el aroma floral y sutil que impregnaba el aire, una fragancia que de repente se sentía asfixiante. El silencio en la habitación era denso, casi palpable, cargado con el peso de dieciocho años de historia compartida, de risas, de discusiones y de una intimidad que yo estaba a punto de pisotear. Fabián se quedó de pie junto a la puerta, sus manos en los bolsillos de la sudadera, dándome espacio, su quietud un marcado contraste con el tumulto que se agitaba en mi interior, su respeto por la gravedad del momento una prueba más de su increíble empatía. Caminé hasta mi armario como un autómata y saqué una camiseta de algodón negra y unos pantalones de pijama grises, prendas sencillas y funcionales que se sentían como un disfraz inadecuado en medio de tanto lujo. Me volví y le tendí un conjunto similar, uno que nunca usaba, que había comprado por impulso en algún viaje, y el acto de ofrecerle mi ropa, de invitarlo a despojarse de la suya en aquel espacio sagrado, se sintió como el ritual final de mi apostasía. — No tienes que hacer esto si te resulta incómodo. Puedo dormir en el sofá del salón. No quiero causarte más problemas. — El problema ya existe, Fabián, y no se solucionará si duermes en otra habitación. El problema está aquí dentro —repliqué, señalando mi cabeza y mi pecho—. Esta noche, solo por esta noche, necesito que la realidad sea diferente. Necesito… que estés aquí. Él tomó la ropa de mis manos, sus dedos rozando los míos en un contacto que fue a la vez un consuelo y una transgresión, y comenzó a desvestirse con una naturalidad que me desarmó. No había nada s****l en el acto, solo una intimidad funcional y agotada, dos soldados despojándose de sus armaduras después de una batalla perdida. Observé cómo la sudadera gris se deslizaba por su cabeza, revelando la extensión de su espalda y sus hombros, los músculos definidos bajo la piel, una geografía que mis manos habían memorizado en la oscuridad de su apartamento, y el recuerdo fugaz de esa pasión se sintió como algo de otra vida, de otro hombre. Me quité mi propia ropa con la misma lentitud, cada botón desabrochado un eslabón roto en la cadena que me ataba a mi antigua identidad, hasta que ambos estuvimos en pijama, dos figuras anónimas y cansadas en la penumbra de un dormitorio ajeno. — La cama es enorme. Hay espacio de sobra. No… no tienes por qué sentirte obligado a nada. — Diego, la única cosa a la que me siento obligado en este momento es a asegurarme de que no te rompas en mil pedazos. Solo quiero que duermas. Que descanses. Mi intento de establecer unas reglas, de normalizar lo anormal, fue torpe y patético, y él lo barrió con la simple y aplastante honestidad de su intención. No estaba allí por el deseo, ni por la oportunidad; estaba allí por mí. La comprensión de ese hecho fue tan abrumadora, tan pura, que las lágrimas volvieron a picar en mis ojos, pero esta vez me negué a dejarlas caer. Me metí en la cama por el lado que siempre ocupaba, el colchón hundiéndose bajo mi peso, las sábanas de hilo frías y suaves contra mi piel, un lujo familiar que de repente se sentía extraño y profanado. Fabián rodeó la cama y se metió por el lado de Beatriz, un acto tan audaz, tan definitivo, que contuve la respiración, esperando que algún tipo de alarma invisible sonara, que el fantasma de mi esposa se materializara para expulsar al intruso. Nos tumbamos de espaldas, a una distancia prudencial el uno del otro, dos hombres en una cama inmensa que se sentía como un campo de batalla recién pacificado, nuestros ojos fijos en el dosel de tela que colgaba sobre nosotros como un firmamento pálido. El sol ya se había levantado, y sus rayos atravesaban las cortinas, dibujando franjas de luz sobre el edredón de seda, iluminando la habitación con una claridad que no dejaba lugar a secretos, solo a verdades crudas y expuestas. El dolor de cabeza era ahora un martillo neumático contra mi cráneo, y el agotamiento había alcanzado un nivel casi narcótico, mis párpados pesando como el plomo, pero el sueño se negaba a venir, mi mente un carrusel de imágenes: el rostro ceroso de mi padre en mi imaginación, los ojos inquisidores de Beatriz, la mirada comprensiva de Fabián. El único sonido era el de nuestras respiraciones, un ritmo desigual que poco a poco comenzó a encontrar una sincronía en la quietud de la mañana. — ¿En qué piensas? — En que es la primera vez en mi vida que no sé cuál es el siguiente paso en el plan. Siempre ha habido un plan. Para todo. Y ahora… no hay nada. Solo un abismo. Su voz fue un susurro en la penumbra, una pregunta que no esperaba, y mi respuesta fue la confesión más honesta que jamás había pronunciado. La estructura que había sostenido mi mundo, el manual de instrucciones escrito por mi padre, se había convertido en cenizas, y yo flotaba en el vacío, aterrorizado y, de alguna manera extraña, liberado. Sentí el movimiento a mi lado, el suave susurro de las sábanas, y supe, sin necesidad de mirar, que se había girado para mirarme, su presencia una invitación silenciosa a hacer lo mismo. Con un esfuerzo que me pareció hercúleo, giré mi cuerpo dolorido y mi cabeza palpitante para encontrarme con su mirada, y la intensidad y la ternura que vi en sus ojos en la luz de la mañana fueron un ancla que me detuvo en mi caída libre. — Quizás está bien no tener un plan por una vez. Quizás el plan por ahora es solo… sobrevivir hasta el mediodía. Quizás el plan es simplemente cerrar los ojos y permitirte descansar. — No creo que pueda. — Sí que puedes. Su voz era una caricia, una nana para un alma torturada, y mientras hablaba, su mano se movió sobre el edredón, un avance lento y deliberado a través del mar de sábanas de seda que nos separaba, hasta que sus dedos encontraron los míos. No entrelazó nuestros dedos, no me agarró; simplemente posó su mano sobre la mía, su palma cálida cubriendo mis nudillos, un gesto de una sencillez y una pureza tan profundas que rompió las últimas defensas que me quedaban. No hubo beso, no hubo caricia, no hubo ni una sola palabra más. Solo el contacto de su piel contra la mía, un puente de conexión en medio de las ruinas de mi vida, una promesa silenciosa de que, sin importar lo que trajera el día, no lo enfrentaría solo. Y con el calor de su mano anclándome al presente, cerré los ojos, y por primera vez en toda la noche, el carrusel de mi mente se detuvo, y la oscuridad sanadora del sueño finalmente vino a reclamarme.
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