Aquella noche, la luz de la luna llena se filtraba a través de los visillos de nuestra habitación, pintando una serie de franjas plateadas sobre el piso de madera pulida que brillaba como un espejo. El aire estaba pesado y cálido, cargado con el olor a lavanda de las sábanas de seda recién lavadas, un aroma familiar que de repente me pareció asfixiante, un recordatorio de la farsa que era mi vida. El sonido rítmico de la respiración de Beatriz a mi lado era la única banda sonora de aquel momento, un murmullo suave y constante que prometía un sueño tranquilo que yo sabía que no iba a encontrar. Sus brazos se deslizaron sobre mi torso con un movimiento tan fluido y natural que se sintió como el de un depredador, atrayéndome hacia ella sin decir una palabra, y su calor se extendió por mi piel

