Mis palabras cayeron en el silencio de la suite del hotel como piedras en un pozo profundo, su eco resonando en el vacío que se abrió de repente entre nosotros, un abismo donde hasta hacía un instante solo había existido la frágil normalidad de nuestra huida. La luz de la ciudad, un tapiz de diamantes fríos y distantes al otro lado del inmenso ventanal, continuó su parpadeo indiferente, una burla cruel a la forma en que nuestro universo personal acababa de detenerse en seco, su eje fracturado para siempre. Podía sentir la textura áspera de la alfombra bajo mis rodillas, un ancla sensorial en la deriva de mi conmoción, mientras la mano de Fabián, pesada y cálida sobre mi hombro, era la única fuerza que me impedía disolverme en el aire enrarecido de la habitación. El aire mismo, con su aroma

