El viaje de regreso desde la escuela se sintió como una retirada táctica tras una batalla ganada a un coste demasiado alto, el silencio dentro del habitáculo del coche era tan denso y pesado que parecía tener su propia gravedad, aplastándonos contra los asientos de cuero. Mis hijos, sentados detrás, eran dos estatuas de quietud, sus rostros vueltos hacia las ventanillas donde el paisaje suburbano desfilaba con una indiferencia insultante, cada uno perdido en el laberinto de su propio procesamiento de la cruda y fea escena que acababan de presenciar. El olor a coche nuevo, una mezcla de cuero y plástico que siempre me había resultado satisfactorio, ahora se sentía estéril y artificial, incapaz de enmascarar el hedor a conflicto y a pena que se había adherido a nosotros como una segunda piel

