[ Semanas después. ] La luz del sol se derramaba por los amplios ventanales de la cocina, una cascada de oro líquido que arrancaba destellos de la encimera de granito n***o y hacía que el vapor que ascendía de mi taza de café pareciera una columna de humo sagrado en el aire quieto de la mañana. El aroma robusto de los granos recién molidos se mezclaba armoniosamente con el chisporroteo de la tocineta en la sartén, una sinfonía doméstica que Fabián dirigía con una concentración casi ceremonial, su cuerpo moviéndose con una gracia fluida en un espacio que ya había hecho completamente suyo. Hacía semanas que el silencio tenso y la opulencia fría de mi antigua vida habían sido reemplazados por esta calidez desordenada y vibrante, una normalidad tan anhelada que a veces temía despertar y descu

