Dejamos a los niños envueltos en el profundo y pesado sueño de la agotada inocencia, sus respiraciones un murmullo suave en la quietud de la suite, un santuario de silencio que se sentía a la vez pacífico y precario. La decisión de buscar un respiro, un puñado de horas que fueran solo nuestras, no fue verbalizada, sino que nació de una mirada compartida a través de la habitación, un entendimiento mutuo de que para poder seguir siendo su fortaleza, necesitábamos reconstruir la nuestra. Una llamada rápida a la conserjería del hotel materializó, con una eficiencia casi mágica, a una niñera llamada Clara, una joven de sonrisa tímida y ojos tan claros y honestos como el cielo de la mañana, cuya presencia emanaba una calma tan competente que disipó al instante el nudo de ansiedad paternal en mi

