Capítulo 32.

1924 Palabras

El sol de la mañana se colaba por las cortinas de mi habitación, un intruso brillante que se sentía como una burla a la oscuridad que todavía habitaba en mi alma. El olor a café recién hecho flotaba en el aire, un aroma que se había vuelto mi único refugio en la tormenta que era mi vida. La casa, que hasta hace un momento era un hervidero de risas y de vida, se había sumido en un silencio extraño, una calma tensa que se sentía como la que precede a una tormenta. Me puse la chaqueta de cuero, el material frío y suave bajo mis manos, y mis ojos se encontraron con los de Beatriz en el espejo del pasillo. Su rostro, una imagen de serenidad, sus ojos de un jade brillante, me devolvieron una mirada que me hizo sentir aún más culpable por la farsa en la que la había envuelto. Ella me sonrió con u

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