La mañana del martes me recibió con el filo helado de una bayoneta, el aire del complejo militar tan denso y cargado de testosterona y disciplina que casi podía saborearlo, un gusto a metal y a sudor que se sentía como el desayuno de los condenados. Me moví a través del patio de armas con la precisión de un autómata, mi uniforme de gala una armadura impecable que ocultaba las grietas de mi alma, mi rostro una máscara de granito tallada para inspirar respeto y ocultar la tormenta que había hecho estragos en mi interior durante las últimas treinta y seis horas. Cada saludo de un subordinado, cada mirada de soslayo de un oficial, se sentía como una evaluación, una sonda que buscaba una debilidad en mi fachada. El olor a diésel de los transportes militares y el eco de las botas marchando en pe

