El viaje de regreso a casa fue un descenso a través de los círculos de mi propio infierno personal, cada semáforo en rojo una pausa insoportable que me obligaba a confrontar mi reflejo en el espejo retrovisor, el rostro de un extraño con mis ojos, un mentiroso profesional perfeccionando su próxima actuación. La ciudad, bañada por la luz dorada de la tarde, desfilaba ante mí como un decorado ajeno, sus sonidos y olores una cacofonía que no lograba penetrar la burbuja de silencio y concentración en la que me había encerrado, mi mente un tablero de ajedrez donde movía las piezas de mi coartada con una frialdad que me helaba la sangre. El olor de Fabián, impregnado en la ropa que llevaba puesta, era un fantasma íntimo que se negaba a abandonar el asiento del copiloto, un recordatorio constante de la verdad que estaba a punto de enterrar bajo capas y capas de engaño. Al girar en la última curva y enfilar la calle bordeada de robles que conducía a mi casa, la imponente fachada de piedra y cristal se alzó ante mí, no como un refugio, sino como el escenario de mi crimen, un teatro de opulencia donde estaba a punto de interpretar el papel más difícil de mi vida, el de un hombre que no era.
La llave giró en la cerradura con un chasquido metálico que resonó en el silencio de la casa, un sonido que marcó el fin de mi libertad y el comienzo de mi encarcelamiento autoimpuesto. El interior me recibió con su habitual abrazo de opulencia y orden, el suelo de mármol pulido reflejando la luz que se filtraba por los ventanales como un espejo helado, el aire impregnado con el sutil y persistente perfume floral de Beatriz, una fragancia que de repente se sentía asfixiante, una reclamación de un territorio que yo había profanado. Cada objeto en su lugar, cada superficie brillante, cada cojín perfectamente ahuecado, era una acusación silenciosa, un recordatorio del mundo perfecto que estaba a punto de corromper con mi mentira. Me moví por las habitaciones con la precisión de un ladrón, recogiendo las últimas evidencias de mi traición: el decantador de whisky vacío en el salón, los dos vasos que habíamos usado, la ropa que Fabián me había prestado, cada objeto un eslabón en la cadena de mi engaño. Metí su ropa en una bolsa de lona, escondiéndola en el fondo de mi armario del vestidor, un entierro simbólico del hombre que había sido durante las últimas horas, un acto que se sintió como una amputación.
El baño principal se convirtió en mi santuario de purificación, un espacio de mármol blanco y cristal donde el vapor del agua caliente llenó rápidamente el aire, empañando los espejos hasta borrar mi propio reflejo, un alivio bienvenido. Bajo el chorro hirviendo, froté mi piel con una furia desesperada, no solo para lavar el olor de Fabián, sino para intentar arrancar la sensación de su piel contra la mía, de sus labios sobre los míos, una marca invisible que sentía grabada a fuego en mi alma. Usé el gel de ducha de Beatriz, su aroma a gardenias y jazmín una agresión a mis sentidos, una penitencia autoimpuesta, un intento de superponer su esencia sobre la de él, pero era inútil; el recuerdo del sándalo y del sexo estaba impregnado en un lugar que el agua y el jabón nunca podrían alcanzar. Salí de la ducha sintiéndome extrañamente vacío, una cáscara limpia por fuera pero irrevocablemente manchada por dentro, y me enfundé en el uniforme del hombre de luto: unos pantalones de lino grises y un jersey de cachemira oscuro, ropas que gritaban una elegancia discreta y un dolor contenido.
El acto final de mi preparación fue la puesta en escena. En el estudio, el lugar donde la noticia de la muerte de mi padre me había encontrado, recreé una atmósfera de desolación calculada, un bodegón de la pena masculina. Coloqué un único vaso de whisky sobre el escritorio de caoba, con apenas un dedo de líquido ambarino y un cubito de hielo a medio derretir, un testimonio de un intento fallido de encontrar consuelo en el alcohol. Desparramé unos informes sobre la superficie de cuero con un desorden estudiado, como si hubiera intentado trabajar pero la pena me lo hubiera impedido, y dejé un viejo álbum de fotos familiares abierto por una página donde aparecía un joven y severo General Herrera junto a un niño con uniforme de cadete que apenas reconocía como yo mismo. Puse una pieza de música clásica en el equipo de sonido, un adagio de Mahler cuya melancolía era tan profunda que llenaba la habitación con una tristeza casi palpable. Me senté en el gran sillón de cuero, tomé el vaso en mi mano, y esperé, el corazón martilleándome en el pecho, un actor en su camerino repasando sus líneas antes de salir a escena.
El sonido de sus risas llegó primero, un eco de alegría juvenil que se filtró a través de la pesada puerta de roble antes de que la llave girara en la cerradura, una fanfarria de vida que irrumpió en el mausoleo de mi farsa. Escuché el traqueteo de las maletas, la voz de Beatriz dando órdenes suaves, el grito emocionado de Tomás al encontrar algún tesoro olvidado, y me preparé, componiendo mi rostro en una máscara de agotamiento y dolor. La puerta del estudio se abrió con un suave crujido, y la luz del pasillo recortó sus siluetas en el umbral, una sagrada familia regresando al hogar sin saber que el diablo los esperaba en el sillón del patriarca. Beatriz entró primero, su rostro pasando de una sonrisa cansada por el viaje a una expresión de profunda y genuina preocupación al verme, al absorber la escena que yo había preparado con tanto esmero. Los niños se quedaron detrás de ella, sus rostros reflejando la alarma de su madre, el ambiente de juego y alegría evaporándose al instante, reemplazado por un silencio respetuoso y temeroso.
— ¡Diego! ¡Cariño! ¿Qué haces aquí sentado a oscuras? ¡Nos has dado un susto de muerte!
— Lo siento. No os oí llegar. Supongo que me quedé… perdido en mis pensamientos.
— Oh, mi amor. Tienes un aspecto terrible. No has dormido nada, ¿verdad? Y has estado bebiendo.
— Solo un poco. No ayuda. Nada ayuda, en realidad.
— Claro que no, tonto. Lo que necesitas es compañía, no alcohol. Deberías haberme llamado, haber insistido en que volviera antes.
— No quería arruinar tu viaje. Tenías tus responsabilidades, y yo… tengo que aprender a lidicar con esto. Soy un hombre adulto, después de todo.
— A veces, hasta los hombres más fuertes necesitan un hombro en el que apoyarse. No tienes que ser un héroe todo el tiempo, Diego.
Se acercó a mí, sus movimientos llenos de una gracia tierna y preocupada, y se arrodilló a mi lado, sus manos cálidas tomando la mía, que sostenía el vaso frío. Sus ojos verdes me escanearon el rostro con una intensidad que me hizo temer que pudiera ver a través de mi actuación, que pudiera detectar la falsedad en la estudiada caída de mis hombros, en el temblor casi imperceptible de mi labio inferior. Pero solo vio lo que yo quería que viera: un hombre roto por la pérdida, un hijo anhelando la aprobación de un padre que ya no estaba, y su corazón, siempre tan astuto para los negocios pero tan ciego para las complejidades del mío, se llenó de una compasión que me hizo sentir como el peor de los monstruos. Los niños se acercaron con una cautela inusual, sus rostros una mezcla de curiosidad y pena, y se sentaron en el suelo a mis pies, sus cuerpos calientes un recordatorio de la inocencia que estaba traicionando.
— ¿Estás muy triste, papá? —inquirió Tomás, su voz, normalmente tan llena de desafío, ahora un susurro suave, su mano pequeña buscando la mía con una torpeza conmovedora.
— Lo estoy, campeón. Muy triste. El abuelo era… un hombre complicado, pero era mi padre.
— Mamá nos contó que no volveremos a verlo. ¿Es verdad? —continuó Lucía, sus ojos verdes, tan parecidos a los de su madre, fijos en los míos, una profundidad en su mirada que parecía buscar una verdad más allá de mis palabras.
— Es verdad, mi amor. Pero siempre lo tendremos en nuestros recuerdos, en las historias que contamos sobre él.
— Yo no tengo muchas historias buenas —murmuró Tomás, una honestidad brutal que me golpeó en el pecho—. Siempre me estaba diciendo que me sentara derecho y que dejara de hacer ruido.
— A mí me compró mi primer juego de pinceles —añadió Lucía, su voz soñadora—. Dijo que el arte era una disciplina, como el ejército. No creo que lo entendiera, pero lo intentó.
Sus recuerdos, tan diferentes, tan perfectamente encapsulados en sus personalidades, eran como pequeñas dagas que se clavaban en mi conciencia. Estaba usando la muerte del hombre que les había dado esos recuerdos, buenos y malos, como un escudo para mi propio engaño. La oleada de autodesprecio fue tan intensa que tuve que cerrar los ojos por un instante, el adagio de Mahler llenando el silencio, tejiendo una red de melancolía a nuestro alrededor que hacía mi dolor parecer aún más auténtico, más profundo. Beatriz, interpretando mi gesto como una señal de una pena abrumadora, apretó mi mano con más fuerza, su ancla en mi tormenta fabricada. La ironía era tan espesa que casi podía saborearla, un gusto amargo a whisky y a mentiras.
— De verdad, Diego, qué pena que Fabián no se quedara contigo. Hubiera sido maravilloso que tuvieras a un amigo a tu lado durante todo el día, alguien que te distrajera, que te cuidara. Me quedé mucho más tranquila cuando lo vi en la videollamada, saber que no estabas completamente solo.
— No, no te preocupes. Fue un gesto increíble por su parte venir a ver cómo estaba, de verdad, pero no estoy tan mal como para necesitar una niñera. Soy un soldado, Beatriz, estoy entrenado para soportar situaciones difíciles.
— No se trata de ser un soldado, se trata de ser humano. Y hasta los soldados necesitan camaradería. Me pareció un hombre tan encantador, tan atento. Se notaba que te aprecia de verdad.
— Lo sé, y yo a él. De hecho, había pensado en algo. Ya que la última vez que vino fue todo tan… formal, y con tan poco tiempo, y dado que esta semana no tenemos que ir a la armada por los preparativos del funeral y todo lo demás… ¿qué te parecería si lo invitáramos a cenar mañana por la noche? Todos juntos, como la otra vez. Sería una buena forma de agradecerle su apoyo.
La sugerencia salió de mis labios con una naturalidad que me asustó, la mentira tejiéndose con la verdad de una manera tan fluida que incluso yo comencé a creer en mi propia narrativa. La idea, nacida de la desesperación en el apartamento de Fabián, ahora florecía en el corazón de mi hogar, regada por la propia aprobación de mi esposa. Beatriz me miró, una sonrisa iluminando su rostro, la idea deleitándola, viendo en ella la confirmación de que su marido por fin estaba abriendo su círculo, forjando lazos, convirtiéndose en el hombre sociable que ella siempre había querido que fuera. La trampa estaba perfectamente tendida, y ella había entrado en ella con una confianza ciega, guiada por su propio deseo de verme feliz y completo, sin sospechar que la pieza que faltaba en mi rompecabezas no era un amigo, sino un amante.
— ¡Me parece una idea maravillosa! ¡Absolutamente perfecta! Así podré agradecerle en persona lo mucho que me tranquilizó saber que estaba contigo. ¡Y a los chicos les encantó!
— ¡Sí! ¡Que venga Fabián! ¡Es genial! ¿Crees que quiera jugar a la consola conmigo después de cenar? —exclamó Tomás, su tristeza olvidada al instante, reemplazada por el entusiasmo de volver a ver a su nuevo héroe.
— No lo sé, campeón. Supongo que tendrás que preguntárselo tú mismo.
— ¿Vendrá mañana? —inquirió Lucía, su voz un susurro apenas audible, pero la pregunta cargada con el peso de todo un universo de anhelo adolescente.
— Sí, mi amor. Vendrá mañana.
Alcé la vista para mirarla, y mi corazón se detuvo por un instante. Sus ojos, esos profundos pozos verdes que a menudo reflejaban una melancolía más allá de sus años, brillaban ahora con una luz nueva, una chispa de anticipación tan pura y tan intensa que me sentí como un voyeur espiando el nacimiento de su primer amor. La forma en que sus labios se curvaron en una tímida sonrisa, la manera en que bajó la vista hacia sus manos, un ligero rubor coloreando sus mejillas, eran señales tan claras como una declaración escrita. A mi hija, a mi introspectiva y soñadora Lucía, le gustaba Fabián. No, le gustaba no era la palabra; estaba completamente fascinada, colgada de la promesa de su regreso como si fuera la única estrella en su cielo. Si ella supiera… Si tan solo supiera que el hombre que provocaba ese brillo en sus ojos era el mismo que, hacía apenas unas horas, me había besado con una desesperación salvaje en la penumbra de su dormitorio, el mismo cuyo nombre yo había gemido como una oración. La certeza de mi traición, no solo a mi esposa sino a mi propia hija, me golpeó con la fuerza de un dolor físico, una náusea que subió desde mi estómago, la constatación de que mi egoísmo estaba a punto de romper el corazón más frágil y precioso de mi vida.