El eco de las risas se desvaneció pasillo arriba, un murmullo que se apagó a medida que Beatriz se llevaba a los niños a sus habitaciones. La farsa había terminado. La representación de la familia perfecta había concluido por esa noche, y solo quedábamos los dos actores principales en un escenario lleno de platos sucios y copas a medio beber. Me quedé de pie junto a la mesa del comedor, sintiéndome como un general después de una batalla perdida, rodeado por los escombros de mi propia paz.
— Tu familia es increíble, Diego. De verdad —la voz de Fabián, tranquila y sincera, cortó el silencio. Se había levantado y comenzaba a recoger platos con una naturalidad que me desarmó y me irritó a partes iguales.
— Son buenos chicos —respondí, mi tono más seco de lo que pretendía.
— Son más que eso. Tomás tiene tu determinación, pero con una chispa de picardía que lo hace magnético. Y Lucía… —hizo una pausa, y mi mandíbula se tensó— tiene una profundidad que asusta. Ve el mundo de una forma diferente. Es un regalo.
— Es mi hija —afirmé y la palabra sonó posesiva, una advertencia.
Él pareció notarlo, pero no se inmutó. Simplemente asintió, llevando una pila de platos hacia la cocina.
— Lo sé. Y tienes mucha suerte.
No podía dejarlo limpiar solo. Sería una falta de hospitalidad, una grosería que ni mi estado de agitación podía justificar. Lo seguí a la cocina, un espacio amplio y moderno de acero inoxidable y granito n***o, un santuario de orden que pronto se convertiría en un campo de batalla para mi autocontrol.
— Yo lavo, tú secas —declaré él, ya abriendo el grifo y echando jabón en el fregadero. Se arremangó las mangas de la camisa, dejando al descubierto unos antebrazos fuertes y veteados por venas sutiles. Me quedé inmóvil por un segundo, observando el movimiento de los músculos bajo su piel.
— Es mi casa, Fabián. Debería hacerlo yo.
— Déjame ayudarte. Ha sido una cena fantástica. Es lo menos que puedo hacer —insistió, sin mirarme, concentrado en enjabonar el primer plato.
Acepté en silencio, tomando un paño de lino del cajón. El espacio junto al fregadero era reducido. Para poder secar los platos que él iba dejando en el escurridor, tuve que colocarme a su lado, tan cerca que nuestros hombros casi se rozaban. El calor que emanaba de su cuerpo era palpable, una energía vibrante que contrastaba con la frialdad del granito bajo mis manos. El aire se llenó con el aroma del jabón de limón, mezclado con el sutil y embriagador olor de su colonia, un perfume amaderado y masculino que se me colaba por los pulmones y me nublaba el juicio.
Trabajamos en silencio durante varios minutos. El único sonido era el del agua corriendo y el suave tintineo de la porcelana. Pero el silencio era más ruidoso que cualquier conversación. Estaba cargado de todo lo que había pasado en la cena: la mirada de Lucía, mi arrebato de celos, la conexión innegable que él había forjado con mi familia. Cada roce accidental de nuestros brazos al pasar un plato era una pequeña descarga eléctrica que me recorría el cuerpo. Mi mente era un caos, luchando por concentrarse en la tarea mecánica de secar, pulir, apilar.
— La forma en que la miraste… a Lucía —expresé de repente, mi voz sonando áspera, acusadora. No pude contenerme.
Fabián detuvo sus manos bajo el agua. Giró la cabeza lentamente para mirarme. Sus ojos verdes, serios y honestos, me escudriñaron.
— La miré con admiración, Diego. Es una joven con un talento extraordinario. Sentí curiosidad por su mente. Nada más.
— Ella no es una obra de arte para analizar. Es una niña.
— No la veo como una niña —replicó él, su voz tranquila pero firme— La veo como la persona que es. Inteligente, sensible y atrapada. Me recordó un poco a mí a su edad.
— ¿Atrapada? ¿Atrapada en qué? —le reté, sintiendo una punzada de culpa.
— Entre la disciplina de un padre que proyecta una fuerza inquebrantable y el control de una madre que planifica cada movimiento —respondió, y sus palabras fueron un eco casi exacto de lo que mi propia hija me había confesado. Me quedé sin aire. Su percepción era tan aguda que dolía— No te estoy juzgando. Solo digo que la entiendo.
Dejó un plato mojado en el escurridor. Alargué la mano para cogerlo al mismo tiempo que él retiraba la suya. Nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto fugaz, la piel húmeda y cálida de su mano contra la mía, pero el impacto fue devastador. Un escalofrío me recorrió el brazo y se instaló en mi pecho, un calor que se extendió rápidamente, incendiando cada terminación nerviosa. Retiré mi mano como si me hubiera quemado. El plato se tambaleó peligrosamente. Ambos nos abalanzamos para sujetarlo, y en el proceso, nuestros cuerpos se encontraron. Su pecho chocó contra mi hombro. Mi mano aterrizó sobre la suya, que sujetaba el borde del plato. Su otra mano se apoyó instintivamente en mi cintura para mantener el equilibrio. El mundo se detuvo. El sonido del agua se desvaneció.
Mi respiración se quedó atrapada en mi garganta. Estábamos increíblemente cerca, su rostro a centímetros del mío. Podía ver el reflejo de las luces de la cocina en sus ojos verdes, la forma en que sus pestañas oscuras proyectaban sombras sobre su piel clara. Su aliento cálido rozó mi mejilla. El tiempo se estiró, se volvió denso y pesado. Todo mi ser gritaba, una mitad ordenándome que me apartara, que restableciera la distancia, que recuperara el control, y la otra mitad, una parte más oscura y honesta, suplicando que acortara la distancia, que cerrara los ojos, que me rindiera. Su mirada descendió a mis labios por un instante, un movimiento casi imperceptible, pero que lo cambió todo. Fue un reconocimiento. Una confirmación silenciosa de que la tensión no estaba solo en mi cabeza. Él también la sentía. Mi corazón martilleaba con una fuerza brutal, un tambor de guerra anunciando una rendición inminente. Fui yo quien rompió el hechizo. Con un esfuerzo sobrehumano, me aparté bruscamente, poniendo el plato a salvo en la encimera con un ruido sordo. Di dos pasos hacia atrás, creando un abismo de granito y aire entre nosotros.
— Se hace tarde. Deberías irte —afirmé, mi voz ronca, sin atreverme a mirarlo.
— Diego… —comenzó él, su voz suave.
— Ya es suficiente por esta noche, Rivas. Te acompaño a la puerta.
El uso de su apellido fue deliberado, un escudo, un muro que levanté a toda prisa para proteger las ruinas de mi compostura. Él no dijo nada más. Cerró el grifo, se secó las manos con una calma que me pareció sobrehumana y me siguió fuera de la cocina. Atravesamos el comedor silencioso y llegamos al gran vestíbulo de la entrada. La casa estaba en penumbra, solo iluminada por una pequeña lámpara sobre una consola.
La gran escalera de madera oscura se cernía sobre nosotros, sus escalones ascendiendo hacia la segunda planta, hacia el mundo donde mi esposa y mis hijos dormían, un recordatorio físico de la vida que estaba poniendo en riesgo. Fabián se detuvo junto a la puerta principal, dándose la vuelta para mirarme. La intimidad forzada de la cocina se había disipado, reemplazada por una tensión diferente, más formal pero no menos intensa.
— Gracias de nuevo por la cena. Ha sido…
Justo en ese momento, la lámpara del vestíbulo parpadeó una, dos veces, y se apagó. Un chasquido resonó desde el cuadro eléctrico en el sótano, seguido de un silencio profundo y una oscuridad casi total. Nos quedamos a oscuras, solo la pálida luz de la luna que se filtraba a través de una ventana en el rellano de la escalera arrojaba formas fantasmales sobre las paredes.
— Mierda. Saltó un fusible —mascullé, mi voz sonando extrañamente alta en el silencio.
— ¿Necesitas ayuda? Puedo…
— No, quédate quieto. Conozco esta casa a ciegas —le interrumpí.
En la oscuridad, los sentidos se agudizan. Podía oír su respiración tranquila, sentir su presencia a apenas un metro de distancia. La falta de visión eliminaba las barreras, nos dejaba solos con la tensión pura que vibraba entre nosotros. Di un paso en la dirección que recordaba de la puerta, pero calculé mal la distancia con el primer escalón de la escalera. Mi pie tropezó con el borde de la madera y perdí el equilibrio hacia delante. Instintivamente, Fabián se abalanzó para sujetarme. Sus manos se cerraron sobre mis brazos, firmes y seguras, deteniendo mi caída. Su cuerpo se pegó al mío para estabilizarme, su pecho contra mi espalda. El contacto fue total, sin ambigüedades. Su fuerza, su solidez, eran un ancla en la oscuridad. Me quedé paralizado, atrapado en su agarre, el corazón latiéndome en los oídos.
— Te tengo —susurró, su aliento cálido en mi nuca enviando una onda de choque por toda mi columna.
Me giré lentamente entre sus brazos, hasta que quedamos cara a cara, tan cerca como en la cocina, pero esta vez era diferente. La oscuridad nos daba un permiso que la luz nos negaba. Sus manos no me soltaron; se deslizaron desde mis brazos hasta mi espalda, manteniéndome cerca. Mis propias manos, actuando por voluntad propia, se posaron en sus caderas.
— Suéltame, Fabián —ordené, pero mi voz fue un murmullo roto, desprovisto de toda autoridad.
— No quieres que lo haga —replicó él, su voz una vibración profunda que sentí en mi pecho.
Tenía razón. Maldita sea, tenía razón. En la seguridad de la noche, protegido de los ojos del mundo y de los míos propios, no quería que me soltara. Quería más.
— ¿Qué es lo que quieres de mí? —susurré, la pregunta arrancada de lo más profundo de mi ser, una súplica desesperada por entender el caos que él había desatado en mi vida.
Sentí cómo se inclinaba, su rostro acercándose al mío. Podía sentir el calor de su piel, el olor de su aliento. Esperaba una respuesta, una confesión, una palabra que diera nombre a esta locura.
— Quiero que dejes de mentirte a ti mismo, Diego —murmuró, sus labios rozando casi mi mejilla— Quiero ver al hombre que hizo esa pregunta audaz en mi primer día. El que admira la inteligencia y la estrategia por encima de la fuerza bruta. El hombre que se esconde detrás del uniforme y del padre de familia perfecto.
Su mano subió por mi espalda, sus dedos enredándose suavemente en el pelo de mi nuca, un gesto de una intimidad tan abrumadora que me hizo temblar. Me incliné hacia él, un movimiento involuntario, una rendición. Nuestros labios estaban a punto de encontrarse. Podía sentirlo, la culminación de días de tensión, de miradas robadas, de deseos prohibidos.
— ¡Diego! ¡Cariño! ¿Estás ahí abajo? ¿Se fue la luz?
La voz de Beatriz, clara y melódica, cayó desde lo alto de la escalera como un jarro de agua helada. La luz de la linterna de su teléfono cortó la oscuridad, un haz blanco y acusador que nos encontró en el vestíbulo. Nos separamos como si nos hubieran electrocutado. Dimos un salto hacia atrás, creando una distancia de seguridad, nuestros cuerpos tensos y nuestros rostros seguramente marcados por la culpa y el pánico. La luz nos había expuesto, la realidad nos había encontrado. Las luces de la casa parpadearon y volvieron a encenderse, inundando el vestíbulo con un brillo brutal y revelador. Beatriz estaba en lo alto de la escalera, en camisón, su cabello pelirrojo despeinado por el sueño, mirándonos con curiosidad.
— Ah, ya volvió. ¿Qué ha pasado? Os oí tropezar.
— Saltó el automático. Y yo… tropecé en la oscuridad. Fabián evitó que me cayera —expliqué, mi voz sonando forzada, artificial.
— Bueno, pues muchas gracias, Fabián. Parece que eres bueno cuidando de mi marido —afirmó ella con una sonrisa somnolienta, sin percibir la corriente subterránea que casi nos había ahogado— Se hace tarde. Buenas noches.
Y con eso, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo de arriba.
El momento se había roto. La magia, o la locura, de la oscuridad se había desvanecido. Fabián y yo nos quedamos en el vestíbulo iluminado, incapaces de mirarnos. Él se aclaró la garganta y caminó hacia la puerta.
— Buenas noches, Coronel. Gracias por todo.
— Buenas noches, Rivas —respondí, la formalidad volviendo como un reflejo defensivo.
Abrió la puerta y salió a la noche sin una mirada atrás. Cerré la puerta y me apoyé en la madera fría, mi frente contra la superficie lisa. Mi cuerpo aún temblaba. Me quedé allí, en medio del vestíbulo, mirando hacia la escalera por donde mi esposa había desaparecido, y luego hacia la puerta por donde Fabián se había ido. Estaba atrapado en el espacio exacto entre mis dos vidas, un hombre partido en dos por un deseo que ya no podía negar y una realidad que me estaba asfixiando. La escalera nunca me había parecido tan alta, y la puerta de mi casa, nunca tan frágil.