La sala del tribunal era un mausoleo de madera oscura y silencio tenso, un espacio solemne donde el aire, espeso y viciado, olía a papel viejo, a cera para pisos y al miedo rancio de cientos de vidas desmanteladas antes que la nuestra. La luz del sol, filtrada a través de los altos ventanales, caía en columnas polvorientas sobre nosotros, iluminando la escena con la imparcialidad de un reflector de quirófano que no dejaba lugar a las sombras ni a las mentiras. Me sentía extrañamente disociado, como si observara un drama ajeno desde una gran altura, mi cuerpo enfundado en un traje de lana gris que picaba en mi cuello, mi corazón un bloque de hielo en mi pecho. A mi lado, Ricardo Valente era una torre de calma, su rostro impasible, sus dedos tamborileando un ritmo silencioso sobre un portafo

