Capítulo 25.

2182 Palabras
El sol, ya en su apogeo, se derramaba a través de la ventana del salón, sus rayos dibujando un rectángulo de luz dorada sobre la alfombra de yute, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire como pequeñas hadas incandescentes. El aroma a café y a nuestra piel aún impregnaba el ambiente, un perfume de intimidad que se había convertido en el único ancla en mi mundo a la deriva, mientras el murmullo de la ciudad, un zumbido constante y lejano, nos recordaba que el tiempo no se había detenido solo para nosotros. Nos movíamos por el pequeño apartamento con una lentitud deliberada, una coreografía silenciosa de dos personas que intentan estirar los últimos segundos de una tregua robada, cada gesto, cada roce, una palabra en un lenguaje que solo nosotros entendíamos. Fabián estaba de pie junto a la estantería, sus dedos trazando el lomo de un viejo libro de estrategia militar, su rostro en la penumbra una máscara de serenidad que no lograba ocultar la tormenta que yo sabía que aún se agitaba en la profundidad de sus ojos verdes. — Debería irme pronto, no puedo quedarme aquí todo el día, sería demasiado sospechoso si alguien me viera entrar o salir, aunque sea por una simple casualidad. — Lo sé, pero no quiero que te vayas todavía, no estoy listo para enfrentarme al silencio, a la soledad, al fantasma de lo que pasó ayer. Cuando estás aquí, es como si el mundo exterior, con toda su fealdad, dejara de existir por un momento. — Para mí también, pero no podemos vivir en esta burbuja para siempre, por mucho que lo deseemos con todas nuestras fuerzas. La realidad siempre encuentra una manera de abrirse paso a patadas, y es mejor estar preparado para cuando lo haga, que encontrarnos desprevenidos y sin un plan de contingencia. — ¿Siempre tienes que pensar como un Coronel? ¿No puedes simplemente ser Diego por cinco minutos más, sin planes, sin estrategias, sin contingencias? Solo… nosotros. — El Coronel es el que nos mantiene a salvo, el que piensa tres pasos por delante para que Diego pueda tener estos momentos contigo. Es un equilibrio delicado, una simbiosis necesaria para nuestra supervivencia en este territorio hostil. — A veces odio al Coronel. Lo odio por ser tan malditamente lógico, por tener siempre la razón, por robarme al hombre del que me estoy… Se detuvo a media frase, la palabra prohibida quedando suspendida en el aire entre nosotros, tan cargada de peso y de significado que casi pude verla, una entidad brillante y peligrosa. Se giró para mirarme, sus ojos abiertos por la sorpresa de su propia audacia, un sonrojo extendiéndose por su cuello, y en su vulnerabilidad, en esa admisión a medias, vi el reflejo de mi propio corazón aterrorizado y exultante. La atmósfera cambió, la tensión de la mañana evaporándose para dar paso a una electricidad diferente, una corriente de afecto tan potente que me sentí mareado, mi mano moviéndose por voluntad propia para acariciar el aire que nos separaba, anhelando cerrar la distancia y perderme en la verdad que acababa de rozar la superficie de nuestra conversación. La promesa de esa palabra no dicha era un universo entero de posibilidades, un futuro que no me atrevía a imaginar pero que deseaba con una ferocidad que me asustaba. El sonido agudo y electrónico de una notificación atravesó la burbuja de nuestra intimidad con la sutileza de un disparo, una agresión digital que nos hizo dar un respingo a ambos, devolviéndonos de golpe a la cruda realidad que habíamos intentado mantener a raya. Mi teléfono, abandonado sobre la pequeña mesa de centro de madera, vibró de nuevo, su pantalla iluminándose con el rostro sonriente de Beatriz, una aparición fantasmal y pixelada en la penumbra de nuestro santuario. El corazón se me encogió en el pecho, un nudo helado de pánico y culpa, mientras el nombre de mi esposa parpadeaba como una sirena de advertencia, un recordatorio de la doble vida que llevaba, de la elaborada mentira que sostenía cada uno de mis pasos. Fabián desvió la mirada, sus hombros hundiéndose ligeramente, el momento mágico roto en mil pedazos, su rostro una máscara de resignación mientras yo me acercaba al aparato con la lentitud de un hombre que camina hacia el patíbulo, cada paso un eco de mi traición. — ¿Es ella? ¿Qué quiere? ¿Ha pasado algo más? — Tranquilo, no es una llamada, solo es un mensaje. Probablemente solo quiera saber cómo sigo, si he hablado con mi madre, los detalles del funeral… lo normal, supongo. — Nada en nuestra vida es normal ahora mismo, Diego. Cada mensaje, cada llamada, es una potencial mina terrestre que podría hacernos volar por los aires en cualquier momento. — Lo sé, pero no podemos vivir con ese miedo constante. Tenemos que aprender a navegar este campo de minas con la cabeza fría, a desactivar las amenazas antes de que detonen. — Tú eres el experto en desactivar amenazas, yo solo soy el que las provoca, al parecer. — No empieces con eso otra vez. Nada de esto es culpa tuya. Ahora déjame leer esto y ver qué nuevo infierno nos espera. Tomé el teléfono, la superficie de cristal fría y lisa bajo mis dedos temblorosos, y deslicé el dedo por la pantalla para desbloquearlo, el rostro sonriente de mi esposa desapareciendo para dar paso a las letras negras sobre un fondo blanco que sellarían nuestro destino para las próximas horas. El mensaje era corto, directo y tan inesperado como un ataque por el flanco: “Cariño, lo he pensado mejor. No tiene sentido que me quede aquí mientras tú estás pasando por esto solo. He cambiado el vuelo. Llegamos esta tarde a las siete, los niños y yo. No te preocupes por la cena, pediré algo de camino a casa. Te amo”. El aire se escapó de mis pulmones en un silbido, cada palabra un martillazo contra la frágil estructura de mi libertad robada, la promesa de su llegada no un consuelo, sino una sentencia. El oasis se había evaporado, el santuario estaba a punto de ser profanado, y el tiempo, nuestro bien más preciado, se había agotado. — ¿Malas noticias? Por tu cara diría que el apocalipsis es inminente y que nosotros estamos en la zona cero. — Peor que eso. Vuelve. Hoy. Ella y los niños. Aterrizan a las siete de la tarde. Se acabó el juego, Fabián. Se acabó nuestra tregua. — ¡Mierda! ¿Pero por qué? ¿No se suponía que se quedaba hasta el final de la semana? ¡Teníamos tres días! ¡Tres malditos días! — Supongo que su conciencia de esposa perfecta no le permitía quedarse de viaje de negocios mientras su marido estaba de luto. Tenía que volver para desempeñar su papel de consorte comprensiva y abnegada. — ¿Y qué vamos a hacer? ¡No puedes volver a casa como si nada, oliendo a mí, con mi ropa! ¡Se dará cuenta! ¡Beatriz no es tonta, lo notará en el aire, en tu forma de mirarme! — Lo sé, no te preocupes, tengo un plan. Volveré a casa ahora, me daré una ducha, me cambiaré y borraré cualquier rastro de ti, de nosotros. Y cuando lleguen, seré el marido y el padre perfecto, devastado por el dolor pero agradecido por su regreso. Interpretaré el mejor papel de mi vida. — No quiero que te vayas. No quiero volver a la soledad. Me he acostumbrado demasiado rápido a tenerte aquí, a tu calor, a tu risa. — Y yo no quiero irme, créeme. Si pudiera, detendría el tiempo ahora mismo y me quedaría en este apartamento para siempre. Pero no podemos. La realidad nos está llamando a la puerta, y tenemos que responder. La desesperación en la voz de Fabián era un eco de la mía, su pánico un reflejo del terror que atenazaba mi propio corazón. La idea de separarnos, de volver a levantar los muros entre nosotros, era físicamente dolorosa, una amputación del alma. Pero la disciplina, esa vieja y odiada aliada, tomó el control, mi mente estratégica buscando una salida, una nueva maniobra en este campo de batalla que era nuestra vida. No podíamos rendirnos, no después de haber probado la libertad, no después de haber creado nuestra propia bóveda de luz. Teníamos que encontrar una manera de seguir viéndonos, de mantener viva la llama en medio del huracán que se avecinaba. Y entonces, la solución apareció, tan audaz, tan arriesgada, tan perfecta en su locura, que casi me reí de su simple genialidad. — No será por mucho tiempo. Nos veremos mañana. — ¿Mañana? ¿Estás loco? ¿Con tu esposa y tus hijos en casa? ¡Es imposible! ¿Cómo se supone que vamos a…? — Con la excusa perfecta. La que ella misma nos regaló. Eres mi buen amigo Fabián, el que se ha preocupado por mí en mi momento más bajo, el que me ha hecho compañía para que no me hundiera en la miseria. Y mañana, vendrás a cenar a casa, para ver cómo sigo, para ofrecer tus condolencias a la familia. — ¡Eso es una locura! ¡Cenar con vosotros, otra vez, en tu casa, con tu mujer, con tus hijos! ¡No podré hacerlo! ¡Me temblarán las manos, se me notará en la cara! — Claro que podrás. Eres un soldado entrenado, y esta será tu misión más importante. Interpretarás el papel del amigo leal y preocupado, y yo interpretaré al viudo agradecido. Seremos los mejores actores del mundo, y nuestro premio será estar juntos, a plena vista, en el corazón mismo del territorio enemigo. — Eres un genio. Un genio malvado y retorcido. Y me encanta. — Lo sé. Ahora, ayúdame a prepararme para mi propia misión. Tengo que volver a convertirme en el hombre que ella espera encontrar. La tensión en la habitación se disipó, reemplazada por una energía febril, la adrenalina de un plan arriesgado que nos devolvió el propósito. La idea de volver a vernos tan pronto, de desafiar al destino con una audacia tan monumental, era un bálsamo para el dolor de la separación inminente. Nos movimos por el apartamento, recogiendo mis cosas, borrando las huellas de mi presencia, cada acción una preparación para la batalla que se avecinaba. El olor a café y a sexo fue reemplazado por el aroma a productos de limpieza, la intimidad desordenada por un orden calculado, mientras transformábamos nuestro santuario de amor en la escena de un crimen perfecto, donde la única evidencia de mi paso sería el recuerdo en nuestros corazones. El tiempo se encogió, los minutos se deslizaron entre nuestros dedos como arena, y demasiado pronto, llegó el momento de la despedida. Nos detuvimos en el umbral de la puerta, la misma que había sido mi entrada al paraíso y que ahora era mi salida al infierno de la normalidad. La luz del pasillo exterior era cruda y reveladora, contrastando con la suave penumbra que dejábamos atrás. No había necesidad de palabras grandilocuentes, ni de promesas dramáticas; todo lo que necesitábamos decirnos estaba en la mirada que compartimos, un universo de anhelo, de miedo y de una determinación inquebrantable. Me acerqué a él, mis manos acunando su rostro, mis pulgares acariciando la barba incipiente de sus mejillas, una textura que se había vuelto tan familiar como la mía. El aroma de su piel, una mezcla de jabón y de él, llenó mis sentidos, un último aliento de libertad antes de sumergirme en el perfume de la mentira. Su cuerpo se inclinó hacia el mío, una rendición silenciosa, sus ojos verdes fijos en los míos, reflejando mi propia alma rota y esperanzada. — Mañana. A las ocho. No llegues tarde. Y trae una botella de buen vino, del que le gusta a Beatriz. — Estaré allí. Cuenta con ello, Coronel. — No me llames así. No aquí. No ahora. — Hasta mañana, Diego. — Hasta mañana, Fabián. Su nombre en mis labios, mi nombre en los suyos, fue la única oración que necesitábamos. Lo besé, un beso tierno y profundo que era a la vez una despedida y una promesa, un sello de nuestro pacto secreto. El sabor de su boca era un ancla a la que me aferré, un recuerdo que guardaría en la bóveda de mi corazón para sobrevivir a las próximas veinticuatro horas de soledad y de actuación. Sus labios eran suaves, cálidos, y se movieron contra los míos con una familiaridad que dolía, sus manos encontrando mi cintura, atrayéndome hacia él en un último y desesperado abrazo que intentaba contener toda una vida de anhelo. Nos separamos con una lentitud tortuosa, la conexión reacia a romperse, y sin una mirada atrás, porque una última mirada me habría destrozado, me di la vuelta y caminé por el pasillo, cada paso alejándome de mi verdad y acercándome a la mentira que era mi vida, el eco de nuestro beso tierno la única arma que llevaba conmigo para la batalla que estaba a punto de comenzar.
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