Capítulo 44.

2319 Palabras

La sirena se apagó, pero sus luces estroboscópicas continuaron su danza macabra, bañando las fachadas de las casas y los rostros pálidos de mis vecinos en destellos intermitentes de un rojo sangre y un azul cadavérico. El espectáculo de Beatriz se había desinflado tan rápido como había comenzado, su furia alcohólica evaporándose para dejar en su lugar a una mujer temblorosa y sollozante, encogida en el asiento trasero del coche patrulla mientras una paramédica le tomaba la presión con una calma exasperante. No fue un arresto, sino una intervención por crisis nerviosa, una solución clínica y burocrática para un problema visceral y sangrante, y mientras la veía alejarse, no hacia una celda sino hacia la aséptica contención de un hospital, supe que aquella derrota controlada era una victoria

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